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Aquellos días

Andrés Canedo / Bolivia.

De aquellos días, cuando era niño, allá en el pueblo, hay imágenes que se transportan al presente para colmarme de recuerdos. La niña rubia, que vivía en la casa del frente, con la que empezamos a jugar en la vereda, que me revelaba el color del cielo desde sus ojos celestes que yo fui bebiendo para empezar a conocer la belleza y a soñar con esa inmensidad que, después lo aprendería, se llamaba amor. Y ese amor que fue transitando desde el silencio, hasta la revelación de su mano enredada con la mía, milagro desde el cual aprendí la ternura, que pronto crecería hasta manifestarse en los besos, en el calor y la dulzura inocentes, de su boca aplastándose en la mía. Meses así, de descubrir el significado un poco borroso, de sensaciones nuevas. Porque en el camino de esa nueva fe surgirían renovadas epifanías: el valor de contarnos sueños y temores, la intuición de nuestros cuerpos que se iban transformando en renovados misterios. Luego se fue y yo pude olvidarla, y se siguió yendo, cada vez más lejos, mientras que, sin saberlo, nuestras almas gemelas iban abrazando nuevas certidumbres, nuevos amores, y la entrega a tratar de hacer posibles las utopías. Ella, sin que yo lo sepa, llevó su compromiso hasta el sacrificio, y un día, del que no tengo el recuerdo, rindió su vida a las balas asesinas, mientras empuñaba el fusil con el que procuraba construir el alba.

Yo sobreviví, talvez por una prudencia que disfrazaba la cobardía, quizá para intentar comprender, con los años, la validez o no de los caminos transitados. Posiblemente, también, para que hoy, al cabo de tanta distancia y recuerdos, intente construir este homenaje a ella, la rubia de ojos azules que me besaba en la precaria discreción de las sombras, en algún portal no lejano de la vereda de los juegos. Yo no pude ser como ella, aunque talvez, en el amasijo de los tiempos y la muerte, ambos nos convirtamos en olvido. Ella, en su capacidad de entrega, fue mucho más que yo, aunque, posiblemente, la feroz contabilidad de la historia que siempre escriben los vencedores, diga que estuvo equivocada. Ella, yo no lo sabría hasta mucho tiempo después, dejó de jugar y empeñó incluso su vida, hasta aquella tarde en que seguramente ni siquiera pensó en mí, y en que la muerte la sorprendió convirtiéndola en la flor amarilla, ornada con el rojo de la sangre, en otra distante vereda que no era, sin duda, aquella en que años antes, sus ojos me enseñaron lo que era el cielo.

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