El fetichismo de la novedad

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¿Quién no ha escuchado o dicho, hoy con mucha mayor frecuencia que antes, que aquello es más de lo viejo, que esto huele a rancio, que lo uno es anacrónico o que lo otro es, simplemente y sin mayor razón, parte del pasado, afirmando inmediatamente que su elección implicaría, per se, un retroceso? Este parece ser, al menos en esencia, un cambio de dirección hacia una forma felizmente distinta de relacionarnos con el entorno, tanto en tiempo como en espacio, una inclinación más bien contraria a ciertas visiones conservadoras e incluso restauradoras que hasta hace poco reinaron bajo la percepción de que todo pasado es o fue siempre mejor que el presente y será, en todo caso, preferible un futuro por defecto incierto.

Pero la cosa no es tan sencilla como parece. El fenómeno involucra a dos vertientes que en la actualidad discurren juntas aunque no necesariamente revueltas, la una es de orden generacional, materializada en un cambio de mentalidad producto del tensionamiento natural entre lo antiguo y lo actual, entre padres e hijos, a la que se cuela indisolublemente una segunda, de matiz esencialmente tecnológico, plano en el que los cambios suelen desarrollarse con una velocidad antes inimaginada, pues lo que hoy es considerado “de última”, mañana ya no, en parte debido a las estrategias de marketing que instan a que las empresas añadan o quiten ciertos atributos a determinados productos, así sea mínimos y/o irrelevantes, todo a fin de brindarles un aura de novedad y atraer así a los más compulsivos compradores.

Es posible que esta sea una de las causas que explican la inestabilidad emocional que caracteriza a las nuevas generaciones, siempre en pos de un futuro que apenas se deja ver y que se esfuma velozmente, incluso antes de hacerse aprehensible, pero implica también un cambio de percepción frente a la innovación, base para el desarrollo de las civilizaciones, ya que el afán humano por explorar, expandir e incluso invadir los secretos del mundo y la naturaleza se constituye en el motor de la investigación y el avance científico. Sin embargo, los acontecimientos del mundo externo discurren a una velocidad distinta, mucho mayor a la que demanda su internalización y procesamiento en la psique individual y el imaginario colectivo, provocando desajustes principalmente en los más jóvenes, quienes en su ingenuidad esperan de la política y el Estado los mismos resultados y a la misma velocidad con la que se producen en el mundo tecnológico, desencantándose rápidamente y a veces sin razón de la vieja democracia, induciéndola a una crisis por sobrecarga de demandas, como viene sucediendo, creo, en el Chile de hoy. Tal vez sea ésta una razón más para que a la larga se instaure el gobierno de los robots o el reinado de la inteligencia artificial (ver: https://www.lostiempos.com/actualidad/opinion/20190425/columna/robots-al-gobierno).

En nuestra realidad actual, en franco proceso de electoralización, este fenómeno se viene configurando como una suerte de fetichización de lo “nuevo”, es decir, como una tendencia generalizada a otorgar automáticamente y sin mayor reflexión el carácter indiscutible de bueno o favorable a todo aquello que pinte como novedoso, joven o moderno, induciéndonos a descartar opciones solo bajo la falsa idea –de ahí el fetiche– de que el pasado es, en sí mismo y sin crítica alguna, malo o negativo, algo que podría ser solo parcialmente cierto, pero en ningún caso necesariamente definitivo, lo que nos puede llevar a graves errores de percepción, pintándonos una realidad aparente con consecuencias electorales nada alentadoras.

No olvidemos que en política, la perspectiva histórica es vital y más a medida que una democracia se va haciendo madura, pues un trayecto dilatado llega a almacenar, como es lógico, un conjunto creciente de experiencias, tanto buenas como nefastas, que merecen ser procesadas ambas con inteligencia, esto a fin de no descartar apresuradamente prácticas que bien pueden ser rescatadas y acaso actualizadas, solo por el hecho de haber sido gestadas en el mismo laboratorio, transportadas en el mismo pack y/o ejecutadas por un mismo gobierno.

Se precisará de un poco más de criterio ciudadano para evitar caer en el fetichismo mencionado, sea a lo nuevo o a lo viejo, pues la imagen de renovación es tan importante como otros factores que en el nuevo escenario electoral serán relevantes, me refiero a los programas de gobierno, al discurso político, el perfil del cuerpo íntegro de candidaturas y el equipo técnico, elementos que en las justas plebiscitarias anuladas llegaron a perder protagonismo ante una serie de factores distorsionantes.

Como en todo, unas veces vale más lo conocido que lo horrible por conocer y, otras, lo pasado queda mejor pisado, las circunstancias mandan y nada debe ser impulsivamente descartado, lo ideal será siempre una combinación virtuosa de lo mejor de lo viejo con lo mejor de lo nuevo, considerando siempre que la responsabilidad política no es solo de los partidos, ellos pueden postular a quienes quieran, antiguos o modernos, feos o bonitos, oscuros o claros, al final, ese es su derecho, pero la decisión última es de quienes votamos, los que en definitiva elegimos incluso entre opciones que no son ni de lejos las óptimas, lo que precisa de un alto grado de cautela a fin de evitar que el re-encausamiento democrático que ahora se intenta, perezca por sobrecarga.

El autor es doctor en gobierno y administración pública