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Narrar para seguir siendo humanos: la literatura en la Era del Wetware

La literatura como trinchera de la incertidumbre

Márcia Batista Ramos

“Sapere aude: atrévete a pensar.”
Immanuel Kant

La literatura nació mucho antes de la imprenta, mucho antes de la modernidad y mucho antes de la idea de un sujeto autónomo. Surgió en la voz, en la memoria y en la necesidad de transmitir experiencia. Durante siglos, las historias fueron el modo en que los seres humanos organizaron el tiempo, comprendieron el sufrimiento y otorgaron sentido a la incertidumbre. En ese gesto, narrar no fue solo un acto estético. Fue una forma de supervivencia.

Hoy asistimos a una transformación que afecta ese núcleo. La Era del Wetware no solo modifica la tecnología: interviene la arquitectura misma de la conciencia. Interfaces neuronales, inteligencia artificial integrada al cuerpo humano y sistemas capaces de modular la atención y la memoria anuncian un horizonte en el que la mente deja de ser un territorio exclusivamente humano. En este contexto, la pregunta por la literatura adquiere una urgencia inédita: ¿qué significa narrar cuando la experiencia puede ser programada?

La novela moderna nació como exploración de la interioridad. Desde el monólogo interior hasta las formas fragmentarias del siglo XX, la literatura se convirtió en un laboratorio de la conciencia. Permitió acceder a zonas que ni la filosofía ni la ciencia podían describir con precisión: la ambigüedad, la contradicción, la duda. Si la interioridad se vuelve programable, la ficción dejará de ser solo representación: podría convertirse en resistencia.

Uno de los riesgos de la Era del Wetware es la estandarización del conocimiento y de las experiencias mediante sistemas capaces de optimizar decisiones y prever comportamientos. Esta lógica tiende a reducir la incertidumbre, sin considerar que la literatura se alimenta de lo imprevisible y que su fuerza reside en lo que no puede ser calculado. En un mundo orientado hacia la eficiencia, la narración preserva la complejidad.

En esta nueva Era, el papel del escritor será redefinido. Ya no será únicamente quien inventa historias, sino quien defiende la opacidad de la experiencia. Frente a modelos cognitivos que buscan claridad, velocidad, precisión y coherencia, la literatura insistirá en la lentitud, la ambigüedad y la interrupción. No ofrecerá respuestas, sino preguntas que resistan la simplificación.

En esa disputa, la memoria ocupa un lugar central. Si las tecnologías emergentes prometen modificar o aliviar el dolor mediante la intervención directa sobre el recuerdo, la literatura se convierte en archivo de la insubordinación. Porque no solo conserva acontecimientos, sino también formas de sentirlos. En sociedades atravesadas por violencia, desigualdad y trauma, esta función adquiere una dimensión política. Recordar no es repetir el pasado: es impedir su desaparición.

En América Latina, esta cuestión posee una intensidad particular. La región ha construido gran parte de su identidad a partir de la memoria oral, del testimonio y de las narrativas de resistencia. En contextos donde la historia oficial ha sido fragmentaria o excluyente, la literatura operó como espacio de reconstrucción simbólica. La Era del Wetware introduce un nuevo desafío: no solo el control de la información, sino el de la experiencia misma.

La relación entre lenguaje y poder también se transformará. Si la intervención cognitiva puede modular percepciones, el lenguaje literario se vuelve un territorio donde el sentido permanece inestable. La metáfora, la ironía, el silencio y la multiplicidad de voces impiden la clausura del significado. En este sentido, la literatura no es un refugio nostálgico: es un campo de experimentación.

El desafío no consiste en oponer literatura y tecnología, sino en comprender su tensión. La imaginación ha sido siempre una forma de anticipación. Muchas de las preguntas que hoy plantea la neurociencia y la inteligencia artificial fueron exploradas, con anterioridad, por la ficción.

Tal vez, en la Era del Wetware, el acto de narrar recupere su dimensión más radical. No como entretenimiento ni como mercado, sino como gesto de libertad. Narrar será insistir en la singularidad cuando el mundo tienda a la uniformidad. Será afirmar la incertidumbre frente a la previsibilidad.

Cuando la conciencia se vuelve programable, la ficción es la anomalía que preserva nuestra singularidad.

Cuando la mente puede ser intervenida, la imaginación seguirá siendo un territorio en disputa.

La pregunta decisiva ya no será qué tecnologías transformarán al ser humano, sino qué relatos permitirán que el ser humano siga reconociéndose.

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