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Madre, tu felicidad, la mía…

Cada vez que se acerca el 27 de Mayo un inusitado movimiento se percibe en la sociedad boliviana con miras al Día de la Madre para agasajar a ese maravilloso ser creador de vida, un justo homenaje que debería darse durante todo el año aunque no siempre sucede así ¿no es verdad?

Unos más -otros menos- casi todos nos preocupamos por atender a nuestras mamás en ese día especial -algunos con un regalo, otros con una torta, una comida o una infrecuente reunión familiar- porque así hemos sido entrenados para hacerlo “ese día”, sin embargo…¿será uno solo suficiente para ellas?

¡Cuántas veces andamos tan ensimismados en nuestros quehaceres, que descuidamos el ocuparnos de nuestras mamás como seguramente ellas esperan! Y cuántas otras, demasiado cansados también, sumergidos en nuestras cotidianas faenas, ignorándolas como si no existieran, sin saber que nosotros, sus hijos queridos, desde que fuimos concebidos en su vientre estamos en su pensamiento, en su mente y corazón ¡conectados por un indestructible cordón umbilical de amor maternal por siempre!

Dadora de vida a costa de su propia vida; dispuesta al sacrificio por sus retoños; toda ternura, de pensamientos puros y diáfanas acciones; feliz en su abnegada entrega desde la concepción de sus críos; resignada en su paciencia, sin rendirse al cansancio; entregada al servicio, sin queja; alentada por su sueño de ver a sus hijos encaminados; inculcadora de valores y ejemplo de vida, así es la madre mía…

Valorando todo esto, más de una vez me pregunté ¿cómo pagar el alto precio que entraña ser una madre? Un regalo material, resulta limitado. Un homenaje circunstancial, no pasa de ser fugaz. Solamente cuando llegué a ser padre entendí que hay algo que sí puede llenar de dicha y de gozo el corazón de nuestras madres para siempre: nuestra realización personal.

Cómo serán importantes nuestros progenitores, que hasta el mismísimo Dios se dio tiempo para ocuparse de ellos recomendándonos: “Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa; para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra”. Ignorantes de aquello o -peor aún- pasando por alto tan increíble promesa divina de longevidad y de éxito en esta vida, muchas veces deshonramos a nuestras madres sin acordamos de ellas, salvo en “su” día.

Si aún estamos a tiempo, propongámonos a partir de hoy ser diferentes, antes de que nos quede solamente su recuerdo y sea demasiado tarde: Honremos a nuestras madres y que nuestra felicidad sea la de ellas…

Economista y Magíster en Comercio Internacional

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