Nariné Kroyán

El ángel tuerto

Al solitario y callado Beglar conocían todos. Ni él se acordaba cuantos años tenía: todos sus recuerdos, los años vividos y no vividos estaban en pasado, y sólo él sabía para qué vivía todavía.

La guerra de los 90[1] le había privado de un ojo, arrebatando también el sentido y ganas de mirar al mundo: ya no estaban sus seres queridos, ni su mujer joven ni el hijo de tres meses, al que había visto solamente un par de veces; el proyectil enemigo no había dejado nada salvo el cuerpo de su mujer destrozado por cascos de metralla. Para ver, entender y deplorar todo eso un ojo bastaba.

El hijo no estaba, no lo encontraba. La esperanza aparecía con la luz del día y desaparecía con las noches sin luz, dejando en la boca el sabor de angustia amarga: se convirtió en huérfano de la manera permanente y prematura.

Por un periodo largo no se alejaba de las ruinas, no podía creer que ya nada iba a ser como antes. Una vez, cuando estaba tirado sin fuerzas en el lugar donde una vez estuvo la cuna, tuvo un sueño. Era Hasmík que sostenía al hijo en los brazos como la Virgen. Ella se inclinó y le susurró al oído:

– En la pierna de Mikael hay una marca como la tuya: un lunar grande y dos pequeños al lado. No le dejes solo a nuestro hijo.

Se levantó de un salto. Extendió los brazos para abrazar esa fantasma tan real y solo alcanzo a tocar la ceniza que flotaba ingrávida en la briza de la alborada. El corazón enloquecido como campana sin badajo del campanario arruinado se le agolpaba sangre a la cabeza. Rápidamente chequeó la pierna derecha y como por primera vez vio la marca de la que había olvidado: un lunar grande con dos al lado. Por primera vez tuvo ganas de llorar. No pudo. Solo aulló como un lobo. No tenía ni ganas ni habilidad para decir algo de la manera comprensible. Las migajas de la esperanza revitalizantes le dieron la razón para vivir. “No era un sueño. Sentí el aliento, el olor de Hasmík. No, no era sueño. Mikael está vivo.”

Y empezó lo más difícil. El hijo estaba en todas partes y en ninguno. A pesar de la marca tan particular no era fácil a encontrar al bebé con solo de tres meses. Fue a todos lados, tocó todas las puertas y con cada puerta que se cerraba se le desaparecía su único consuelo, la esperanza de encontrarlo. Un día volvió y se quedó para siempre en su ciudad arruinada, viviendo solitario y callado.

Trabajaba de carpintero, a los que quedaron sin vivienda les ayudaba a poner la casa, mientras que él mismo se contentaba con el viejo galpón que había quedado al lado de su casa destruida. Vivió sin rencor, observando la vida de los demás, como les crecían sus hijos y nietos, hasta que la nueva guerra empezó a devorar a los hijos de los demás.

Esta guerra[2] era diferente. En un par de segundos se cambiaba el azul engañoso del cielo apacible y en lugar de un edificio aparecía una ruina nueva, un nuevo hoyo le desfiguraba la cara a la tierra. Entre los bombardeos escuchaba y se enteraba que casi no hay combates a corta distancia, que esta vez se trataba de la guerra de la tecnología, dinero y potencias. Pero también él sabía algo, conocía al que estaba enfrente, cuya única fuerza, salvo matar mujeres y niños, estaba en la habilidad de escaparse. Pero la guerra se prolongaba, y aunque los hijos hacían polvo los dientes del enemigo, igual les arrebataba de su pequeño mundo.   

Cada vez, bajando al sótano, alertado por la alarma aérea, él tenía la impresión de ser una rata, un viejo animal inútil. Se desesperaba por un nuevo sueño, donde por los labios de su eternamente joven Hasmík recibiría una nueva esperanza y una razón más para vivir. 

-Vení, engáñame una vez más, pero por Dios, decime qué hacer, se matan los chicos re jóvenes. El corazón no me da más. Pregunta a tu Dios si él también se quedó ciego como yo.

Un día esa rata que daba vueltas por el sótano se paró, abrió la puerta y subió con tranquilidad.

La ciudad estaba vacía. Miró para arriba. El cielo también estaba vacío.

-¡Veníte, vení a machacarme, a ver si te calmás, injusto! ¿Para qué me mantenés vivo tanto tiempo?

Cuando llegó, el bombardeo ya se había terminado.

-Vengo a pedirles que me envíen al frente en lugar de algún joven. Con un ojo también se puede luchar. ¡Lucharé! Si no me llevan, voy solo. 

Se enojaron, trataron de persuadirlo, dijeron, que si quiere lo necesitaban acá.

Consintió. Pero cuando se enteró que debía preparar féretros, se puso rabioso, puteó y re puteó, con el puño mandó a volar los papeles amontonados en la mesa, pero…

La chica simpática de la municipalidad le miró al ojo y le tembló la voz.

-Tío Beglár, no hay otros. ¿A quién se lo pedimos? Decínos vos.

No tenía respuesta.

En el bullicio del hospital no supo cómo bajó a la morgue. Trabajó de día y noche en la salita contigua, hasta que de nuevo acudieron a él. Era el enfermero de la morgue.

-Tío Beglár, me voy al frente. Féretros ya hay. Ahora tenés que hacer mi trabajo.

No entendió.

-¿Yo? ¿Qué tengo que hacer?

El enfermero lo tomo de brazo y lo llevó a la sala espaciosa de al lado y se calló.

Se le doblaron las rodillas.

-Ya sé, tío, pero ahora allá me necesitan más. Tenés que ayudar a los muchachos, a nuestros muchachos dignos de respeto, que no son tan solo carne y hueso.

-¿Cómo te llamas, hijo?

-Mikael.

Como en toda su vida Beglár no había visto a ningún empleado de la morgue que fuera del ánimo frágil, le dio vergüenza su propia debilidad.

-Decíme qué tengo que hacer.

Pensaba que vivió bastante y conocía el infierno. Se equivocaba. Solo sabía que debía convertirlo al cuerpo humano todo que tenía bajo la mano; los féretros abiertos los esperaban como bocas insaciables.

Bajo chorros del agua y luz de cambiante intensidad él lavaba, limpiaba los cuerpos cubiertos de sangre, tierra y vísceras y con la mente abstraída los trasladaba, los desplegaba y los completaba en las cajas preparadas por él.  

Después ponía la tapa sujetándola con clavos, encima pegaba el papel que le ponían junto al cuerpo y proseguía con el siguiente. Se sorprendía consigo mismo. Hacía todo como si fuera un mecanismo de cuerda, tratando de no mirar a las caras, hasta que se dio cuenta que su propio cuerpo pedía lo suyo, el cansancio era tremendo.

Le habían quedado dos féretros vacíos.

Decidió que a toda costa terminaría el trabajo y solo después descansaría.

Había dos cadáveres. Beglár ya se había dado cuenta que siempre tenía que contar por la cantidad de cabezas para no confundirse en la cuenta.

Eran jóvenes de 26-27 años.

Sus caras eran sorpresivamente limpias y tranquilas, pero de la cintura para abajo era difícil entender qué era que.

Con el cuidado especial e inexplicable lavó, limpió todo aquello que quedaba de lo enfajado en los restos del uniforme militar y empezó a acomodar y completar en los féretros esos últimos dos cuerpos.

De golpe su mirada se dirigió hacia una de las piernas y le pareció que se le paraba el corazón: tenía la marca de su propia pierna։ un lunar grande y dos pequeños al lado. Con manos temblantes apretó este pedazo del cuerpo humano y gritó

-¡Miko, Mikoooo! Hijo…

Luego…

Luego, mecánicamente, de nuevo trató de acomodar el pedazo, primero en un féretro y después en el otro, tratando de entender a qué cuerpo pertenecía. Parecía que la pierna podría formar parte tanto de uno como del otro cuerpo. 

Le fallaba la razón. Beglár se rompió en un llanto silencioso y dejó esa parte de la pierna al lado de uno de los cuerpos. Besó las frentes de los hijos, cerró las tapas, pegó los papeles y se fue.

En el camino pareció acordarse de algo. “¿Habré cerrado la tapa de mi Miko con clavos, o…?”.

¿Estaba caminando?  ¿Volaba?

Su cuerpo era etéreo, lejos de la tierra, no dejaba huellas.

No bajó al sótano. Solo sacó de ahí la vodka hecha con moras, tomó un trago amargo y cerró los ojos.

Lejos estaba el lugar, donde enterraban al soldado e inefable era el dolor de la madre que perdió a su hijo. En el momento del último adiós las manos de los que sostenían el féretro en la procesión fúnebre fueron incapaces de mantenerlo y por debajo de la tapa mal ajustada se deslizó y cayó una parte de pierna.

La multitud gimió e injurió al carpintero.

Solo la madre vio el lunar y, quitándose el pañuelo, gritó:

-¡Esto no es mi Narék…Narék no tenía ese lunar! Mi Narék está vivo…

El aire se inmovilizó.

El planeta azul bañado en el polvo de los astros no se paró.

El mundo seguía de la misma manera, el cielo de nuevo estaba vacío. Solo sobrevolaba la tierra un ángel desesperado. De su único ojo de vez en cuando caía una lágrima de esperanza en el pequeño pedazo de la tierra olvidada y le aliviaba el corazón a la hierba quemada.

11 de octubre de 2020

Traducción: Alice Ter-Ghevondián

Revisión de estilo: Homero Carvalho Oliva

Biografía:

Nariné Kroyán es Doctora en Economía, empezó a escribir en la edad adulta. Se publicó por primera vez en las revistas literarias Garun y Narcis, sus cuentos fueron incluidos en varias antologías. Su primera colección de cuentos fue publicada en 2010. Hoy día es autora de 6 libros, entre ellos cuentos para niños, compilaciones de cuentos cortos y novelas.

Nariné Kroyán recibió varios premios literarios, entre los cuales se destacan el premio Narcis (2012), el premio Ardzak   de la editorial Antares (2013), así como el premio establecido por el operador de telecomunicaciones Orange Armenia Book Prize en 2011 y en 2013, en las categorías de cuento y novela corta. Actualmente es profesora del Colegio estatal de Lorí en la ciudad de Vanadzór.


[1] Se refiere a la primera guerra desatada por Azerbaiyán contra Artsaj (Nagorno Karabagh) entre 1990 -1994. Cabe mencionar, que los armenios viven en Artsaj desde hace 3.000 años. Artsaj, ubicado en el Altiplano Armenio (Cáucaso Sur), desde el 9 siglo a. de C. formó parte de varios reinados armenios consecutivos. Después de la creación de la Unión Soviética, el régimen comunista decidió que Artsaj debe formar parte de Azerbaiyán. La población autóctona de Artsaj nunca aceptó esa decisión, a pesar de que dos años después, en1923, le fue concedida cierta autonomía. En 1991, Artsaj, basándose en el Derecho a la libre determinación de los pueblos, declaró su independencia.

[2] El 27 de septiembre de 2020 Azerbaiyán, violando el cese el fuego del año 1994, con el apoyo explícito de Turquía, usando a los mercenarios fundamentalistas traídos de Siria, Libia y Pakistán, implementando una cantidad impresionante de armamento, aviación y drones empezó la guerra contra la población armenia de Artsaj  (150.000 habitantes) con el objetivo de ocuparlo y efectuar la limpieza étnica de los armenios. Sin embargo, a pesar de la predominación de las fuerzas militares y uso de armas prohibidas internacionalmente, el “blitzkrieg” del enemigo fracasó y las fuerzas del ejército de defensa armenio continúan la resistencia tenaz. Por ahora fallaron las tres tentativas del cese el fuego por la mediación de Rusia, Estados Unidos y Francia (tres co presidentes del grupo de Minsk de la Organización de Seguridad y Cooperación Europea, que desde los años 1990 tiene la misión de mediación de este conflicto).