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Vivien Leigh en su crepúsculo

La tuberculosis, la depresión y el consumo desmedido de tabaco y alcohol la envejecieron prematuramente, pero no lograron destruir su belleza ni menoscabar su elegancia.

Aveces una fotografía es suficiente para mostrar lo esencial de una vida. A veces una imagen nos dice mucho más que una constelación de palabras. No sé dónde ni cuándo se sacó la fotografía que encabeza esta nota. Presumo que fue en la elegante casa de Eaton Square, Londres, donde Vivien Leigh pasó sus últimos años, acompañada por su gato siamés «Poo Jones», bebiendo vermut blanco y releyendo obras de Shakespeare. Calculo que la actriz había sobrepasado los cincuenta y que la tuberculosis ya preparaba un nuevo asalto contra sus pulmones.

Vivien, que había contraído la enfermedad a los treinta y cinco, continuaba fumando ochenta cigarrillos al día, un hábito adquirido durante el rodaje de Lo que el viento se llevó, cuando un David O. Selznick intoxicado por la bencedrina le exigía jornadas laborales de doce horas y Victor Young le soltaba intolerables groserías por atreverse a realizar sugerencias sobre la forma de interpretar a la impetuosa Scarlett O’Hara.

Tras separarse de Laurence Olivier, Vivien comentó que no deseaba vivir mucho, pues aunque no era desgraciada con Jack Merivale, su última pareja, la pasión ya solo era un pálido recuerdo y no una vivencia cotidiana.

El romance con «Larry», el nombre que utilizaban amigos y familiares para referirse a Olivier, había incluido grandes tempestades, intensos momentos de ira, frenesí y locura, pero también le había enseñado que el paraíso no era una ensoñación, una mera fantasía, sino un dulce tormento semejante al amor no correspondido de Scarlett por Ashley Wilkes. Añoraba ese dulce tormento y no soportaba pensar que era algo irremediablemente perdido.

La tuberculosis, la depresión, el consumo desmedido de tabaco y alcohol, envejecieron prematuramente a Vivien, pero no lograron destruir su belleza ni menoscabar su elegancia. En esta fotografía solo necesita ladear ligeramente la cabeza para desprender sensualidad y misterio. Con un traje negro y los brazos cruzados, las joyas que exhibe (un anillo, una pulsera y unos pendientes) no transmiten ostentación, sino refinamiento.

Vivien, que había contraído la tuberculosis a los treinta y cinco años, continuaba fumando ochenta cigarrillos al día al final de su vida

Es una delicada y sobria dama en el otoño de su vida. Sentada en un sofá con las rodillas muy juntas, unas flores blancas se asoman por la izquierda y un cuadro con el paisaje de un río ondulándose entre árboles cuelga sobre su cabeza, rebajando el dramatismo de un rostro que tal vez intuye la cercanía de la muerte. A pesar de su aspecto crepuscular, Vivien Leigh aún despide fuerza, ambición y fervor, pero sus ojos evitan la confrontación directa con la cámara, tal vez para no revelar su fragilidad y melancolía.

No siento ninguna fascinación por las vidas que se consumen tempranamente por culpa de hábitos autodestructivos. Vivien Leigh murió con 53 años. Yo hubiera preferido que viviera hasta los 102, como Olivia de Havilland, su compañera y rival en Lo que el viento se llevó. Atrapada por una espiral de euforia y tristeza, ilusiones y desengaños, apenas conoció la felicidad. Inestable, trágica e inteligente, exteriorizó su propio tormento interior en Un tranvía llamado deseo (Elia Kazan, 1951), donde da vida a una especie de Scarlett O’Hara despojada de Tara y con una belleza ajada.

Su Blanche Dubois no está muy lejos de la Norma Desmond de El crepúsculo de los dioses (Billy Wilder, 1950). Gloria Swanson interpreta a una vieja actriz del cine mudo que anhela recuperar la fama destruida por el éxito del cine sonoro. No es el caso de Vivien Leigh, que jamás deseó ser una estrella.

Sin embargo, Blanche y Norma comparten el miedo a la vejez. Saben que se están marchitando y su imaginación no deja de viajar al pasado, buscando esos momentos de felicidad y esplendor que les proporcionó su belleza. Ambas abusan del alcohol y se arreglan con mucho esmero, intentando ocultar los estragos de la edad. No se aprecia nada de eso en la fotografía situada al inicio de estos párrafos. Vivien Leigh posa con enorme dignidad y nos hace pensar en los grandes papeles que podría haber interpretado si la muerte no hubiera segado su vida tan pronto.

A pesar de su aspecto crepuscular, Vivien Leigh aún despide fuerza, ambición y fervor, pero sus ojos evitan la confrontación directa con la cámara

Vivien Leigh nos dejó en 1967. Desde entonces ha transcurrido más de medio siglo, pero todo el que desee conocer la pasión, el coraje, la desesperación romántica, la obstinación, la nostalgia, la fantasía más florida y el orgullo más insensato, aún está obligado a seguir los pasos de Scarlett O’Hara por la arcilla roja de Tara o bajo los magnolios de Los Doce Robles.

No es cierto que el viento se lo lleve todo. Lo bello y lo bueno siempre perduran. Vivien Leigh no es un puñado de polvo, sino una rosa de belleza imperecedera. En 1963, un jardinero creó un rosa con su nombre. Fragrante, de un rojo carmesí y un sombreado negro en el borde de sus pétalos, vence a la muerte cada primera. Esa rosa es realmente Vivien Leigh y, gracias a ella, el mundo es un lugar más alegre y luminoso.

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