Andrés Canedo / Bolivia.
Desde niño amó a los griegos y soñó en ser como ellos, aunque sabía que era un ser vulgar de un país común. Y claro, leyó La Ilíada y La Odisea, primero en versiones livianas, para niños; luego, en las páginas duras de los libros verdaderos. Había agotado la historia, para aprender sobre el Partenón, Delfos, y la patria de los sueños. Al empezar la adolescencia, cultivó su cuerpo para embellecerlo, en los rudos ejercicios que resaltaron sus músculos. Las muchachas que conquistó eran bellas como Elena, sabias como Atenea, dulces como las ninfas. Cuando una de ellas murió, descendió al inframundo para buscarla, y también, impulsado por su amor, giró un instante para verla, y ella se perdió para siempre en la noche oscura de su inconciencia. Alguna vez hizo el amor en el pleno delirio, pensándose como Endimión en Latmos y sintió que lo acariciaba la luna. Practicó doce o más trabajos como Hércules, en los desafíos de la escuela, en las labores a las que la vida le obligó. Viajó y luchó en el retorno en busca de su pobre y poco deseable Ítaca, pero que era, a pesar de su universalidad conquistada, donde encontraba las raíces de su identidad. Entre luchas, glorias y fracasos, alcanzó la edad dorada y quiso ser Platón o Aristóteles, o tal vez, porque ya no tenía el mismo vigor de los años antecedentes, se conformó con ser Zenón sentado al sol que le calentaba el cuerpo, o Diógenes, que recorría con alegría los mercados viendo cuántas cosas allí había que él no necesitaba. Entonces, ya gastado por el tiempo y las labores, sólo quería soñar con los breves e inútiles triunfos humanos: una batalla de ingenio, la inocente admiración de un niño, una mujer joven que arrimaba su cuerpo de fuego para brindarle calor a su cuerpo decadente. Una noche, caminando por un pedazo de infinito, pisó una rama que le golpeó el tobillo y le cortó el tendón posterior del pie. Entonces decidió morir, aunque estaba seguro de que él nunca se había llamado Aquiles.