El mundo se le vino encima a Jason Arday en unos cuantos días. Hace apenas tres años, cuando tenía 37, se convirtió en el profesor negro más joven en la historia de la Universidad de Cambridge. Su biografía era sumamente peculiar, repleta de episodios dramáticos a los que se había sobrepuesto o, visto de otra manera, de vicisitudes tan inusitadas que no era aventurado considerar que eran falsas, o exageradas.
En el transcurso de julio tres indagaciones comprobaron que Arday cometió plagio en su tesis doctoral y en otros textos. Todo parece indicar que fue contratado no por sus méritos académicos, sino por el sufrimiento que dijo haber padecido en su infancia y adolescencia, por los esfuerzos físicos de los que se ufanaba y porque es negro. El 5 de agosto Cambridge anunció una investigación sobre la trayectoria de ese profesor. Horas más tarde, Arday renunció.

Arday se especializó, según decía, en sociología de la educación. Pero la atención pública —incluso lo que él decía de sí mismo— se concentró mucho más en el personaje y en su biografía que en la calidad o la originalidad de sus investigaciones. Ahora que se hacen públicas las comprobaciones de sus plagios se afianza la idea de que fue contratado, y convertido en “rock star” de la academia, no por sus contribuciones al conocimiento sino por ser negro y por la apesadumbrada vida que dice haber tenido.
Apenas en febrero de 2023, la Universidad de Cambridge publicitó la contratación de Arday como un reconocimiento a la diversidad racial y al esfuerzo personal. El vicerrector de Educación, el profesor Bhaskar Vira, dijo: “Sus experiencias ponen de manifiesto las barreras a las que se enfrentan muchos grupos subrepresentados en la educación superior, y especialmente en las universidades de mayor prestigio. Cambridge tiene la responsabilidad de hacer todo lo posible para abordar esta situación creando espacios académicos donde todos sientan que pertenecen”.
Poco después, y con motivo de ese nombramiento, The Guardian publicó una extensa entrevista que mostró a Jason Arday como ejemplo de superación personal: “Es una historia improbable, reconoce, una historia que acapara titulares y ha cambiado su vida irremediablemente. Él cree que siempre estuvo destinado a hacer algo grande. ‘Sabía que estaba destinado a hacer algo’… La historia de Arday es una de grandes alturas, pero también de profundas caídas”. Así fue, pero no como suponían él y quienes lo elogiaban.
Arday mismo, y numerosos sitios y textos, replicaban la historia de su vida. Sus padres fueron migrantes que llegaron de Ghana. Él padeció autismo y hasta los once años, no podía hablar. Aprendió a leer y escribir a los 18 años. A pesar de ese rezago, a los 30 se doctoró en la Universidad John Moores de Liverpool. Esos datos tendrían que haber sido suficientes para que a Arday se le viera, por lo menos, con una precavida suspicacia. Pero además el relato que contaba de sus méritos, más allá del plano académico, tenía mucho de fantástico.
En 2010, Arday se ufanó de haber corrido 30 maratones en 35 días. Nueve de ellos, aseguraba, los corrió con una fractura en una pierna. En otras ocasiones dijo que corrió 600 millas (casi mil kilómetros) en seis días. De haber sido cierto se trataría de uno de los corredores de resistencia más poderosos del mundo, comentó The Guardian hace unos días. Esas pruebas, siempre según su propia versión, las hacía para reunir dinero que destinaba a obras de caridad. Asegura que en 20 años contribuyó a recaudar 5.5 millones de libras (127 millones de pesos) que entre otras cosas destinó para llevar agua potable a comunidades muy pobres en África y América del Sur. Los periodistas que han investigado esa versión no han encontrado pruebas de que sea cierta.
A mediados de 2025 Arday denunció que un enmascarado entró a su oficina en Cambridge para amenazarlo con un cuchillo. La Universidad instaló un botón de pánico en el despacho y cámaras de video cerca de él. Cuando denunció un segundo incidente las cámaras no registraron la presencia de ningún extraño. También dijo que a la casa de sus padres llegó una caja de cartón con una cabeza de cerdo. Tampoco se han encontrado evidencias de tales hechos.
En 2020, cuando se encontraba en la Universidad de Durham, Arday informó que estaba preparando el libro “Being Young, Black and Male: Challenging the Dominant Discourse” y que incluso ya tenía editorial para publicarlo. De ese trabajo no hay ningún rastro. Aún así, tres años después fue contratado en Cambridge.
Según dicen ahora, desde hace un par de años corrían versiones sobre trampas o simulaciones académicas de Arday. En septiembre de 2025 el Times Higher Education comenzó a documentar irregularidades en el trabajo de ese profesor pero suspendió su investigación cuando Arday contrató los servicios de un despacho legal que se dedica a litigios por difamación. El bioquímico David Sanders de la Universidad de Purdue en Indiana, quien se ha especializado en indagar trampas académicas, dijo más tarde al sitio Retraction Watch que, después de revisar un dossier en donde se comparaban textos de Arday con los de otros autores, no tenía duda de que se trataba de un extendido plagio.
En abril de 2026, Arday ofreció una de las conferencias centrales en el evento por el 75 aniversario de la Asociación Británica de Sociología. En vez de hablar de su propio trabajo, como muchos de los asistentes esperaban, denunció que en el campo académico en Estados Unidos, lo mismo que en el Reino Unido, hay activistas conservadores que analizan con extrema meticulosidad el trabajo de los académicos negros para encontrar errores que les permitan descalificarlos: “Los instrumentos diseñados para proteger la integridad académica, diseñados para proteger nuestro bienestar y nuestra propiedad intelectual, están siendo utilizados como armas”. Tal situación, deploraba, “es aborrecible, es una desgracia. Y, francamente, malvado. Ese es el cáncer que necesitamos erradicar de la academia”.
Semanas más tarde las quejas de Arday cobraron sentido. El 24 de julio pasado, dos diarios británicos publicaron notas sobre las acusaciones de plagios suyos. The Telegraph dijo que más de cien pasajes de su tesis doctoral eran idénticos, o casi, a los de otra tesis. The Times también se refirió a esos plagios y documentó el caso en los días siguientes. La tesis de Arday, acerca de la colaboración entre académicos en formación, presentada en 2015, repite o imita párrafos completos de la tesis que seis años antes presentó Paula Zwozdiak Myers, actualmente académica en la Universidad de Brunel, en Londres.
Por su parte el filósofo Nathan Cofnas de la Universidad de Gante, en Bélgica, publicó el 21 de julio un minucioso recuento de falsedades y exageraciones tanto en la inusitada biografía personal de Arday, como en su vertiginosa trayectoria académica. Allí se cotejan, con un software de detección de plagios, párrafos que Arday copió de la tesis de Zwozdiak Myers. Cofnas asegura que los plagios de Arday eran conocidos en Cambridge pero que los académicos que estaban al tanto de ellos no los denunciaban por temor a la administración de esa Universidad o a posibles demandas legales.
Las denuncias de Nathan Cofnas ameritan un paréntesis en este recuento. A ese filósofo estadounidense, otros colegas suyos lo acusan de tener ideas racistas porque sostiene que las diferencias de IQ entre grupos raciales se deben, al menos en parte, a causas genéticas y no a circunstancias socioeconómicas o culturales. Debido a esas opiniones, aventuradas y cuestionables, en marzo pasado 45 académicos exigieron que fuera despedido de la Universidad de Gante porque, dijeron, sus opiniones son discriminatorias.
En contra de ese reclamo para excluirlo de la institución en donde hace un posdoctorado, 179 académicos suscribieron una carta abierta en defensa de la libertad de investigación de Cofnas. Aunque, según precisaron, no respaldan una sola de sus afirmaciones, “los académicos deben poder exponer planteamientos controvertidos o provocadores sin temor a perder su empleo. Por supuesto, otros académicos deben tener la libertad de criticar o rechazar dichas afirmaciones”. Entre otros, ese documento lo suscribieron los filósofos Peter Singer, Francesca Minerva, los psicólogos Steven Pinker y Robin Dunbar y el matemático Alan Sokal. Uno de los firmantes, el filósofo belga Maarten Boudry, al hacer un recuento de ese episodio, ha considerado: “esto entra claramente en el ámbito de la libertad académica. Si no estás dispuesto a hacer extensiva la libertad académica a ideas con las que discrepas profundamente, en realidad no crees en la libertad académica”.
Volvemos al caso de Jason Arday. El 5 de agosto la Universidad de Cambridge anunció que emprendería una investigación acerca de las denuncias que se le hacían por fraude académico. Unas horas después, él anunció su renuncia. Arday mismo se promovió como notorio personaje público, se apoyó intensamente en los medios para crearse una imagen de mérito extremo, hizo de su biografía, exagerada o cierta, su carta de presentación y gracias a todo ello escaló muy rápido en la habitualmente escarpada jerarquía académica británica. Sin embargo, en su carta de renuncia se queja: “No quiero vivir con la sensación de que estoy todo el tiempo bajo un reflector, en donde cada aspecto de mi vida está sujeto al escrutinio y al juicio públicos”. Aclaró que su renuncia “no debe confundirse con la aceptación de las narrativas que me han rodeado. Es simplemente la decisión de alguien que ha llegado al límite de lo que razonablemente cabe esperar que cualquier persona pueda soportar”.
Todo indica que, en las evaluaciones académicas y en la hoy discutida decisión de la prestigiosa Universidad que lo contrató, Arday recibió un trato condescendiente por ser negro y por la conmovedora historia que presentó de su vida. Pero también puede considerarse que por ser negro y de origen desvalido, su trayectoria ha sido examinada con minuciosidad. El escritor británico Jason Okundaye apunta: “… a Arday no se le trató como a un académico, sino como a una mascota; una figura especialmente conveniente para una institución que se había visto frecuentemente avergonzada por su historial en materia racial: muy pocos estudiantes negros (en mi generación de Cambridge, que ingresó en 2015, solo había 15 hombres negros de un total de 3449 estudiantes), una cifra de académicos negros que no llegaba a las dos decenas (situación que persiste); acusaciones de racismo institucional. Independientemente de los méritos o deficiencias de su labor académica, el éxito para Arday en este puesto era limitado; la posibilidad de exigirle responsabilidades en caso de mala conducta estaba condicionada por el hecho de que él servía de instrumento para que Cambridge proyectara una imagen de progreso institucional”.
“La trayectoria de Arday —ha escrito Pascal Beltrán del Río—demuestra que la simulación se ha consolidado como una moneda de cambio válida en la sociedad. Vivimos en un ecosistema donde la apariencia de virtud y la construcción de una narrativa conmovedora cotizan más alto que el rigor intelectual, la verificación metodológica o la solidez del conocimiento. Las redes sociales operan como cajas de resonancia que magnifican historias de éxito instantáneo, premiando el efectismo emocional sin exigir bases reales”.
Antes de que se difundieran sus plagios, la editorial Simon & Schuster contrató con Arday la publicación de sus memorias. El libro, que tiene como fecha de publicación este 11 de agosto aunque se vende en línea desde hace unos días, se llama Great and Unfortunate Things. Es un título casi perfecto en este caso: Cosas grandiosas y desafortunadas. Arday reitera allí muchas de las contradicciones documentadas en días recientes e incurre en otras más.
Daniel Engber, de The Atlantic, encontró numerosas inconsistencias entre el guión que Arday propuso a la editorial y el libro ahora publicado.
En el proyecto, entre otras cosas, aseguró que hace unos años tuvo cáncer testicular, pero ese padecimiento no es mencionado en el libro. Escribe Engber: “Ofrece un retrato vívido de un hombre que, aun careciendo manifiestamente de la preparación adecuada para el mundo académico, logró alcanzar sus niveles más altos. No se trata de la valoración cruel de otra persona sobre la trágica e improbable trayectoria de Arday; es la suya propia”.
En todas partes hay mentirosos. Arday logró que Cambridge le creyera, y lo contratara, porque esa Universidad quiso creer en su relato de diversidad, superación y experiencias ejemplares. Una institución dedicada a producir conocimiento aceptó como credencial una narración que, precisamente por extraordinaria, exigía ser comprobada con especial cuidado. La inclusión no tendría que estar reñida con el rigor.
Arday ya no tiene que dar explicaciones. Cambridge, sí.
Raúl Trejo Delarbre
Investigador Emérito en el Sistema de Investigadoras e Investigadores. Sus libros más recientes son: Posverdad, populismo, pandemia e Inteligencia Artificial, conversaciones con ChatGPT.