Lo conocí hace años atrás, desde un principio me pareció una persona diferente y el tiempo lo confirmó. A lo largo de mis casi cuarenta años de trabajo en el campo del comercio exterior, era casi inevitable que tuviera que trabajar con él, como Gerente General del Instituto Boliviano de Comercio Exterior (IBCE), y, él, como un joven periodista que desde muy temprano empezó a destacar por su capacidad, valentía y compromiso en la tarea de informar, comunicar y orientar.
De él puedo decir muchas cosas, pero ninguna negativa, todo lo contrario, porque desde un principio valoré su humildad que no cambió según iban transcurriendo los años y él ganaba una gran experiencia afianzándose en el ejercicio de su profesión, marcando un estilo particular que siempre lo distinguía.
Tenía muchos sueños y brilló con luz propia mostrando determinación y coraje al realizar intrincados reportajes sin importar el riesgo para su integridad física.
Estoy agradecido a Dios por haber sido entrevistado muchísimas veces por este joven Comunicador con el cual compartimos preocupaciones y esperanzas, mucho más allá de la cotidianidad del trabajo, llegando a aprender de él, que el tener una sonrisa amplia, franca y mostrarse con una actitud positiva y empática, como a él se lo veía, no siempre significa que las cosas van totalmente bien.
Nunca mezcló cuestiones personales con la delicada función que le cupo desempeñar durante más de 20 años, siendo alegre, jovial, dicharachero, agradable y de buen trato humano, aunque “la procesión iba por dentro”.
Cultivamos una sincera amistad, oré por él a su expreso pedido durante muchos años, con las ganas de ayudar a su total realización, no solo profesional, sino en lo personal, sabiendo el sufrimiento que cargaba. Cada vez que nos encontrábamos le recordaba que estaba en mi intercesión diaria y más de una vez me dijo que él hacía lo mismo por mí, porque habíamos acordado poner todo en las manos de Dios para que Él se haga cargo de nuestros problemas y necesidades.
Las anécdotas no estaban ausentes entre nosotros, pero la más repetitiva fue aquella que cada vez que me entrevistaba y yo solía mostrarme “larguero” o quería esquivar la profundidad de su pregunta, muy diplomáticamente me recordaba lo que un catedrático suyo le había enseñado, que el éxito de un buen Comunicador no estaba en lo extenso del mensaje, sino en su precisión, y me repetía la “cuña” ejemplificadora de cómo ser contundente para informar algo sin vueltas: “Chocó, volcó, murió, así, querido Lic.”, me decía, y se mataba de risa.
Pero, esta hermosa historia en construcción se interrumpió de forma inesperada. Al enterarme de su lamentable deceso, no lo podía creer, no solo porque unas horas antes estaba chateando con él, sino, porque, con apenas 48 años de edad tenía toda una vida por delante. Destaco que muchos colegas de la prensa de inmediato mostraron públicamente su desconcierto y dolor, ya que él se había ganado su respeto, cariño y admiración, por la buena persona que era.
Recuerdo haber leído que alguien escribió: “¿Por qué se mueren los buenos?” Comenté el tema con mi esposa Jannet y coincidimos que su partida fue por voluntad divina, ya que venimos a este mundo sin haberlo pedido y partimos de él sin querer irnos, por designio del Creador, pues Él sabe lo que más conviene, de ahí que, fue el Señor quien se llevó a este joven, a fin de que no sufra más.
Cuando una persona deja este mundo es inevitable que nos golpee su ausencia, muy especialmente si quien se va es alguien que ha sido muy querido. El 22 de julio de 2026 se apagó la voz del gran periodista y amigo, Yerko Guevara.
¡Nada hay más terrible y desgarrador que el silencio de una persona que ya no está con nosotros para darnos un abrazo, regalarnos una sonrisa, arroparnos con una expresión de amor o, simplemente, alegrarnos con su compañía!
La pérdida de un ser querido nos sobrecoge, porque, pese a saber que pasó a una mejor vida, lloramos por nosotros, porque sabemos que ya no podremos estar más tiempo juntos para compartir y decirle cosas tan simples como, “gracias”, “perdón”, “te amo”, “te necesito”, “eres importante para mí”.
Para reflexionar: El sabio Salomón acuñó una frase demoledora que suelo recordar en los velorios, dijo que «mejor es ir a la casa del luto que a la casa del banquete», en otras palabras, que mejor es ir a un velorio que a una fiesta porque en el primer caso el solo hecho de ir por nuestra propia voluntad a despedir a alguien que ha partido, da cuenta que todavía estamos vivos y el dolor del momento nos hace pensar que, cada día que pasa, se acerca inexorable el día de dejar este mundo, y entonces tenemos una nueva oportunidad -quien sabe si la última- de valorar la vida, de hacer la paz con nuestro prójimo y ponernos a cuenta con Dios para ir al Cielo por la eternidad, por medio de Jesucristo, o condenarnos a perpetuidad sin Él, algo sobre lo cual no se piensa en una fiesta donde todo es alegría y superficialidad, como si la vida nunca fuera a acabar…
Gary Antonio Rodríguez Álvarez es Economista y Magíster en Comercio Internacional