Satuco violento

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Siendo coherente con su política de “despatriarcalización”, Luís Arce debería destituir a Gustavo Torrico por sus expresiones despectivas contra Eva Copa. Referirse a la alcaldesa de El Alto como “la loca” es inobjetablemente una demostración de violencia política contra la mujer. Sin embargo, es probable que, como muchos otros casos en los que realidad y discurso oficialista entraron en conflicto, este asunto quede en el olvido. Torrico expresó disculpas apresuradas con su característico tono de bully acorralado con la esperanza de que todo este embrollo sea registrado como una anécdota, un antecedente en su largo currículum de militante “consecuente”. Demos tres largos suspiros por el líder de los Satucos, digno de estudios psiquiátricos y memes en redes sociales. Injerto de “sangre por sangre”, Cara Cortada del Barrio Chino y política altoperuana. Personaje inescrupuloso al que rara vez le faltarán cargos en la administración pública y es modelo a seguir en el partido gobernante.

Más allá de los compromisos políticos que limitan al gobierno de Arce para deshacerse de tan lamentable individuo y una posible agudización de las disputas internas en el MAS de decidirse su relocalización, es sorprendente escuchar voces oficialistas apoyando abiertamente al viceministro de coordinación y gestión gubernamental. En páginas afines al oficialismo incluso se llegó a destacar la preponderancia de Gustavo Torrico, “compañero consecuente” encarcelado durante el “golpe” en contraste con la “traidora” Eva Copa, quien no habría perdido tiempo para pactar y sacarse fotos con “golpista”. Crónica ausencia de autocrítica ante las causas y culpables de la caída del masismo.

En su momento, de haber dado la oportunidad a nuevos liderazgos, permitir una mirada plural y participativa que promueva la democracia interna, el MAS no habría tenido que recurrir a la reelección indefinida, principal antecedente de los hechos ocurridos en octubre y noviembre del 2019. Fueron precisamente militantes como Gustavo Torrico: sectarios acríticos, violentos y llunkus, quienes no midieron las consecuencias de violar la constitución política del Estado e incumplir un referéndum vinculante, fueron ellos quienes optaron por jugarse el todo por el todo, “poner las manos al fuego” por un liderazgo único, desgastado y decadente.

Aunque Eva Copa enfrenta graves problemas en su gestión edil y está demostrando serias falencias como burgomaestre de la ciudad que la eligió de manera tan contundente, no pierde mérito por haber coadyuvado a la supervivencia del MAS. Mientras Andrónico Rodríguez y muchos satucos apostaron por defender a Evo Morales por todos los medios posibles, Eva Copa y el ala alteña del masismo comprendieron que habían perdido. Estrellarse contra la maquinaria represiva del Estado, contra la brutalidad de Arturo Murillo y Luís Fernando López era suicida. Luchar sin perspectiva de victoria habría costado vidas, no de quienes fugaron a otros países o se escondieron “heroicamente” en embajadas, sino del “pueblo”, la masa utilizada en mítines políticos, marchas proselitistas e inauguraciones de canchas de césped sintético. Era necesario un repliegue estratégico.

Ahora, cuando paulatinamente ingresamos al último trimestre del 2022, bautizado por Marianela Prada, ministra de la presidencia de quien depende Gustavo Torrico, como “año de la revolución cultural para la despatriarcalización: por una vida libre de violencia contra las mujeres”, el MAS no supera sus divisiones internas y se dan señales de que los militantes duros, los satucos violentos y delirantes, seguirán ganando influencia ante la impotente mirada de Luís Arce.  

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