La otra mejilla

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Cuando te metes a las lides políticas, sabes de antemano que vas a lidiar con los que no te quieren y en este reino de dios, hay mucha gente que no te quiere pero además tiene taras sociales, resentimientos congénitos, frustraciones genéticas y sobre todo una formación más cercana al panóptico o al chiquero que a la escuelita de barrio. Esos anónimos que te publican insultos, que se inventan cosas, que están pendientes de tu pasado (y de tu facebook) no hacen política, ni siquiera hacen guerra sucia, son nomás el fruto de la enfermedad llamada envidia que asfixia a cantidades galácticas de gentes maldecidas por su furioso anonimato y su iracunda mediocridad.

Pero hay golpes que no esperas. Como que se metan con tu familia, por ejemplo, con tus amigos, con tu vida afectiva o con gente que no tiene nada que ver con nada. En ese caso, los envidiosos resentidos, fuera ya de su ignorancia intrínseca, dejan escapar además las perversiones que le vienen desde las cunas (o los corrales) de donde provienen. Me entienden ¿no? Para ellos, no hubo ni habrá opción alguna de redimirse puesto que es difícil inculcarle valores a quienes son hijos de la zoofilia. Por eso, valga la oportunidad para que a menos de 90 días del hecho electoral, a todos mis amigos, mi familia, mis conocidos y mis lectores les pida disculpas sinceras si es que se tuvieran que topar en las redes con el vómito de tales alimañas. No les tiren pelota y no les contesten. Dejénmelos a mi, que si no es ahora, cualquier rato se descubren y entonces, el apocalipsis bíblico va a parecerles un cuento de hadas. Porque una cosa no soy y no aprenderé nunca a serlo. Ser cristiano. O sea, yo no doy la otra mejilla.