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Buñuel, inolvidable

Hace poco salió el documental Memoria de los olvidados (2025) dirigido por Javier Espada que se exhibió en la Cineteca Nacional en México. No me perdí a la cita. Fue como acudir a una conferencia de un brillante profesor que te explica pedagógicamente un tema. Conocí mucho mejor a Luis Buñuel, director que marcó época en el cine mexicano y mundial. 

El documental transcurre entre México, España y Estados Unidos. Entrevistan a varios especialistas como Juan Villoro y González Iñárritu, sin que ambos digan exactamente lo mismo –como sucede a menudo–, sino dejando que revelen una faceta del cineasta. 

Salí con temas que requieren pausada digestión. Desde que vi Los Olvidados (1950) quedé fascinado con la historia, la conducción, la finura del argumento, pero por supuesto consternado por su implacable crudeza. 

A mediados del siglo pasado, por distintas razones, México se convierte en una potencia cinematográfica. En aquel período, que se recuerda como la época de oro del cine mexicano, aparecen figuras potentes en las pantallas, desde María Felix, Dolores del Río, hasta Jorge Negrete o Pedro Infante. Es un tiempo en el que México se mira en la pantalla grande con orgullo, casi con vanidad; deja de ser una caricatura para sí mismo y se construye una identidad nacional vigorosa.

En ese momento de proyección de la imagen de la gloria patriótica –habiendo superado el trauma revolucionario–, aparece una película ruda, despiadada, que muestra las miserias de la vida urbana. El mensaje es claro: el progreso no llegó a ese sector marginal, y además, los pobres son tan crueles entre ellos como cualquier otro ser humano.

En lugar de idealizar al pobre –como lo hace el discurso ingenuo que cree que algún grupo es moralmente superior por su origen étnico, de género, etario, nacional, de clase, etcétera–, Buñuel lo exhibe tal cual, desnudo, poco solidario, en una batalla de sobrevivencia capaz de destrozar a su prójimo sin piedad. 

Los Olvidados
, de manera similar al libro Los hijos de Sánchez de Oscar Lewis, mostró el México que se quería ocultar debajo de la alfombra, aquel al que no volteaban los reflectores. 

La propuesta de Buñuel fue una denuncia social y política, pero no simplona, no complaciente como a menudo sucede, sino inteligente y compleja. 

Por lo mismo, fue un fracaso en su primer estreno, estuvo pocos días en cartelera y fue muy criticado hasta que, poco después, el filme fuera premiado en el famoso festival de Cannes, y recién aceptado y aplaudido en casa. 

Para filmar su película, Buñuel hizo un trabajo etnográfico –diría yo– previo. Curioso, el director surrealista, se dio un baño de realidad sistemática. 

Revisó decenas de archivos judiciales, recorrió la prensa roja de la época, salió a caminar por los barrios populares, vestido de manera modesta y con su Leica en mano, para absorber el ambiente del lugar. 

Lejos de la fantasía, su película está anclada en las colonias populares capitalinas. Lo que no impidió, por supuesto, los juegos oníricos a los que recurre y que despiertan múltiples interpretaciones. Así, parte del genio de Buñuel está en combinar la narrativa con el dato empírico, imaginación con historia, lo que costó años a otras disciplinas como la sociología.

Consciente del riesgo que corría, el director –se dice que presionado por sus auspiciadores– filmó dos finales posibles. En el primero, el que quedó, sostenía el argumento de toda la película y culminaba con la tragedia; el segundo se acercaba a un final feliz, que dejaba al espectador no inquieto, sino satisfecho porque, a pesar de todo, vencía el bien.

Lo curioso es que prácticamente no se supo de los dos finales hasta hace unos años, cuando al realizar un estudio sobre la película, descubrieron un carrete más que no había sido abierto. Al rodarlo, la sorpresa fue rotunda: había otro posible desenlace de la película; cursi, simplón, condescendiente, que mataba el relato esbozado los minutos previos. Por suerte quedó en anécdota. 

Por último, cuando el documental está mostrando los créditos finales, aparece en un cuadro menor otra información sorprendente. Resulta que las cenizas de Buñuel estaban custodiadas, nada menos que en el convento de los frailes dominicos en el Centro Universitario Cultural en Ciudad de México. 

Sí, en una columna al interior de la capilla central, reposaba el cineasta ateo. Nada más surrealista. Y pensar que pasé tantas veces por ese centro, hasta hice una exposición de fotografía cuando era joven, y nunca supe de la tremenda compañía que tuvieron mis imágenes. 

Enorme Buñuel. Sobran razones para tener su nombre grabado en el tiempo.

Imposible olvidarlo.

Hugo José Suárez es sociólogo, investigador de la UNAM. 

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