Christian Jiménez Kanahuaty
Hemos pasado demasiado tiempo viviendo en el interior de una realidad que no es nuestra. Hemos pasado demasiado tiempo ansiando ser un país que no seremos. Hemos pasado demasiado tiempo imitando a los demás. Hemos pasado demasiado tiempo incluyendo instituciones de otras fronteras para adaptarlas a este territorio. Hemos pasado demasiado tiempo mirando sin y sobre todo, hemos pasado demasiado tiempo, pensando que sólo hay una forma de establecer los límites y alcances del Estado.
Pero ese tiempo debe terminar. Ese tiempo de las grandes ilusiones debe dar paso al tiempo de las grandes esperanzas. Un tiempo abierto por completo a la imaginación política, donde cultural, sociedad y economía no se vean como palabras, sino como herramientas de transformación social y estatal.
Porque así como hemos llegado como sociedad a este punto de no retorno, donde “Bolivia se nos muere” regresa como frase para recordarnos que en apariencia siempre hemos vivido al borde del abismo, también es cierto que aquel, nunca es el final. Porque el abismo no está hecho para que lo habitemos, sino para encontrar en él, todo lo que no deseamos ser como sociedad y país.
Las contradicciones no son recientes ni inmediatas. Tienen su fondo históricos y han sido construidas tanto desde el poder político afincado en la estructura gubernamental, como en la sociedad y sus iniquidades. Pero la sociedad no es mala ni buena por naturaleza. Tampoco porque porte en su interior la entraña de la autodestrucción. Lo es porque su desarrollo no corresponde con el desarrollo del propio estado y sus facetas. Sean estas culturales (la fiesta, el arte, la arquitectura, los museos y el patrimonio) o simbólica (canciones, deseos, colores, representaciones geográficas, imaginarios, narrativas) o políticas (modos de organizar la vida social, comunitaria, colectiva y cooperativa) o en definitiva, social (familia, colegio, iglesia, universidad, trabajo, centro deportivo, club social, empresarial o de asistencia), sobre todo porque el Estado es una construcción que también se modifica en el tiempo, pero que hasta el mometno ha sido limitada por su propia trampa institucional.
La trampa institucional es un arreglo normativo que asegura la legalidad y la concreción de derechos y la cristalización del futuro a través de la preservación de los bienes comunes (ríos, manantiales, montañas, cerros, montes, llanos, selva, flora y fauna), y esa relación ha dado origen a una serie de mal entendidos sobre lo que necesitamos que sea un Estado.
Un estado es verdad que debe ser un garante de los derechos sociales, políticos, culturales y económicos de la población. También es cierto que tiene una relación estrecha con la soberanía como concepto que marca fronteras externas e internas y para delimitar la seguridad frente a otros países y la seguridad interna. Pero también el Estado es la representación simbólica de una casta, de la clase, de un estamento social y político que se hizo históricamente con el poder para desde el Estado ejercer distintos tipos de dominación que se tradujeron en modelos económicos y en planes de desarrollo y en formas políticas de inclusión, representación y participación política.
Por lo que, es normal que el Estado se agote en sus alcances y visualice con mayor fuerza sus limitaciones. Porque la sociedad, los derechos y las oportunidades que desea la población para mejorar su vida cotidiana cambian con el tiempo. No sólo por la influencia de los medios de comunicación o el avance de la tecnología, sino porque lo normal en el ser humano es desear. Imaginar y superarse a sí mismo. Pero el Estado queda atrás, como si el Estado (como si fuese un personaje de una novela) no pudiese ver todo lo que puede llegar a ser y su única limitación es el miedo a ser algo mejor de lo que fue ayer.
El Estado no es una fabulación, ni un producto de la imaginación, por más que se afirme en ocasiones que el Estado no existe y se manifieste sólo cuando las instituciones por medido de impuestos o leyes llegan a las personas. Pero el Estado no se cristaliza únicamente mediante sus instituciones. Lo hace también a través de la cultura y de la política. Y política no es una “mala palabra”, simplemente hemos entendido política desde su vertiente negativa.
Porque si la entendemos por el lado positivo, política también es cualquier forma de interacción entre los seres humanos y sus instituciones con el fin de satisfacer alguna necesidad o con la intención de proyectar y programar un cambio sustancial. La política es la forma que se encuentra de construir un proyecto que pueda ser transformativo a nivel transversal a lo largo de todos los niveles sociales, culturales, económicos y simbólicos.
Y por tanto, de lo que se trata en los momentos de crisis es entender que la crisis es una revelación de una insatisfacción o de una serie de contradicciones. Esas contradicciones en el presente que atestiguamos tiene que ver con la desconexión entre el deber ser y el ser del Estado con respecto a la sociedad. Hay una desinformación en los términos en los que la sociedad ha cambiado en los últimos 30 años y no sólo debido a la presencia del gobierno del MAS en el imaginario cultural y político, sino porque el Estado mismo ha cambiado por el crecimiento poblacional, las nuevas economías, los ejes por los que pasa el desarrollo, y las modalidades en que la economía popular ha desplegado nuevos espacios de encuentro y reconocimiento social, identitario, dejando de lado una única visión de gestionar la presencia de las personas en el mercado.
Entonces, la ruptura que hay que pensar no tiene que ver de momento, con la que se presenta en términos de raza o de clase. Tiene que ver con el tipo de Estado que se debe pensar para el presente. Así, las discusiones, bloqueos, movilizaciones del presente arrastran la querella contra el Estado que Bolivia vivió desde abril de 2000 en adelante. El Estado es la cuestión que hay que discutir, no el gobierno o sus nombres propios. Porque concentrar toda la energía social y política en los nombres propios es dilatar la solución del problema. Es perderse en la anécdota y no en la causa. Porque es verdad que resulta más fácil cambiar gobernantes que cambiar la forma del Estado. Pero no se puede indefinidamente seguir cambiando gobernantes cuando el problema es de fondo y no de forma. Los gobernantes operan en un esquema que está caduco. Ellos mismos no son los caducos, caen en la misma trampa de esperar cambios haciendo lo mismo de siempre bajo los esquemas que ya se vio que no funcionarios desde el cambio de siglo.
Por ello, en este momento lo que hace falta es poner un alto al conflicto, para sentar las bases de una posibilitad. No un cambio de gobierno, sino un cambio de Estado. Vimos que, por ejemplo, las cuestiones sobre democracia representativa, participativa, intercultural, también tuvieron sus alcances, porque no es lo mismo incluir a una población que darles espacio de participación. La identidad no termina en la representación proporcional, sino en la participación. Pero incluso la participación puede estar sometidas a reglas de juego que las limiten. Entonces, hay que pensar los límites, alcances y contradicciones en la participación. Por tanto, hay que enfocarse en la forma Estado.
El Estado tiene distintos niveles de estructura a lo largo de su vida en los territorios. Se hacen más complejos a medida que las sociedades se complejizan y desarrollan. Sus dinámicas cambian y es similar a una familia que funciona de un modo cuando está compuesta por tres personas y de otro cuando sus miembros son seis o siete. E incluso no es la misma familia cuando los hijos tienen tres años que cuando tienen once y luego quince o veintitrés. Cada edad implica nuevas responsabilidades, nuevos derechos y nuevas actividades a ser desarrolladas. Algunas de forma más autónoma, otras de forma más controlada, otras sólo a través de un seguimiento y de la escucha.
Del mismo modo un Estado debe modificarse y transformarse por dentro y es posible que tengamos aquí un nuevo problema de origen. Que incluso la palabra “Estado” sea el problema por toda la carga semántica con la que es identificado. El Estado tiene dentro de sí la historia de su formación histórica en Europa, en América Latina y en condiciones revolucionarias, independentistas, guerrilleras, dictatoriales, donde hubo pobreza, hambre, desempleo, crecimiento, desarrollo, satisfacción de necesidades básicas y otras tantas cosas.
Por lo cual, cuando escuchamos decir “Estado”, imaginamos cada ciudadano un momento en la historia, una relación social, una exclusión, una dominación y una relación. Cada cual diferente según el lugar en que estemos situados vitalmente.
Pensar el Estado es la tarea del presente. Pensar sus instituciones es el paso inmediato. La relación entre ellas y qué tipo de institución estará al centro de toda la organización institucional. Porque no es lo mismo un Estado que funcione con su centro en la justicia que en la educación, por lo que tampoco es lo mismo pensar e imaginar un Estado que relaciones educación con economía que uno donde la economía esté en relación con la defensa nacional.
Cada relación marca un tipo de identidad del Estado, pero también prefigura el porvenir y las reglas de juego subsecuentes. Por ello si hay que pensar algo es por un lado, si la palabra “Estado” todavía representa al campo político, social y cultural en Bolivia. En segundo lugar, qué vamos a colocar como piedra angular en esa nueva construcción ¿Educación? ¿Economía? ¿lo jurídico? ¿el empleo? Pero incluso si alumbramos esa posibilidad, también hay que vislumbrar que esas piedras angulares no están aisladas, sino que se pueden conectar entre sí. Por lo tanto, la relación entre ellas es importante y marcará el rumbo de lo demás que se pueda imaginar. Una cosa es pensar el número de paredes que tendrá una casa (porque no todas las casas tienen cuatro paredes) y luego ver la cantidad de puertas, ventanas, necesarias. El tipo de techo, los materiales, la pintura, la textura. Todo aquello que llamamos obra fina es dependiente de la obra gruesa. Pero para empezar a edificar esa obra gruesa hay que saber cómo estarán organizados y relacionados los cimientos entre sí.
En Bolivia el Estado se agota más rápido que en otras latitudes por su formación social y económica, pero también porque como se ha señalado en muchas ocasiones, hay una falla de origen, que no tiene que ver solamente con la cuestión étnica o racial, tiene que ver con el tema económico y educativo. Porque esos problemas se han sometido a la identidad. Cuando la identidad no puede ser una labor de ejecución desde el poder político ni desde la ideología, sino que la identidad es una cuestión que tiene otro tipo de espesor social y cultural que discute con lo económico y lo jurídico.
En Bolivia se hace necesario pensar la relación Estados- sociedades, debido a la complejidad existente. Porque ya no es posible seguir pensando en Bolivia como una sociedad, sino como un conjunto de sociedades y aquí está el tema de la gran distorsión sobre el problema gubernamental, ya que al gobierno se le pide que actúe en concordancia a las demandas de todas las sociedades que componen el Estado, pero el Estado no tiene la capacidad de hacerlo porque está diseñado para actuar solo para una sociedad. Sus herramientas por más flexibles que se se volvieron, son extensiones y adiciones para subsanar un problema. Las enmiendas constitucionales o reformas son sólo eso: enmiendas, reformas.
Una casa con remiendas al igual que un coche, todo el tiempo necesita más y más reformas, hasta que los habitantes o cambiar de casa o deciden derrumbar una sección de ella para hacer modificaciones de fondo. El Estado en ese espacio de transformaciones tiene sus limitaciones. No quiere dejar de ser el que siempre fue. Tiene miedo de ser lo que de verdad podría ser. No es utopía ni ilusión tiene un principio de realidad ser lo que nunca se imagino que podría llegarse a ser.
Y sobre todo tiene un eje concreto en la realidad porque en las sociedades que componen Bolivia, esto ya sucede.
Las sociedades que compone Bolivia soportan el bloqueo, los conflictos y la falta de alimentos porque en los hechos, puede resolver la gestión de la vida desde sus propias dinámicas que escapan al Estado. Desde las redes de solidaridad, hasta la emergencia de distintas formas de mercado e intercambio de productos, hasta valores distintos en la alimentación y en la gestión de la espera, demuestra que hay otras formas que escapan a lo estatal y que no tienen todo el tiempo que ver con la binaria división entre oriente y occidente, porque hay bolsones poblaciones en cada una de estas divisiones que responden a su vez a otras formas. He ahí la complejidad que escapa al Estado y al conflicto y juega un rol determinante en la construcción de la vida más allá de las contingencias. Porque no es una resistencia, sino un acto creativo, donde el ingenio, la solidaridad y la comunicación se tejen desde otras sensibilidades, saberes y normas.
Por ello es importante identificar que el problema no es gubernamental sino estatal y luego ver qué entendemos por Estado y cómo visualizamos desde lo técnico, lo económico, cultural y político, las sociedades que componen el territorio boliviano.
Un modo de resolver el problema es pensar desde la dinámica que impone la complejidad. El otro, es dilatar las soluciones para esperar que las nuevas preguntas se sigan respondiendo con las viejas respuestas que han resultado ser insatisfactorias e insuficientes. Con lo cual, la postergación del problema es endémico.
La pregunta de fondo es ¿se quiere cambiar de Estado? ¿De verdad hay fuerzas políticas de un lado y otro a las cuales no les conviene asimilar este orden de transformación? ¿Qué fuerzas sociales son las que ganan, pierden y capitalizan representatividad y liderazgo con los conflictos? ¿Por qué el conflicto si rebela un estado de insatisfacción con el propio Estado, se detiene y siente satisfecho cuando se cambia de gobierno? Los actores políticos y sociales también elaboran sus propias visiones de realidad según el lugar en el que están colocados al interior del campo político. Porque hoy el campo político integra la arena del conflicto, ella ya no está por fuera como hace dos décadas. Ahora el conflicto es una parte constitutiva y fundamental del campo político y con él, los actores en movimiento.
Por ello, la verdadera respuesta a la crisis es pensar desde cada actor políticos y social, qué tipo de Estado se desea. Ya no de acuerdo a fines individuales, partidarios, sectoriales, empresariales o corporativos, sino conforme a los tipos y modos de sociedad que existen hoy en Bolivia.
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