Algunas notas desde México

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Quizás se me acuse de apática, indolente o hasta indiferente pero últimamente me siento bastante cansada de la época, el lugar y el contexto en el que me desenvuelvo, en poesía podría resumirlo, con palabras de Eduardo Lizalde, “hoy me produce vómitos pertenecer a este planeta”.

Vivir en México ciertamente no resulta nada sencillo y, lo admito, tengo una vida bastante cómoda en una colonia “segura”, veo a mi familia durante el día, no tengo que viajar en transporte público diariamente y mi vida se limita a unos cuantos kilómetros alrededor de mi casa. Eso es algo de lo que no gozan millones de habitantes en la ciudad.

En palabras más claras, vivo en una burbuja dentro de una de las urbes más conflictivas del mundo. Una ciudad que va de lo sumamente exquisito hasta niveles inhumanos de pobreza, miseria y marginación. Ahora mismo hay una exposición de Jeff Koons (el artista vivo más cotizado del mundo) y unos kilómetros más allá acaban (antes de ayer) de encontrar el cuerpo sin vida de una mujer que se dedicaba al negocio inmobiliario.

Sí. La ciudad de México es una ciudad de contrastes. Mujeres que son capaces de comprarse un bolso de dos mil o tres mil dólares y mujeres que son violadas en pleno transporte público, todo sucede en el mismo tiempo y espacio. 

Hace once años que vivo en esta ciudad y nunca me he acostumbrado del todo pero ahora me siento más lejos del lugar donde me gustaría estar. En esta colonia (burbuja) tengo lidiar a diario con las “nuevas doctrinas” incuestionables que trae la posmodernidad. Es decir, con las mujeres “salvadoras del planeta” que no utilizan jamás una bolsa de plástico, que llevan su taza para dejar de contaminar mientras piden su carísimo café en una transnacional, ver cómo un hombre golpea a otro porque éste llamó la atención a su perro (es intolerable el maltrato animal).

Como verán, vivo alrededor de salvadores del planeta que tienen como gurús actuales, por ejemplo, a Greta Thunberg, la jovencita sueca que falta una vez a la semana a clases para plantarse y pedir medidas que ayuden a no acabar con nuestro mundo.  ¡Aplausos de pie para la joven revolucionaria! dirán en la Condesa, mientras toman un agua orgánica sin popote porque, como dicen, cada medida cuenta.

Y hablando de revolucionarias, las mujeres del pañuelo verde, ¡cuidado y no seas una de ellas! La idea es aplaudir el aborto y eliminar el machismo en cualquier esfera. Unidas en nuestra sororidad las mujeres debemos exterminar cualquier tipo de violencia contra nosotras. Con ese objetivo las editoriales (también transnacionales) se hacen millonarias vendiéndonos libros de “Mujeres admirables, no princesas, revolucionarias modernas que no necesitan del hombre”.

¿Y las redes sociales? ¡claro que deben estar presentes en la vida de estos nuevos revolucionarios! Es momento de compartir “información útil” y planear boicots contra las empresas explotadoras, al grito de “no compremos ni una ropa más en Zara porque explotan a sus trabajadores en fábricas clandestinas” o “es momento de reciclar y utilizar únicamente bolsas de tela hermosamente bordadas por nuestras manos o (mejor aún), alguna fábrica ha contratado mujeres indígenas que cosen “increíble” y así les damos trabajo a las indias y cuidamos el planeta”.

No quiero que se entienda este escrito como una apatía en contra de toda forma nueva de intentar hacer un mundo mejor, sino que simplemente creo que ninguno de esos movimientos o esas pequeñas acciones lograrán cambios reales, ¿por qué? Pues por la sencilla razón de que mientras hablamos acaloradamente acerca de reducir la contaminación utilizamos ropas, bolsos millonarios que, a lo mucho, nos pondremos unas cinco o seis veces; la industria de la moda es una de las que más contamina. Porque mientras bebemos nuestro café orgánico traído de Chiapas, miles de hombres y mujeres siguen siendo explotados con sueldos bajísimos. Porque mientras más hablamos de sororidad y afecto entre mujeres, más nos juzgamos y nos criticamos. Porque el machismo empieza en casa y porque al machito, muchas veces, lo cría su madre. Porque creo que el aborto debe ser legal pero jamás podría festejarlo como “el gran logro de la mujer”. Porque vemos que el cambio de gobierno es simplemente el cambio de nuevos actores en un país por demás corrupto y violento.

Lo que trae esta época son discursos, cientos de discursos, contra la crueldad animal, contra la violencia femenina, contra el cambio climático, etc. Pero, lastimosamente, todo se queda en discursos huecos que están siendo (creo yo) manipulados, como siempre, por grupos de poder que de alguna forma sacarán beneficios para ellos.  Compartir esos discursos sin un verdadero análisis y simplemente como moda nos condenará, inevitablemente, a una catástrofe mayor. Debemos tener un momento para reflexionar, para desmenuzar aquello que dicen las feministas, los amantes de lo orgánico, los intelectuales. Solo un profundo análisis de reflexión podría cambiar las cosas pero, debemos reconocerlo, estamos en una sociedad que se limita a compartir noticias, eventos, estudios, libros de autoayuda, etc.

A lo mejor este cansancio me hace caer en el error de creer que todo tiempo pasado fue mejor. Como el poema de Eduardo Lizalde pienso que este hastío es solo por hoy, solo por esta vez. Así que no se me tome por contrarrevolucionaria.