Claudio Ferrufino-Coqueugniot
Una docena de hermosas chicas se alinean contra una pared de Murmansk. Ciudad, región, que ha llenado mi mente de ilusiones aventureras a través de los años. No considero la situación geopolítica actual ni la narrativa de las posibilidades estratégicas para la Rusia de Putin, enfrentada al inmenso Mar Ártico con sus misterios y amenazas sino solo a la magia de su aislamiento y distancia. Muchachas bellas como princesas se ofrecen en alguna calle, supongo que durante el verano ya que el invierno allí suele ser fatal.
Recuerdo, la vi dos veces, la película holandesa Nova Zembla (Reinout Oerlemans, 2011) que trata del último viaje de Willem Barentsz y Jacob van Heemskerck, en 1596-97, buscando el Paso del Noroeste. Magnífica y terrible. Historias del Ártico y la Antártida que nublan cualquier empeño de sensatez. El barco de sir Ernest Shackleton, el Endurance, viajará conmigo hasta el fin de los días, lo sé bien. E imagino la inmensidad de la isla de Nueva Zembla en medio de lo que hoy es el mar de Barentsz, casi el fin del mundo.
Hace unos días me perdí en otro sueño helado, el film ruso Archipélago (Alexey Telnov, 2021). Científicos rusos son enviados a Svalbard para hacer mediciones reales de la tierra entre 1899 y 1902, en sociedad con Suecia. Comienza con la búsqueda de los restos de la fracasada expedición aerostática de S. A. Andrée. Osos polares, drama, aventura, soledad y dureza para enfrentar a la naturaleza. Todas las características necesarias para pasar una buena noche cochabambina con la sombra de la cordillera al fondo.
Preparan para mí una entrevista en el Perú. Envío los datos necesarios mientras me acomodo en el negro sofá buscando más cine. Son varias las películas, rusas sobre todo, que han tratado de la zona, del mar Blanco e interminables manadas de renos. Según leo, Murmansk debiera ser una ciudad condenada. La derrota del zar ante Ucrania cambiará tanto la percepción de lo que hay en ese país luego de la debacle. Pensar que las solitarias playas de Yakutia tendrán de emblema el rojo sangriento de la bandera china. Los chinos trabajan con tesón y silencio para que eso suceda rápido y de manera irreversible. Habrá sido en vano el trabajo de conquista del cosaco Yermak y la épica posterior. Dinamismo histórico, ni modo.
Una interminable línea de bosque se yergue amenazante en la frontera finlandesa. Muro medieval o de cine fantástico con orcos y dragones. Por ahora las prostitutas de Murmansk observan con pupilas de vacío hacia el incierto panorama.
Mi barco sigue a la deriva por ahí.
Rusia atenazada entre dos frentes. El más peligroso, en silencio por ahora, el de Siberia. Mientras el idiota se consume en la estepa ucraniana, Beijing ya planea apoderarse de mitad de su territorio, el asiático. No hay manera de que Moscú pueda evitarlo. Ya el yuan es moneda corriente allí. La decrépita ambición de Vladimir Vladimirovich arrastra los remanentes del imperio hacia su fin. ¿Murmansk? ¿Quién sabe en qué quedará? Finlandia no ha renunciado a Carelia. Al final de nuevo se asentarán los osos polares y apenas se escucharán extraños gritos de focas leopardo. El Ártico habrá retomado su grandeza. Espectros de martirizados exploradores por doquier y la certeza de que el ser humano tiene la infinita capacidad de suicidarse de manera rimbombante.
Observo mis paisajes meridionales. No hay islas de desolación por aquí, así haya una realidad desesperante. La tibieza del bucolismo invita a sentarse a dormitar. Deliciosa situación que he de combatir si quiero construir novelas. Tengo volúmenes y volúmenes de compilaciones de textos breves; más que bastante. Siguiendo un consejo de madre de hace cuarenta años, es tiempo de escribir en serio, no ceder a la seducción del asombro y la efímera emoción. Tiempo de matrimoniarse con la escritura y sistematizar el trabajo, no porque escribir sea tema de mampostería pero tampoco tendría que ser de eterna maroma. Una cosa no implica que abandone la otra pero hay que priorizar, al menos en este momento en que se desarrollan sin parar, en mente, dos novelas que bien trabajadas podrían resultar interesantes.
Alejarme de Murmansk, del feroz Congo y tanto otro espacio de sueño. Como si decidiera un empleo en el tiempo en que este era imprescindible y necesario. Con placidez, sin angustia ni premura hoy, carente la urgencia de sobrevivir de entonces. Subir las mangas a modo de cajero de banco antiguo y ponerse a producir. Ejercicio de carácter también y no únicamente labor creativa. Vamos por eso. Las circunstancias están dadas, ahora viene la voluntad.
Hablar de los argumentos de estos proyectos es prematuro. No intento hacer la gran novela boliviana ni mucho menos. No me interesa. Con que salgan bien y esté yo satisfecho me basta. Y si la leen algunos, mejor. Pero basta de elucubrar y a poner las manos y la conciencia. Golpear, así lo hacían los panaderos locales, la masa en la sudada espalda. Aquello le daba humanidad y por supuesto una pizca de sal a la fabricación del alimento. No dudo que sea actividad prohibida ya. He sido panadero en los Estados Unidos pero allá trabajaba con máquinas y la masa venía congelada. Solo unos retoques cuando estaba lista. Algún estiramiento o etcéteras pero con mayor facilidad. Digna y gratificante manera de ganarse el sustento. Imagino un día preparar panes especiales en casa. Lo haré, por supuesto que sí, en intervalos de escritura. Es un hermoso trabajo.
De Murmansk salté a los panes y la novelística. Todo es parte de un juego creativo en donde no existen fronteras. Sistematizar ello en obras de mayor alcance y no en escritos pequeños es mi próxima labor. Por alguna temporada al menos. Luego evaluaré lo que tengo a mano. Ni ortodoxia ni dogma.
Dudosamente me lanzaría desde mi confort actual en expediciones exploratorias, pero me gusta leer sobre ellas. Me entristece, aunque me alegra que se rescate al magnífico maestro ciego, este frenesí homérico que viene con la nueva versión fílmica de la Odisea. Leía ayer partes de La Orestia, de Esquilo; retornar a la presencia de los clásicos es siempre bueno. ¿Entristecerme por qué? Porque a pesar de lo importante de traer a Homero de vuelta sabemos que se trata de una movida de mercado. Vale incluso así.
Llega agosto, el mes de los vientos, el que se llevaba a los viejos según mi padre. En la memoria, una tormenta de arena sobre el río Potolo, el Takamaklán, Gurdjieff…