Tras su quinta cerveza, un gracioso amigo cruceño contaba que, en los noventa, su papá trabajaba dieciséis horas al día con sueldo mínimo, y aún así tenía un garzonier secreto y una segunda familia. “Ahora, con esta devaluación obscena, imposible seguir la tradición de mi viejo y pensar en una familia paralela”, se quejaba mientras dejaba descansar la lata sobre su barrigota.
Es igual de triste el reclamo de un señor alteño que, borracho a la salida de un club de desnudistas, grabó un sentido video donde denunciaba que las “traviesas” no le aceptaban billetes de serie B, y amenazaba al presidente Paz con organizar una “marcha de la frustración” contra su gobierno indolente con los más necesitados.
La vida no solo está cuesta arriba para esos dos simpáticos pecadores. Las historias de la UDP que nos cuentan padres y abuelos —billetes trasladados en carretillas; ciudadanos acompañados de librecambistas para cobrar su sueldo y convertirlo en dólares al instante— ya no parecen tan distantes.
La devaluación segundo a segundo es una realidad de terror. No sé cuánto les afecta a ustedes, pero la semana pasada yo viví una pesadilla que no me llevó al hospital, pero sí a un mullido diván: saqué del banco un monto considerable y, en el taxi camino a la casa de cambios, recibí un mensaje con la noticia de un alza de 10 centavos respecto a la cotización que me habían dado una hora antes.
Tampoco sé cuánto le afecta al presidente Paz, cuyo carisma ya no logra ocultar su demagogia. No lo digo porque, disfrazado con chulo y poncho, siga vendiendo humo a poblaciones humildes que lo observan con suspicacia por su torpe viraje antipopular. Tampoco porque el año pasado vino a mi podcast (https://youtu.be/f6gqcQ4kGyA?si=rSN_Mmu4XQ3lyGsh) y afirmó que, de ser presidente, nos devolvería, “al día siguiente”, los dólares secuestrados en el banco. Aunque también. Pero, sobre todo, porque su “sinceramiento” se detuvo en la cotización del dólar. En sus discursos, en cambio, la demagogia sigue siendo la moneda corriente.
Como ciudadano, preferiría un nuevo viraje, igual de antipopular, pero más honesto. En lugar de seguir contando su anécdota rosa con los Bush, y en vez de subirse al tren del llunkerío conducido por su canciller y recibir el Cóndor de los Andes mientras el país arde, preferiría que nos diga, sin filtros, lo mal que estamos. Que reconozca de una vez que su fuerza real no le alcanza para gobernar en solitario. Que tienda un puente de debate respetuoso con el vicepresidente —si la primera reunión se da en un sauna, como se rumorea, sugeriría que sea en uno seco para que puedan mirarse a los ojos—. Que abandone las polémicas inútiles con los partidos del frente y en su lugar se acerque a ellos para construir consensos.
Su gestión está muy por debajo de las expectativas. Seguimos haciendo indignantes filas por carburantes. Su gobierno no logra —¿o no quiere?— reducir la burocracia, y denota improvisación en todas sus instancias. Tampoco ayuda el inadmisible —“masista”— abuso del Estado por parte de familiares y allegados, tan decepcionante que, cuando estalle el próximo conflicto, la maltratada clase media terminará hartándose y volcándose en su contra.
Y eso no lo deseo. Sería una pena darles la razón a mis amigos ultra del tenis, que el otro día casi linchan a un empleado del club porque en las duchas puso jabón líquido donde va el shampoo, atentando contra sus sedosas cabelleras. También sería darle la razón al Capo del Trópico, que en su radio se las da de Jeffrey Sachs ante una audiencia boquiabierta ante tanto descaro.
El panorama nacional es sucio y gris como el humo del chaqueo. Hasta ayudar a reactivar la economía se vuelve una odisea. En las vacaciones invernales, mi esposa y yo consideramos viajar al interior, pero los precios obscenos de los pasajes nos hicieron desistir. Entonces pensamos en turismo local. Pero, ¿dónde ir sin que la salud o la vida peligren? ¿Al Tunari incendiado? ¿A la narco-republiqueta del Chapare? Ni locos. ¿Entonces cómo ayudamos? No como sugiere el ministro de Economía: me sentiría un estúpido sacando mis escasos dólares del colchón para llevarlos al banco.
Comprendo que nos pidan paciencia. El gobierno heredó un país en bancarrota, pero debe entender que esa paciencia tiene límites —económicos, emocionales, intelectuales, éticos— y debe reaccionar en consecuencia. Mientras tanto, celebro el primer año postbicentenario cocinando a la parrilla un bife cruceño que costó como un Wagyu, con la misma impotencia con la que miro el tipo de cambio.
Dennis Lema Andrade es Arquitecto y escritor