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“Hater”: salvaje y mugroso

Márcia Batista Ramos

Como hay de todo en la viña del Señor, en recientes días un cuento mío causó cierta controversia. Algún seguidor asiduo de mis escritos, al carecer de argumentación intelectual, raciocinio lógico y discernimiento de la diferencia entre la realidad expresada en un cuento y la opinión y realidad del autor. Lanzó algunos improperios contra mi persona, tal vez, porque él se imagina que la literatura solo existe si, se trata de un relato personal, de vivencias y experiencias personales, y, por ende, todas las opiniones expresadas por los personajes deben ser la opinión personal del autor.

Como si de un Torquemada se tratara, intolerante, inflexible y despiadado, haciéndose dueño de la única opinión válida, incapaz de hacer una crítica literaria, con el resentimiento corriendo por sus venas y el sentimiento de inferioridad brotando desde su médula…  Lejos, de generar un debate sano y cordial, el odiador dijo cuatro improperios contra mi persona y punto.

Me sorprendió la falta de cultura literaria, la falta de educación y clase del sujeto que, pretende ser letrado, pero, al no gustar de la trama del cuento y, al no tener conocimiento intelectual suficiente para expresar con educación y altura su desacuerdo con lo escrito en el cuento, inmediatamente, me atacó personalmente.

Me recordó Baltasar Gracián que muy bien apuntaba con su célebre frase, “Quien critica, se confiesa”. Recordando que se debe hacer autoanálisis, cuando uno se irrita con la actitud del otro, especialmente, si el otro es ajeno a la existencia de uno.

De cualquier forma, lo que mueve a un “hater” es la envidia y la búsqueda de notoriedad sumada a su incapacidad e incompetencia intelectual.

Es de conocimiento público que el creciente fenómeno de los “haters” u odiadores en internet, está íntimamente, relacionado con la profunda insatisfacción personal de los sujetos que invierten su energía en menospreciar a otras personas. Como si se tratara de la palmatoria del mundo, el odiador considera que la persona a la que ataca tiene una fama o prestigio que no merece, atributos que él carece. Normalmente, son individuos oriundos de familias disgregadas, que sufrieron alguna especie de abandono en la niñez o adolescencia, además, sufren muchas carencias y ante la incapacidad de conquistar su propia superación personal, salen a la palestra de forma arrogante y agresiva, utilizando un vocabulario bajo (tal vez, propio de su origen) para tratar de descalificar a otras personas.

Es menester reconocer, que todos los “haters”, por sus sentimientos de inferioridad, suelen elegir a personajes o temas de actualidad, que sean susceptibles de atraer la atención del público, para llamar la atención sobre sí mismos, porque de lo contrario, muy eventualmente lograrían que alguien note su presencia. Motivo por el cual, expresan opiniones negativas, y de la manera más mordaz posible. Haciendo comentarios cínicos o crueles. Intentando ser ingeniosos con opiniones que creen que es definitiva, lo que revela que además de desacreditar, quieren obtener relevancia con el fruto de sus provocaciones.

Lo peor es que, la indignación que lleva al ataque es más fuerte cuando quien lanza las piedras practica el mismo arte, pero, por no obtener reconocimiento, sale a la palestra con falacias.

Muchos psicólogos afirman que, el éxito, la felicidad y la capacidad, son una especie de imán para los “haters”, lo que, a mí, en particular, me asombra.

Lejos en el tiempo y distante del sol del altiplano que, calcina algunas mentes, se encontraban Góngora y Quevedo, odiadores de la Edad de Oro de las letras españolas, que dejaron registro, de que el odio también, contaminaba a dos figuras de tanto calado. Como consecuencia, ellos se atacaban fieramente. Góngora acusaba a Quevedo de ser un pésimo traductor de las obras griegas, y como si fuera poco, se burlaba de su cojera.  Quevedo por su parte, tachaba a Góngora de ser ludópata y de ser mal sacerdote, además de burlarse de su origen judío.

Es gracioso, desde mi mirada, ver que el abigarramiento mental, al momento de expresar una opinión contraria a la de un personaje, hace con que el “hater” u odiador, se porte como un troglodita salvaje y mugroso, incapaz de razonar y hablar, entonces, con un mazo trata de resolver las diferencias a porrazos. No me enfada, por el contrario, me entristece, ver a individuos tan obtusos en pleno siglo XXI, desconocedores de la dialéctica y que su única forma de planteamiento contrario es el ataque personal.

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