Y ahora… a llorar al río

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Cuánto territorio hemos perdido únicamente por la incapacidad de nuestros gobernantes, quienes casi siempre han antepuesto los intereses particulares al interés nacional, designando en el servicio exterior a personas sin ninguna preparación para afrontar los desafíos que plantean las relaciones entre países. La Academia Diplomática, que en los últimos años se ha convertido en un liceo de formación más folklórica que académica, ha abandonado la misión-visión que dio lugar a su nacimiento, es decir, la de formar de agentes versados en relaciones internacionales que tengan no solo el entrenamiento para ser catalizadores de los negocios (diplomáticos) del país, sino también la vocación que requiere un representante de la investidura de, por ejemplo, un embajador.

Pero el engaño y la ineptitud alcanzaron su máxima gradación en el gobierno de Evo Morales, que, despilfarrando sumas siderales de dinero producto de la bonanza alcanzada por los precios internacionales del gas y los minerales, ha dilapidado en canchas que, como era de suponer, actualmente muchas ya se encuentran en completo estado de abandono, aeropuertos que no tienen utilidad y… Bueno, larga es la lista de obras en las que un museo en Orinoca es solo la mayor muestra del abuso de poder y la incultura de quienes han promovido tan grande burla.

La sentencia de la CIJ que declara que Chile no está obligado a nada respecto al litoral arrebatado en 1879 y el fallo del mismo tribunal con relación al río Silala —tribunal que, dicho de alguna manera, homologa la confesión que durante la substanciación del proceso hizo Bolivia sobre el carácter de río de curso internacional y que hasta ahora se da a la luz— confirman que en esta materia (relaciones internacionales y diplomacia) el Gobierno de Evo Morales ha sido también desastroso.

Con esa confesión, nada hay que reprocharle a la CIJ, porque en materia de derechos, la confesión judicial o extrajudicial sobre cualquier hecho releva de más prueba a los justiciables. Y con ese antecedente, el fallo judicial se ha facilitado enormemente, habiéndose limitado a declarar en consecuencia que el uso del caudal del Silala deberá ser compartido por ambos países.

De donde se colige: primero, si ese río es un río que nace de un manantial geográficamente ubicado en el departamento de Potosí y que cuando se pergeñó la idea de demandar a Chile por un presunto desvío de sus aguas como argumento principal de Bolivia, la sentencia dictada desnuda la pésima defensa que de nuestros derechos se hizo.

Pero si los estudios técnicos —que se presume fueron hechos por parte de Bolivia para reclamar una deuda histórica por el uso chileno de sus aguas— dieron por resultado que sus características se adecúan a un cauce transfronterizo por efectos de un curso natural, entonces fuimos engañados por expectativas que nunca debimos abrigar y muchísimo menos pensar siquiera en juicios cuyas consecuencias más insignificantes (hablando de ambos diferendos) fueron las ingentes sumas de dinero gastadas en abogados y en las irresponsables delegaciones a Países Bajos que no tenían otro justificativo que hacer turismo a costa del dinero estatal. Porque en realidad los efectos importantes del fallo respecto al litoral son que Bolivia no tiene derecho jurídico para reclamar una gota de agua marina, y mientras insistamos con premiar a personas sin ningún mérito en cargos diplomáticos, la deuda histórica por ese mismo tema también quedará impaga por los siglos de los siglos.

Y hablando del Silala, es un cinismo que Evo Morales sostenga que el fallo le confiere soberanía a Bolivia. Ahora, respecto a los efectos de la sentencia, debemos ser realistas: nuestro país no tiene capacidad tecnológica ni humana para aprovechar de sus aguas. Nunca lo hizo y tampoco lo hará, pero entre la ciudadanía se debe generar una conciencia de que el agua es un recurso finito, vulnerable, indispensable, y es un insumo imprescindible en diferentes procesos productivos, y, comprobado como está,  que se desplaza geográficamente sin conocer fronteras nacionales. Lo menos que puede hacer Bolivia es abrir canales, no de agua, sino diplomáticos para proyectos conjuntos con Chile.

Dos errores gravísimos más de la administración Morales que no los paga él. Claro, es que como dice el refrán: “Cuando dos elefantes luchan, la hierba es la que sufre”. Bolivia paga el pato. Y ahora, a llorar al río.

Augusto Vera Riveros es jurista y escritor