La defensoría incomprendida y la reflexión necesaria

0
512

El periodista y escritor español Juan Cruz, de amplia trayectoria en el diario El País de España, donde integró el equipo fundador, me pregunta rápidamente cómo me va en la Defensoría del Lector. Acabamos de escucharlo y aplaudirlo en una conferencia en Arequipa en la que compartió anécdotas y reflexiones sobre el oficio del periodismo.

Le digo que disfruto el contacto con los lectores del impreso y la plataforma digital, aunque los mensajes muchas veces no sean amables, sobre todo cuando me piden hacer lo que no me compete, y que, aunque no siempre, he percibido recelo o alguna tensión con miembros de la redacción cuando pregunto mucho por una información publicada de una manera que considero que pudo trabajarse mejor o estuvo mal y se debe corregir. Le digo también que parece una posición incomprendida y que quizás sea porque tiene menos de tres años y en otros medios no existe.

No lo creas, me contesta. Lo mismo ocurre hasta ahora en la redacción de El País. Siempre habrá alguna tensión con quien sea defensor, acota. Y eso que ahí se estableció en 1985, un gesto pionero entre grandes medios contemporáneos.

Aquí, solo Perú21 tiene defensoría del lector, definida como un espacio que atiende a las audiencias frente a los contenidos informativos elaborados por quienes hacen las coberturas y ofrecen la información noticiosa, de modo que esta sea resultado de rigurosidad, verificación de datos, cruce con varias fuentes, es decir, normas básicas de prensa en el mundo, pero que, para mayor claridad y énfasis, se recogen en el Decálogo de la Redacción de Perú21 y los Principios Rectores.

La Defensoría del Lector de Perú21 fue abierta precisamente en la gestión del director periodístico Juan José Garrido, quien está por dejar el cargo. Tenemos, en varios casos, percepciones distintas de la noticia, siendo que él es bastante cauteloso y preocupado con las consecuencias de un titular o una portada, sea respecto de una persona o del país. Él señala que el cumplimiento estricto de Decálogo y Principios llevó a reducir a cero el récord de querellas o reclamos notariales por información publicada. A Juan José le agradezco la autonomía y el respeto concedido a mi tarea, la misma que me permitió volver a relacionarme con el diario, pero ahora desde otra perspectiva y con distancia.

En tiempos oscuros para la prensa, de aliento al insulto y la burla, de culto a lo inmediato sin verificación, de mentiras que se esparcen como verdades y de opiniones confundidas con información (Juan Cruz revisa el panorama en su libro Un golpe de vida, recomiendo que lo lea), la pausa y la reflexión entre periodistas son más urgentes que nunca.

P.D. En la columna anterior, refiriéndome al trabajo de la periodista mexicana Lydia Cacho, hablé de prostitución infantil, cuando lo correcto es explotación sexual de la infancia.