Turno de noche

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Dibujo: Juan Kalvellido
De: Patxi Irurzun / Inmediaciones

 —¿Puedes venir este fin de semana?— me preguntó Martínez, el encargado

      Tenía un trabajo en el turno de noche. Una puta mierda. 80 talegos al mes. Era una fábrica de porcelana. En el horno. Había que entrar dentro y sacar las vagonetas con las tazas, los platos, las cafeteras… Sudaba como un cerdo y volvía a casa hecho polvo, pero tampoco podía dormir a gusto, con el ruido de los coches en la calle y los gritos del viejo en casa —lo habían botado del currelo hacía poco y se pasaba las horas privando—. Me levantaba, pues, de mala hostia y ya no se me pasaba en todo el día; o sea, en toda la noche. Empezaba a estar harto de todo aquello.

      —¿El fin de semana? No sé— le contesté.

      No me hacía ninguna gracia pero ¿qué podía decir? Me tenían cogido de los huevos, con contratos de un mes y estando las cosas tan chungas en casa.

      —Da igual, tienes que venir.

      Jódete.

      Por lo menos los fines de semana eran tranquilos. Sólo había que alimentar el horno con unos mínimos para que se mantuviera encendido.

      —Estarás con Mamadú.

       Mamadú era un africano que apenas sabía decir cuatro cosas en castellano —y que eran polla, joder, hostia y mierda— y yo… lo mismo.

      Así que allá estábamos los dos, sentados junto a la boca del horno, esperando  la siguiente vagoneta para descargarla, matando el tiempo oyendo música y fumando canutos

      —¿Qué es sudar como cerdo?— preguntó Mamadú.

      Joder , tenía razón. ¿Los cerdos sudaban? No. Al menos los encargados, no.

      —Yo que sé. No me apetece pensar. Mierda, ahora tendría que estar por ahí, por los bares, con un pedo del copón.

      Mamadú se levantó y al cabo de un par de minutos volvió con una botella de güisqui.

      —¿De dónde has sacado eso?

      —Martínez— dijo señalando hacia la mesa del encargado. O sea que además de un hijoputa mi encargado era un borracho de mierda. Yo también era un borracho, aunque todavía no un borracho de mierda, como mi viejo,   pero después del comentario que había hecho  y de la molestia que se había tomado Mamadú  tuve que atizarle un buen lingotazo al güisqui. Él también lo hizo.

      La siguiente vagoneta salió unos minutos más tarde. Cuando me levanté noté las piernas flojas y la cabeza ligera y vacía como un globo. La primera cafetera que cogí se me fue al suelo. Mamadú se rió y a mí me gustó su risa cantarina, sus dientes amarillos y cariados como el teclado de un piano viejo.

      —Bah, hay muchas— dije, y tiré otra cafetera.

      Mamadú volvió a reírse, y él también hizo añicos contra el suelo la pila de platos que había amontonado.

      Aquella vagoneta tardamos en descargarla la mitad de tiempo.

      Después volvimos a sentarnos, a oír música, fumar canutos  y privar güisqui.

      —Joder, lo malo es que ahora tendremos que  barrer toda esa mierda— dije.

      Faltaba todavía un rato para que asomara otra vagoneta pero nos quedamos allá, mirando los trozos de porcelana desparramados a nuestro alrededor. La porcelana era muy bonita, pero también muy frágil y si las hacías pedazos ya no resultaba tan bonita ni valía para nada. Sólo para tirarla a la basura. O para cortarte con ella.

      —Una otra— señaló un buen rato después Mamadú la boca del horno.

      Cuando las vagonetas salían teníamos que colocar al final de la vía un transbordador para pasarlas a otra vía, donde las cargábamos con género sin cocer. Si aquel transbordador no estaba en su sitio la vagoneta descarrilaba.

      —Que se jodan— dije.

      No me apetecía nada levantarme. Mamadú me miró sorprendido. Las teclas de su viejo piano escupieron un tímido y nervioso trino. Pensaba que estaba de coña.

      —Ahora tendría que estar por ahí, levantándome alguna pitiki— dije, por si acaso era capaz de solucionar eso también, pero  Mamadú tampoco se levantó.Me gustaba, el tío. Tenía dignidad. No estaba dispuesto a hacer el trabajo de los dos.

      La vagoneta llegó al final de la vía, se frenó apenas un momento cuando las ruedas delanteras salieron de los raíles, pero después tomó impulso y, a toda hostia, fue a estrellarse contra una pared. Hubo un estruendo terrible, como si estuvieras poseído por un monstruo peludo y te soltara un eructo hipohuracanado dentro del cuerpo. Luego se levantó una  gran nube de polvo y sólo un par de minutos más tarde, cuando se extinguió, pudimos ver el montón de escombros, cascotes de porcelana, ruedas desvencijadas…

      —Yo no barrer eso— dijo Mamadú.

      —Me la suda. Yo tampoco.

      Tenía la garganta acartonada y la estropajeé un poco con priva. La botella había pegado ya un buen bajón. Se la pasé a Mamadú. Sí, él era un tío legal, no un lameculos, como la mayoría de mis compañeros. Mamadú bebió, se le fue por el canal plus y escupió un borbotón de güisqui. Después se echó a reír, de nuevo alegremente.

      Estuvimos así, oyendo música, fumando canutos, privando y descojonándonos hasta que se acabó la botella. De vez en cuando se caía otra vagoneta y Mamadú y yo nos meábamos de risa.

      —Voy al baño— dije, en una de ésas.

      Cuando me levanté fue como si el globo de mi cabeza se desprendiera de mi cuerpo y subiera hacia arriba, hacia el techo. No estaba por ahí, en los bares, ni con ninguna pitiki, pero al menos llevaba ese pedo del copón.

      Volví con Mamadú y me lo encontré meando dentro de la botella de güisqui. Todo el mundo hablaba sobre su polla pero a mí no me pareció distinta a la mayoría de las pollas.

      —¿Qué haces?.

      —Martínez— dijo, y cuando acabó le colocó el tapón a la botella y la llevó a la mesa del encargado. Lo vi volver tambaleándose y riendo como un loco. Se tiró al suelo y comenzó a rascarse la tripa, intentando aliviar las cosquillas de su monstruo peludo. Me tumbé a su lado y yo también comencé a reírme. Después, poco a poco, las carcajadas se fueron extinguiendo, y ya sólo se oían más vagonetas estrellándose contra la pared, y ahora también  alarmas, y se veían los parpadeos de sirenas azules, rojas, verdes, de todos los colores y finalmente de ninguno.

      Cerré los ojos y me pregunté que pensarían a la mañana siguiente mis compañeros, y Martínez, y López, el director.  No me importaba. Supongo que  tampoco a nadie le importaba que yo tuviera veinte años y estuviera un sábado por la noche en aquella mierda de fábrica, por ochenta talegos al mes, ni que Mamadú hubiese venido desde tan lejos para que todo el mundo hiciera bromas sobre su polla, ni que dentro de unos años todos termináramos convertidos  en unos borrachos de mierda, como mi viejo, hechos añicos y en el cubo de la basura. Sí, me daba igual, yo prefería hacerles sangrar, que se cortaran con mis pedazos.

      Antes de quedarme sobado se escuchó una explosión y después el horno dejó de emitir su monótono zumbido.

      —Que se jodan— oí decir entonces a Mamadú. Y muy bien dicho, por cierto.