Márcia Batista Ramos
«La manifestación del viento del pensar no es el conocimiento; es la capacidad de distinguir el bien del mal, lo bello de lo feo.» — Hannah Arendt
¿Por qué los poderosos son capaces de soportar el sufrimiento ajeno durante tanto tiempo cuando el costo lo pagan otros?
La respuesta parece obvia: el costo lo pagan otros, no los poderosos.
Los bloqueos y las guerras parecen fenómenos distintos. Uno ocurre dentro de un país y el otro entre Estados. Sin embargo, ambos comparten una estructura moral similar.
Quienes toman las decisiones rara vez son quienes pasan hambre.
Quienes diseñan las estrategias rara vez son quienes esperan una ambulancia.
Quienes hablan de sacrificios históricos rara vez son quienes mueren en la carretera.
Y así, desde Troya hasta Ucrania, desde los sitios medievales hasta los bloqueos contemporáneos, el sufrimiento suele recaer sobre los mismos: ancianos, enfermos, niños, trabajadores, viajeros, personas comunes atrapadas entre voluntades que no controlan.
Hay sufrimientos que no distinguen entre guerras y bloqueos.
Cambian las banderas, los discursos y las justificaciones, pero el resultado suele ser el mismo: un anciano que no recibe atención médica, una madre que no encuentra medicamentos para su hijo, un enfermo que espera oxígeno, un trabajador que no puede regresar a casa, una familia que observa cómo la vida cotidiana se desmorona mientras otros discuten sobre poder.
La historia humana parece incapaz de escapar a esta paradoja.
Los líderes hablan de victoria, mientras los pueblos hablan de supervivencia.
Los estrategas calculan posiciones, mientras las madres cuentan medicamentos y pan.
Los dirigentes discuten legitimidades en cuanto los enfermos esperan oxígeno.
La distancia entre ambas realidades es la medida exacta de la tragedia.
La filósofa Simone Weil observó que la fuerza posee una capacidad singular: transformar a los seres humanos en cosas. Cuando una persona deja de ser percibida como un rostro concreto y se convierte en un número, una estadística o una pieza de una estrategia, el sufrimiento pierde presencia moral. El dolor sigue existiendo, pero deja de importar. La fuerza no destruye únicamente cuerpos; destruye también la capacidad de ver al otro como semejante.
Tal vez por eso toda forma de poder produzca una ilusión peligrosa: la ilusión de que los seres humanos pueden convertirse en ideas.
Cuando eso ocurre, el enfermo deja de ser una persona y se transforma en una cifra. El niño que espera alimento se convierte en daño colateral. El anciano atrapado en una carretera pasa a formar parte de una estrategia. El sufrimiento adquiere un nombre administrativo y pierde su rostro.
Los antiguos griegos comprendieron algo que la modernidad parece haber olvidado. Llamaron “hybris” a la enfermedad del orgullo desmedido. No era simplemente arrogancia. Era la incapacidad de reconocer límites. Era la convicción de que la propia voluntad vale más que la experiencia y el dolor de los demás.
Cuando la “hybris” se instala en el corazón del poder, toda retirada parece una humillación. Todo acuerdo parece una derrota. Toda concesión parece una rendición.
Entonces la guerra o el bloqueo continúan, mientras el pueblo continúa sufriendo.
No porque no exista una salida, sino porque el orgullo impide verla.
Albert Camus desconfiaba profundamente de las causas que prometen un futuro luminoso a costa del sufrimiento presente. Comprendió que existe una frontera moral que ninguna ideología, ningún proyecto político y ninguna ambición histórica deberían cruzar. Ninguna idea es más valiosa que una vida humana concreta. Ninguna victoria futura justifica la indiferencia frente al dolor de quien sufre hoy.
Sin embargo, la historia parece construida precisamente sobre olvidos de esa naturaleza.
Se invoca al pueblo mientras el pueblo sufre. Se habla de justicia mientras la injusticia golpea a los más vulnerables.
Se proclama la defensa de grandes principios mientras los costos recaen sobre quienes jamás participaron de la decisión.
La verdadera tragedia no es la existencia del conflicto. El conflicto es inseparable de la condición humana. Por eso, la tragedia comienza cuando quienes tienen el poder de detener el sufrimiento dejan de percibirlo.
Entonces, el hambre se vuelve una estadística, la enfermedad se convierte en un argumento, la muerte pasa a ser un efecto secundario aceptable.
En ese instante el poder pierde su dimensión humana. Y los pueblos descubren, una vez más, que la historia suele ser escrita por quienes toman decisiones, pero siempre es padecida por quienes nunca fueron consultados.
Quizás la ética comience exactamente allí: en la capacidad de recordar que detrás de cada cifra existe un rostro, detrás de cada bloqueo existe una familia y detrás de cada conflicto existen seres humanos que no eligieron la batalla.
Porque toda victoria construida sobre el sufrimiento de los inocentes contiene ya la semilla de una derrota moral.
Y ninguna causa, por noble que se proclame, debería exigir que los más débiles paguen el precio del orgullo de los poderosos para dar un paso al costado.