Christian Jiménez Kanahuaty
Hablamos de un Estado que va en contra de la cultura, porque no tiene nada este presente que nos demuestre que esta practica política sólo es particular de un gobierno. Aquí se juega el sentido histórico de un Estado que se piensa lejos de la cultura, pero que pretende vivir de ella a través de modelos económicos que incentivan el turismo, el folklore, la exportación de frutas, vestimentas y trata de configurar una plataforma de recibimiento de turistas e inversiones colocando como muestra, la riqueza natural, los paisajes y los lugares emblemáticos del país.
Es un Estado que funciona bajo las lógicas de la contradicción que le imponen su acercamiento maniqueo y burocrático a la cultura en todas sus instancias, desde la centralidad, pasando por las regiones y terminando en gobiernos locales, seccionales y cantonales.
La cultura no es una moneda de uso común en la planificación operativa que cada año realizan estas instancias. Pero la cultura salta a la palestra cuando hay que reforzar simbólicamente el carácter diverso del país. Es una cultura que ha demostrado sistemáticamente servir sólo como postal de referencia o como holograma en diversas ocasiones cuando de Marca País se trata.
La Bolivia plurinacional, la Bolivia de la revolución del 52, la Bolivia neoliberal, pensaron la cultura siempre como subsidiaria de la economía, de la política, de la identidad y de la inversión estratégica en regiones para convertir el oriente, el trópico, el valle norte paceño, en polos de desarrollo. Pero nunca pensaron la cultura como una actividad humana, como una exploración del ser nacional por otros medios diversos al discurso y la retórica movimientista o masista.
Se habló de culturas vivas, se habló de culturas de exportación, de habló de culturas en movimiento. Pero nunca se las pensaron de forma articulada a través de políticas públicas. Porque una cuestión es la cultura que es una faceta humana y no en vano se dice que cultura es todo aquello que produce y realiza el hombre para satisfacer sus necesidades inmediatas y para regocijo de su espíritu. Y otra, es la construcción de políticas públicas que deben encaminarse hacia la transformación de la riqueza espiritual, en riqueza tangible. Y como ese canal está abierto, también se genera la posibilidad de construir políticas públicas desde abajo y desde dentro, es decir, desde la gran organización social, sindical, gremial, compuesta por cabildos, asambleas, juntas de vecinos, clubes de libro, clubes culturales, que proponen qué hacer con la cultura y cómo desenvolverla como eje de enriquecimiento del ser nacional. O, en definitiva, para ensanchar el ser nacional, y convertirlo en un ser plurinacional. Que vea la cultura no como folklore y fiesta patronal, sino como algo que además de generar movimiento económico, constituya la reserva moral y ética de un pueblo.
Pero cultura también sucede en plural, porque, así como es diverso el territorio y diversa también es la población que compone Bolivia, también es plural la cultura, y llamarlas culturas no es retórica populista y demagógica, es reconocer por escrito lo que ya sucede en los hechos. Porque si de fiestas hablamos, las festividades de Santiago de Ansaldo, frente a las del Gran Poder o las que tienen que ver con la Virgen de Cotoca o la festividad de cartestolendas en los valles de Cochabamba, tienen muy poco de contacto entre sí, porque cada una de ellas responde a una determina historia, formación social agraria y económica y a una determinación económica ligada también a la migración, a la colonia y a formas de trabajo constituidas sobre la base del mundo obrero.
Y si sólo haciendo foco en las fiestas, encontramos tanta diversidad de prácticas, historias y memorias, lo mismo sucede en el mundo editorial, en los espacios de emprendimientos, la música, los audiovisuales, la artesanía, las artes plásticas, la confección, la alfarería, el tejido y la ebanistería, entre otras actividades.
Porque la visión de cultura se redujo a la fiesta, al folklore, al símbolo patrio de las fechas cívicas, cuando en realidad, la cultura se vive y promueve cotidianamente, desde todos los espacios que habitamos sin siquiera percatarnos.
Lo que ocurre cuando un país visualiza la cultura sólo como aquello que resalta en los días de guardar, condiciona los recursos, las inversiones, el fomento y el desarrollo de todos los espacios y actividades culturales. Visualizar unas en lugar de otras, es una lógica de exclusión dentro de un país que se reclama plural e integrador.
El contrasentido hace peso en las políticas públicas, porque los concursos, fomentos y visibilizaciones de lo boliviano cae en la búsqueda de una esencia que hace mucho dejó de existir, no sólo porque el mundo se transformó. Sino porque los mismos artistas están en contacto con otras artes y otros espacios culturales. Porque los artistas viajan, comparten y comunican sus proyectos, productos, obras, con otros artistas y productores de cultura de otros países.
Pero en el empeño de un país por pensar que cultura sólo es una cosa, como aquella que se representa continuamente en las estampillas de correo, lo que queda por fuera no se revisa porque se piensa inclasificable e imposible de gestionar.
Los modelos de gestión cultural en los últimos veinte años han conferido pocas opciones de transformación al sector de la cultura, y limitado su capacidad de realizar propuestas concretas, y lo peor es que, como consecuencia de la desatención por parte del Estado, ciertas actividades, han ido a parar de manos públicas a manos privadas, porque se ha demostrado que ahí todo se mueve sino de forma más eficiente, sí de manera dinámica. Y no anquilosada en tablas, papeles, sellos y justificaciones.
La cultura es un detonante de la economía, aunque así no se lo quiera reconocer. Las ferias de libro, el Gran poder, las festividades de colegios, las entradas universitarias, las exposiciones de pintura, las aperturas de galerías de arte, las presentaciones todavía muy selectas de la última colección primavera-verano de diseñadoras, y la confección de vestidos para promociones, prestes, pre entradas, junto con presentaciones de banas que oscilan entre el rock, el pop, la salsa, la cumbia, el folklore y el trap, generan dinero. Y además de generar dinero logran cohesión social. Y cuando logran cohesión social es que podemos hablar de espacios productivos de cultura y espacios de reproducción de cultura. Es decir, escenas de culturas en movimiento donde cada opción encuentra un espacio donde puede llenar sus expectativas y deseos de consumo e integración.
No está mal pensar que la cultura produce bienes de consumo, pero también genera afinidad, identidad y cohesión social. En definitiva, encuentra por otros medios, lo que el propio Estado busca a través del discurso y la ideología, para generar paz y dialogo en una Bolivia en transformación. El Estado hace lo que produce más hegemonía y presencia desde la política, desde la exclusión y desde el cierre de opciones para priorizar de nuevo una única forma de vivir la vida a través de empleos estables dentro de oficios regulares y sacramentados desde la colonia.
Porque este ultimo factor nos podría llevar a pensar que al Estado no le interesa la cultura porque en su esencia conservadora no ve que la cultura sea un trabajo y quiera por todos los medios que sus ciudadanos se comporten como médicos, abogados, arquitectos y miembros de la policía y las fuerzas armadas, porque es a ellos que visualiza como productivos y útiles.
Si el Estado se comporta como un regulador de las opciones de vida de sus ciudadanos, ya no es un Estado que se asiente sobre la libertad, sino que camufla el autoritarismo de democracia. Y esto se hace aún más visible cuando la visión de cultura que tiene, sólo identifica una cultura y un modo de desarrollarla.
Entonces, lo que queda no es sólo la crítica. Está bien plantear y problematizar el estado de situación de la cultura en un país que se autodefine desde su Constitución y desde las calles, como plural, diverso, dinámico y complementario.
Existen instancias de consulta y elaboración de políticas públicas de abajo hacia arriba, pero también terminan siendo reducidas a esquemas generales de indicadores, variables y plazos. Lo que resta y anula todo el trabajo previo, porque las celdas que se llenan con los datos recolectados, no siempre responden a las múltiples realidades locales que se van presentando en el camino y si para que quepa toda esa información es necesario agregar más y más celdas al Excel, lo que queda como conclusión es que el trabajo estuvo mal enfocado, la recolección de datos no fue pensada con rigor y los datos no se podrán sistematizar ya que generaran dispersión y reinará el principio de que cada caso es tan importante como el anterior.
Y todos sabemos que esa es la condición que hace inviable la abstracción, por tanto, la construcción de políticas públicas. Toca tomarse en serio los instrumentos de recolección de información y establecer modelos adecuados para sistematizar los datos y la información recolectada.
La validación de los instrumentos de recolección de información y los datos obtenidos es una barrera que no se puede franquear sin una evaluación correcta. Así como tampoco se puede evitar construir las instancias desde las cuales se coteja lo que se recolectó y anotó con lo que la realidad dijo. Pero antes de esas instancias, hay que elaborar los datos y aquello se realiza relacionando la información nueva que se recolectó con la información disponible de gestiones pasadas y articularlas con conceptos que permitan la organización.
Hay una variedad de conceptos a disposición en el momento de construir con los datos obtenidos, lo público para pensar desde las culturas, lo que se puede hacer con ellas y hacia dónde se las podría conducir. Están los conceptos mal entendidos, como plurinacionalidad, economía naranja, productivo, productividad, fomento, cultura sensible, emprendedurismo, proyectos semilla, identidad, progreso, exportación, materia prima, capital cultural, capital simbólico, fuerza de trabajo.
Hay muchos conceptos y según cuáles se escojan, la información revelará determina información y postulará una forma muy especifica de estado de situación de la cultura, necesidades, oportunidades, avances, límites y proyecciones.
Sin embargo, este proceso técnico, no termina siendo un procedimiento de gabinete. No hablo que de existan viajes, reuniones, consejos y asambleas para conseguir la información deseada. Eso se da por descontado. Lo que sí refiero es la condición de pensar cuál es el punto de partida. Se usará la información para reformar lo que el Estado ya piensa sobre sí mismo y el sector de la cultura, o se utilizará esa información para crear un nuevo modelo de cultura que debe ser integrado por cada instancia de decisión del Estado.
Porque la cultura tarde o temprano aparece en el área de educación, y la cultura aparece en desarrollo, turismo, desarrollo productivo, desarrollo rural; y cultura también aparece en el modelo económico y en el modelo impositivo.
Lo que implica pensar otra cuestión: y es que existe todavía un prejuicio sobre el mundo de la cultura como si ella fuera innecesaria o simplemente como aquella actividad que un ser humano realiza en su tiempo de ocio. Esa visión hace más de cien años fue abolida. Pero aún campea a sus anchas entre los salones del poder político de Estados que se precian de modernos, aunque viven ensombrecidos en falsas esperanzas extractivistas.
Y, por otro lado, la idea es construir culturas desde la diversidad de actividades, sectores y sujetos que hacen la cultura. Porque si esta pluralidad y diversidad da miedo a los gestores de cultura anidados en el Estado, no se podrá ni imaginar cómo es que hacen los que se dedican a la economía y su planificación desde el gobierno para reconocer e identificar todas las formas primarias y secundarias de la economía, cuando desde la Constitución también se afirma que Bolivia se sostiene sobre la base de una economía plural.
Otra cuestión es que deseen en su fuero interno que el país no sea tan diverso e intenten reducirlo a una cuestión monolítica y anquilosada a fuerza de darle la espalda y restarle potencia y espacios productivos. Esto es el Estado contra la cultura. Es decir, el suicidio lento y riguroso de un Estado que no encuentra soluciones y la mejor que vislumbra es el desastre, porque ve en el abismo la solución a todos sus problemas.
Un Estado que se odia a sí mismo por ser diferente en cada tramo del camino. Un Estado que no puede pensar desde la pluralidad porque se acompleja de ella. Porque el molde único es rebasado por tanta trascendencia a la hora de pensar la política, lo espiritual, la religiosidad, la cultura, lo sindical y la forma económica de desarrollo y constitución de Bolivia.
No han reformado la Constitución, pero en los hechos, es como si hubieran realizado tal labor, porque lo único que hacen es limitar las acciones de los demás, privilegiando sólo un modelo cultural.
Es un Estado que va a contrapelo del mundo. Mientras el mundo reconoce la diversidad, el movimiento, la migración, la búsqueda de nuevas opciones de desarrollo económico y tecnológico, el país se cierra y se piensa como una potencia monocultural, que ni siquiera es potencia ni monocultural en el presente ni a lo largo de su historia.
Pensar propuestas de reconducir la cultura, va más allá del gremio de la cultura. Aquí se necesita volver a pensar el país. En todas sus dimensiones, planos y actores. La cultura sólo es la revelación de un fenómeno que ya estalló en los 53 días de bloqueo. Su desatención es parte del mismo malestar estatal.
La cultura no se resuelve ni satisface por medio de encuentas y programas de apoyo. Que sólo duran una gestión y mueren. Tampoco la cultura es una bolsa de bonos. La cultura es una estrategia de desarrollo, de sostenibilidad, de fortalecimiento de la creatividad individual y colectiva para la constitución y consolidación de mercados internos y redes de comercialización que funcionen integrando experiencias internas y externas.
La cultura es una faceta de la identidad de un Estado, es verdad, pero al mismo tiempo, es el espejo desde el cual se proyecta esa identidad para arrojar luz a todas las demás políticas públicas estatales. Porque sin cultura no hay ni fiestas, ni conciertos, ni literatura, ni memoria, ni capacidad de pensar ni de proyectarse en el tiempo.
La cultura dota de herramientas como la imaginación, la resolución de conflictos por medio de procesos abstractos de pensamientos, también genera capacidad de trabajo en equipo, lectura de comprensión, facilidad para plantear ideas a un grupo de personas, capacidad para identificarse con los problemas de los demás y maneras de resolver injusticias. Allá donde se reúnan dos o más personas están realizando un hecho cultural que afectará sus vidas en niveles como el familiar, el salarial, el profesional y su identidad como sujeto y persona será pensada, valorada y utilizada para el presente y el futuro.
Así que pensar la cultura es pensar en algo más que un apoyo o fomento a la creatividad o una feria artesanal en una plaza publica durante tres días. Cultura es el sustento de un país para demostrar que ese país se conoce y se entiende a sí mismo.
Reducir la cultura a lo privado o ligarlo a la iniciativa individual, es el error que antecede al fracaso. Todos los países que han fracasado como motores de empleo y desarrollo son países que han dado la espalda a la cultura y la anularon. Lo malo es que siempre se dieron cuenta de su error cuando se encontraron al borde de su desaparición o al inicio de una guerra.