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La economía también se construye en la mente

«Toda crisis económica deja de ser un problema de expertos cuando las expectativas reemplazan a la confianza y la incertidumbre, la ansiedad, la inseguridad, el miedo, el agio, la especulación y los viejos traumas económicos llegan hasta la canasta familiar.»

A los bolivianos hoy nos dicen que existe suficiente liquidez, que el mercado encontrará su punto de equilibrio, que la inflación está bajo control y que las medidas adoptadas devolverán la estabilidad. En ese contexto, la adopción de un régimen de cambio flexible introduce una nueva referencia para el mercado y, con ella, nuevas expectativas en la ciudadanía. Escuchamos explicaciones técnicas, críticas políticas, interpretaciones ideológicas y comparaciones con otros momentos de nuestra historia.

Mientras tanto, la ciudadanía vive otra realidad. No observa gráficos ni indicadores; observa si encuentra dólares cuando los necesita, si consigue combustible, si los precios vuelven a subir y, sobre todo, si el dinero alcanza hasta fin de mes. Entre el discurso y la vida cotidiana comienza a construirse algo decisivo para cualquier economía: la confianza o la desconfianza.

Bolivia conoce muy bien ese fenómeno porque también tiene memoria económica. Quienes vivimos la hiperinflación de los años ochenta no recordamos solamente cifras. Recordamos las filas, el dinero que perdía valor, la incertidumbre permanente y la angustia de no saber cuánto costarían los alimentos al día siguiente. Las crisis pasan, pero las experiencias permanecen. Y esa memoria sigue acompañando las decisiones de millones de bolivianos.

Por eso las personas rara vez toman decisiones económicas únicamente por lo que ocurre hoy. La mayoría las toma por lo que cree o teme que ocurrirá mañana. Una familia adelanta compras para proteger su ingreso; un productor posterga inversiones; un comerciante actúa con mayor cautela; un ahorrista busca refugio para su dinero. Así, las expectativas modifican el comportamiento, la incertidumbre alimenta la ansiedad, la ansiedad genera inseguridad, la inseguridad fortalece el miedo y el miedo abre espacio a la especulación y al agio.

La economía habla con números; la ciudadanía responde con decisiones.

Existe un lugar donde todas esas decisiones dejan de ser individuales y adquieren un impacto colectivo: el comercio.

Es allí donde confluyen las políticas económicas, la política monetaria, los costos de producción, las importaciones, las exportaciones, las remesas, la oferta y la demanda. Pero también llegan la memoria económica, las expectativas, la incertidumbre y las decisiones que cada ciudadano toma para proteger a su familia.

En el comercio una política pública deja de ser un decreto y se convierte en precio; una proyección económica se convierte en costo de reposición; una expectativa se convierte en una compra anticipada; una duda se convierte en una inversión postergada. El comerciante calcula cuánto le costará reponer su mercadería; el productor decide si continúa invirtiendo; la madre de familia reorganiza su canasta; el trabajador posterga gastos para preservar sus ingresos. Lo que parecía una decisión individual termina convirtiéndose en un comportamiento colectivo.

Por eso el comercio no es únicamente el lugar donde se intercambian bienes y servicios. Es el espacio donde se encuentran la economía, la memoria y la psicología ciudadana. Allí los indicadores dejan de ser estadísticas y se convierten en decisiones humanas. Allí se refleja lo que una sociedad cree, piensa, teme y espera de su futuro.

Toda política económica termina rindiendo examen en el comercio, porque es allí donde la teoría deja de ser teoría y se convierte en la realidad cotidiana de las familias.

La principal enseñanza de esta coyuntura es que las políticas económicas no pueden diseñarse únicamente desde los indicadores macroeconómicos. También deben comprender cómo reaccionan las personas, cómo influyen sus recuerdos, cómo se forman las expectativas y cómo la confianza fortalece o debilita cualquier medida pública. La credibilidad, la comunicación transparente y la estabilidad institucional no son elementos complementarios; forman parte de la propia política económica.

Gobernar la economía también significa comprender el comportamiento humano. Porque los gobiernos administran políticas, los bancos centrales administran instrumentos y los economistas administran modelos. Pero son los ciudadanos quienes, con las decisiones que toman cada día, terminan definiendo el verdadero resultado de una política económica.

Las economías pueden recuperarse con buenas políticas. Los países solo se reconstruyen cuando sus ciudadanos vuelven a confiar. Porque el verdadero patrimonio de una nación no es únicamente su moneda, sus reservas o sus recursos naturales. Es la confianza con la que su gente decide construir el mañana. Allí comienza la estabilidad económica. Allí comienza también la construcción de un país.

Oscar A. Heredia Vargas es Analista político y económico. Ex Rector de la UMSA.

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