Hace poco, Roberto, uno de mis estudiantes de Planificación, resumió el problema con una sola frase: “al presidente Rodrigo Paz Pereira no le cree ni su Ministro de Economía”. No demuestra una intención; señala una contradicción visible. Este artículo habla de un Gobierno que anuncia reiteradamente la normalización de la provisión de gasolina y de un ministro que, mientras esas promesas se suceden, compra un automóvil que no la necesita.
El 15 de febrero, el ministro de Economía, José Gabriel Espinoza, aseguró que el abastecimiento recuperaría la normalidad “hasta mañana o, como máximo, esta noche”. Esa normalidad, sin embargo, no fue definitiva. El 23 de junio, el presidente Rodrigo Paz dijo que el suministro se regularizaría hasta el fin de semana. Un día después afirmó que el combustible estaba “más que garantizado”. El 8 de julio, YPFB pidió tres semanas más.Entre una promesa y la siguiente quedaron las filas. En medio de esos anuncios, Espinoza compró un Audi Q4 e-tron, un automóvil eléctrico. Él mismo reconoció públicamente la adquisición; su existencia no es una conjetura.
Comprar un eléctrico es una decisión personal legítima. El problema no es el automóvil, sino lo que comunica cuando quien lo elige forma parte del Gobierno que pide confiar en que la gasolina llegará mañana, el fin de semana o dentro de tres semanas.
Espinoza no ha dicho que desconfíe de Paz ni que compró el vehículo porque no cree en la normalización. No corresponde atribuirle esas palabras. Pero la comunicación política no está formada únicamente por palabras: las decisiones y las conductas también producen significado.
El Gobierno promete resolver para todos el abastecimiento de gasolina, mientras su Ministro de Economía aparenta resolver privadamente su propia exposición a la escasez mediante la compra de un automóvil eléctrico. No conocemos su intención; conocemos el mensaje que produce su conducta: “Ustedes esperen la gasolina; yo procuraré no necesitarla”.
La credibilidad de una autoridad no depende solamente de que sus declaraciones sean técnicamente correctas. También depende de la correspondencia perceptible entre lo que anuncia, lo que pide soportar a la población y la conducta que adopta. Esa correspondencia construye su ethos: la imagen de coherencia y confianza que proyecta.
Una autoridad puede ofrecer cifras, plazos y explicaciones, pero si su comportamiento parece contradecir sus palabras, el discurso pierde fuerza. El privilegio no reside únicamente en la marca del automóvil. El verdadero privilegio consiste en poder salir de la fila.
La cuestión no es por qué Espinoza compró un eléctrico. Puede tener diversas razones y no necesitamos especular. La pregunta es qué significa políticamente esa decisión dentro de un Gobierno que convirtió la normalización del combustible en una promesa reiterada. No es una prueba de lo que el ministro piensa; es una lectura de lo que su conducta comunica. Paz puede seguir asegurando que la gasolina está garantizada, pero cada plazo incumplido reduce el valor del siguiente. Cuando su ministro compra un vehículo que prescinde de la gasolina prometida, la escena adquiere una fuerza que ninguna conferencia de prensa puede neutralizar.
La población dejó de creer porque esperó demasiado frente a los surtidores. Roberto lo dijo con la claridad que a veces alcanza una frase nacida fuera de los discursos oficiales: “al presidente Rodrigo Paz Pereira no le cree ni su Ministro de Economía”.