Carlod A. Scolari
En el origen fue Platón
¿De dónde viene el visceral rechazo de los sapiens a la tecnología? En Platón contra las máquinas. La tecnología y sus enemigos, desde la escritura hasta la inteligencia artificial Marcos Alonso propone un viaje histórico con una idea de partida tan sencilla como incómoda: vivimos en un entorno plagado de artilugios, a estas alturas imposibles de escindir de la humanidad, aunque seguimos venerando lo natural como si fuera un espacio puro, bueno y originario. La cama, el café, el lenguaje, la ley, la economía o el smartphone forman parte de una segunda naturaleza -la “sobrenaturaleza” orteguiana- que nos sostiene antes incluso de que seamos conscientes de ella. El libro no se pregunta si la inteligencia artificial es inteligente, sino algo más radical: ¿tiene sentido seguir hablando de lo ‘artificial‘?
En Platón contra las máquinas Alonso reconstruye la larga historia de la artefactofobia. Vuelve a los mitos de Prometeo, Pandora y Dédalo para mostrar que la técnica aparece desde el inicio como promesa y amenaza. Los artefactos nos salvan y fascinan, pero al mismo tiempo nos asustan y desorientan:
«La técnica, nos dice el mito, es un desafío a los dioses. La técnica trae consigo graves peligros y consecuencias nefastas casi imposibles de prevenir; per la técnica no es, según estos mitos, algo intrínsecamente malo, deplorable o negativo. No encontramos aquí, todavía, el prejuicio contra lo artificial. Esta predisposición solo va a aparecer y cobrar forma con el surgimiento en el siglo V a.C. de eso que llamamos ‘filosofía’, una disciplina cuya génesis va a marcar de manera indeleble nuestra perspectiva sobre lo artificial.»
Platón ocupa un lugar decisivo en este relato porque dio forma y estatus filosófico al prejuicio contra lo artificial. Para los que nos ocupamos de los medios, el ejemplo más conocido es su posición frente a la tecnología cognitiva más potente creada por los sapiens: la escritura.
«La escritura objetiva la realidad, la convierte en objeto, nos permite abstraerla y abstraernos de ella, produce un distanciamiento mediante el cual se vuelve factible una aproximación analítica, meticulosa. Al objetivar la realidad, nos subjetivamos a nosotros mismos, aparece la noción de sujeto como algo distinto a su contorno. Solo con la escritura se vuelve el ser humano plenamente consciente de su tecnicidad, de su condición técnica».
En Platón, el rechazo hacia la tecnología aparece como una desconfianza filosófica hacia todo aquello que se aleja de la verdad, la presencia viva y el orden natural. El ejemplo clásico es el Fedro, donde presenta el mito egipcio de Theuth: la escritura, ofrecida como remedio para la memoria, es rechazada porque produciría olvido y una falsa apariencia de sabiduría. Quien lee cree saber, pero solo repite signos muertos, incapaces de responder como lo haría un maestro a través del diálogo vivo (es casi seguro que Platón pensaba en Sócrates). También en la República aparece una sospecha parecida hacia la mímesis: las imágenes, las copias y los artificios pueden alejarnos de la realidad. En Platón contra las máquinas Alonso sitúa ahí uno de los momentos fundacionales de la artefactofobia occidental: la técnica queda asociada al simulacro, al engaño, a lo inferior frente a la naturaleza, la verdad o el logos filosófico.
De Platón a Unabomber
«Lo artificial, a partir de Descartes, irá ganando más y más terreno, más y más prestigio. Pero lo hará desde la confrontación con esa otra esfera ideal y espiritual, abortando, de este modo, la posibilidad de superar las dicotomías platónicas, anulando la posibilidad de alcanzar una comprensión más rica y compleja de la realidad.»
En los siglos posteriores esta desconfianza reaparecerá bajo distintas formas. En el cristianismo, muchas técnicas quedan marcadas por la ambigüedad: pueden ser útiles, pero también sacrílegas si desafían el orden creado. En la modernidad, aunque Galileo, Descartes o la imprenta impulsan una visión mecanicista y técnica del mundo, el idealismo alemán y el romanticismo reactivan la sospecha frente a la máquina como amenaza contra el espíritu, la vida o la autenticidad.
«La monofonía es una textura musical en la que solo hay una línea melódica (…) La filosofía de la técnica de los siglos XX y XXI es una ensordecedora monofonía de este tipo: mil y un filósofos cantando la aburrida y anticuada melodía de la artefactofobia (…) El éxito de los pensadores antitecnológicos es abrumador (…) Estos autores dicen lo que los intelectuales quieren oír: que la tecnología nos pervierte, que lo natural es preferible, que el prejuicio contra lo artificial está justificado, que los intelectuales son superiores.»
Más tarde, Oswald Spengler verá la máquina como una fuerza casi diabólica, mientras que Martin Heidegger, en La pregunta por la técnica, denunciará que la técnica moderna reduce el mundo a “reserva disponible”. Uno de los padres fundadores de la Media Ecology, Neil Postman, advertirá que la tecnología puede convertirse en una «nueva divinidad cultural». En el extremo político y violento, Alonso incluye al mítico Unabomber en su lista como caso más radical y coherente de tecnofobia.
El viaje que propone el autor puede ser leído como el dark side de la historia del progreso, un relato de los miedos que acompañaron a cada tecnomatriz creada por los humanos, desde la escritura y el dinero hasta la biotecnología y la computación. Frente a esa tradición, el libro propone desmontar la falsa oposición entre naturaleza y artificio: no vivimos fuera de la técnica, sino dentro de una “sobrenaturaleza” artificial que nos constituye. Al final volveremos a esta cuestión.
Miedo al medio
Todo lo que escribe Marcos Alonso en Platón contra las máquinas es aplicable a la esfera de la comunicación. No es casual que la madre de todos los miedos tecnológicos sea la escritura. El libro de Alonso se podría reescribir en clave mediática: la crítica platónica a la tecnología de la escritura reaparece en el siglo XV con la imprenta -una «máquina diabólica» según la iglesia de Roma, que no tardó en crear su Index Librorum Prohibitorum et Derogatorum y quemar unos cuantos volúmenes-, sigue con los miedos generados por las fantasmagorías en el siglo XIX y resurge con toda su fuerza en el siglo XX con el pánico generado por el supuesto poder de la radio o la televisión para manipular la mentes de los jóvenes. En los últimos quince años el apocalipticismo mediático y tecnológico -envasado en las letanías de Eric Sadin o en los tuits impresos de Byung-Chul Han– ha vendido más libros que latas Red Bull.
Los teóricos de la comunicación y la cultura no han sido ajenos al movimiento filosófico descrito por Alonso. La sospecha tecnológica y la artefactofobia puede ser rastreada de punta a punta en la bibliografía de los programas de las asignaturas de las carreras de Comunicación, desde las contribuciones obligatorias de Adorno, Horkheimer, Marcuse, Mattelart y Habermas fundadas en la «crítica de la razón instrumental» hasta los trabajos más recientes de Christian Fuchs o Paula Sibilia. Aunque parezca un cuadro agudo de esquizofrenia, en muchas facultades donde se enseña a usar cámaras y micrófonos los estudiantes deben leer libros y autores declaradamente tecnófobos.
Una reflexión final. Si en Platón contra las máquinas Alonso desmonta una oposición fundante como aquella entre naturaleza y artificio (o entre humano y máquina), quedan muchas otros binarismos por discutir. Podríamos decir que en las últimas décadas una buena parte de las oposiciones que daban sentido al mundo de los sapiens ha comenzado a saltar por los aires: público/privado, real/virtual, original/copia, verdad/mentira, cuerpo/mente, biológico/cultural, trabajo/ocio, consumo/producción, presencia/ausencia, libertad/control, centro/periferia… Chi più ne ha più ne metta.
Tecnofobia
Alonso no está solo en su cruzada con la artefactobia. En Italia acaba de publicarse (en realidad, salió en 2025, pero yo lo descubrí el mes pasado en una librería de Torino) Oltre la tecnofobia. Il digitale dalle neuroscienze all’educazione, un volumen escrito a seis manos por Vittorio Gallese, Stefano Moriggi y Pier Cesare Rivoltella. Los tres provienen de esa zona académica donde se cruzan las neurociencias, la pedagogía y el aprendizaje. En muchas páginas de este volumen resuenan, en otra tonalidad, las palabras del libro de Marcos Alonso.
Por ejemplo, cuando los autores consideran a Platón el «primer teórico de la comunicación»:
«Da Platone in poi, tecnologie come la scrittura, la fotografia, il cinema, la televisione, Internet e gli smartphone sono state vilipese per il loro presunti effetti negativi su individui e società. Tuttavia, queste tecnologie hanno progressivamente ampliato le capacità humane di espressione creativa.»
(«Desde Platón, tecnologías como la escritura, la fotografía, el cine, la televisión, internet y los teléfonos inteligentes han sido vilipendiadas por sus supuestos efectos negativos en los individuos y la sociedad. Sin embargo, estas tecnologías han ampliado progresivamente la capacidad humana de expresión creativa.»)
O cuando sostienen que los discursos científicos están impregnados de juicios de valor poco sustentados en los datos empíricos:
«Il dibattito contemporaneo sulle tecnologie digitali troppo spesso si basa su pregiudizi e giudizi stereotipati, acriticamente negativi o positivi, invece de affidarsi a ciò che può essere empiricamente accertato dalla ricerca.»
(«El debate contemporáneo sobre las tecnologías digitales se basa con demasiada frecuencia en prejuicios y juicios estereotipados, negativos o positivos sin espíritu crítico, en lugar de apoyarse en lo que puede comprobarse empíricamente mediante la investigación.»)
Oltre la tecnofobia desmonta el alarmismo social y el pánico moral asociados al uso de las pantallas y los dispositivos móviles. Los autores apuntan que; 1) la cultura humana ha sido tecnológica desde sus orígenes, y 2) herramientas históricas como la escritura o la imprenta ya generaron en su día recelos similares. No existe una separación biológica en nuestro cerebro entre el mundo físico y el virtual, ya que el cuerpo sigue siendo el eje central de nuestra experiencia cognitiva y relacional también dentro del entorno digital.
En lugar de apostar por el aislamiento, las prohibiciones rígidas o la estigmatización de las tecnologías -como propone Jonathan Haidt en La generación ansiosa (2024)-. el libro apunta a una alternativa basada en la mediación educativa y el pensamiento crítico. Los autores sostienen que la solución a los desafíos contemporáneos no pasa por limitar el acceso a los dispositivos, sino por construir una nueva pedagogía que integre lo digital de forma consciente y dialógica. Se trata de superar los prejuicios tecnofóbicos para entender la tecnología no como una amenaza que deforma la naturaleza humana, sino como una dimensión evolutiva que requiere ser comprendida y guiada a través de la educación.
(En 2018 escribí sobre este «malestar en la cibercultura«. La situación ha cambiado. Para peor).
Síndrome de Ícaro
En la parte final de Platón contra las máquinas Alonso aborda el actual complejo filosófico-digital integrado por inteligencias artificiales, robots, ChatGPT, algoritmos, biotecnología, transhumanismo y crisis ecológica. Alonso no niega sus peligros, que van desde la vigilancia y los sesgos hasta la privacidad, la salud mental, el empleo, la guerra y el coste energético de la nube. Pero tampoco convierte a las máquinas en demonios ni en sujetos morales. La responsabilidad sigue siendo humana: de quienes programan, financian, regulan, despliegan y, también, usan los sistemas técnicos.
Con habilidad Alonso evita caer en los laberintos sociotecnológicos sin salida y, si bien su trabajo se centra en una necesaria crítica de la tecnofobia, esquiva con habilidad los peligros de la tecnofilia. De ahí el llamado síndrome de Ícaro: no basta con tener alas; hay que saber usarlas. Las nuevas generaciones digitales pueden heredar instrumentos potentísimos sin conocer el mundo previo ni sus límites. Por eso el libro insiste en plantear qué mundo queremos construir. Si no lo hacemos, otros lo diseñarán: plataformas, poderes económicos y señores tecnofeudales atentos al negocio de nuestros datos y a capturar nuestra atención, afectos e intimidad.
La tesis final de Alonso es clara: los humanos no estamos simplemente frente a la tecnología; los sapiens somos seres técnicos, simbólicos y artificiales. Si llevamos ese planteo a la dimensión comunicacional, lo podemos resumir en una frase: todos somos Homo Mediaticus.





