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Un “gran todo”

Asombro y belleza. Nuestros ojos no bastaron para maravillarnos de las imágenes del infinito universo: el Planeta Tierra girando y luciendo sus bellos colores. Armonía y movimiento. Fantasía y ciencia.

Sostenida por sí sola, con mucha vida, alrededor de ella la oscuridad y el espacio interminable. ¿Estaremos solos entre las galaxias?

Dichosos de nosotros que hemos sido testigos de este espectáculo que nos permitió la Misión Artemis. Pensar que nos hemos vistos al mismo tiempo y en dos lugares distantes. Viviendo desde algún lugar de la Tierra y desde la distancia observamos nuestra casa común. Desde acá abajo y desde allá arriba. Y nos dio suficientes motivos para reforzar nuestras convicciones.

Movimiento lento, el azul predominante, redonda cual pelota para un niño, daban ganas de tenerla entre las manos para acariciarla y lo hicimos con nuestras miradas y con la alegría de sabernos habitantes terrícolas del único planeta del sistema planetario que tiene las condiciones para la vida del ser humano y de los seres vivos de la Naturaleza.

En contrapartida la Luna estaba frente a nuestros ojos, hermosa, pero gris y llena de cráteres, pero también con vida propia, que marcha al ritmo de las estrellas y dándonos el equilibro necesario. ¿Qué sería la Tierra sin su compañera eterna, la Luna?

Mientras santos y pecadores, depredadores y defensores, explotadores de los ríos y defensores de la Madre Tierra, justos e injustos, violadores de los bosques y ambientalistas hemos compartido un sentimiento común con ese bombardeo de fotos y videos de la misión de la NASA que nos trajo sobre el planeta Tierra a nuestras pantallas: nos movió sentimientos y contradicciones.

Porque para unos es un planeta más, un pedazo de cualquier cosa y seguirán con sus actividades depredadoras con los ríos, bosques, lagunas, cerros, minas, cuencas, áreas protegidas, mientras para muchos otros nos moverá y provocará más argumentos que hoy mas que nunca debemos promover acciones y políticas integrales de protección y uso racional de los recursos naturales, porque es parte de la armonía y el equilibrio que necesitamos para no destruir el único lugar donde podemos convivir.

Con seguridad la misión de la NASA también ha tenido una clara intencionalidad de mirar con otras visiones el frágil planeta terrícola, especialmente para las grandes transnacionales del petróleo, de las industrias, de la minería, de los agroquímicos, de los fabricantes de armas, de los transgénicos, de las agropecuarias, que no pueden seguir mas con el ritmo acelerado de arrasar con todo lo que encuentren en los campos o en las zonas rurales. Ahora con guerras de misiles y drones, matando vidas humanas y destruyendo hábitats naturales.

Anna Tsing, antropóloga estadounidense, afirmó que “no se sabe muy bien cómo seguir viviendo, ni cómo evitar la destrucción planetaria. Afortunadamente, todavía nos quedan aliados, humanos y no humanos. Podemos explorar los bordes cubiertos de malas hierbas de nuestros paisajes devastados, que son también los bordes de la disciplina capitalista”.

¿Esos aliados serán otros que están más allá de nuestro planeta, de la Luna o habitarán en otras galaxias para que nos ayuden a comprender los dolores y los lamentos de la Tierra y eviten en un futuro no lejano su total devastación? En principio esos humanos somos nosotros, los animales, las plantas y puede ser otros seres vivos, que de vez en cuando aparecen entre la humanidad, como lo relata Carl Sagan en su libro El mundo y sus demonios.

Lo que debemos sacar como enseñanza clave de este viaje espacial es algo profundo y lo saben los ambientalistas y académicos, los políticos que alguna vez fueron defensores de la Naturaleza: formamos parte de un “gran todo”. Un todo que debe desarrollarse en equilibrio interno y externo. Y precisamente esto es lo que hemos ignorando intencionalmente y a veces nos damos cuenta de que estamos pagando las facturas de la ambición del ser humano y sufriendo las consecuencias de inundaciones, ríadas, incendios forestales, tempestades, huracanes, etc.

“Un gran todo” donde nadie puede hacer lo que quiera y salirse del desenvolvimiento y de sus roles que cada ser vivo tiene asignado, por eso vimos a nuestro planeta tan hermoso, tan armónico, tan necesitado de todos, no solo de nosotros los humanos, sino de los que están allá arriba en el universo.

“Nos equivocamos al creer que nos movemos sobre la Tierra, indiferentes, hasta el punto de pisotearla a placer. No, vivimos en el seno de Gaia, antigua personificación de nuestro planeta que, igual que nosotros, tendría un “comportamiento que la lleva a reaccionar a lo que le hacemos”. Se trataría de un ser vivo que se interpenetra constantemente en un mismo medio y que nosotros consideramos erróneamente solo como un lugar para vivir, y no como un organismo en continua fusión del que dependemos totalmente y que merece el mayor cuidado y hasta nuestra adoración”, nos aconseja el sociólogo francés Eric Sandes en un libro de urgente lectura para estos tiempos: Hacer disidencia. Una política de nosotros mismos.

Gracias a los astronautas de Artemis por mostrarnos muy de cerca a nuestro planeta y entendamos de una vez para siempre, que ese “gran todo” hay que mimarlo y cuidarlo entre toda la humanidad, porque lo necesitamos mas nosotros que ella de nosotros.

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