La “rebelión” de las clases medias

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El paro cívico del 6 de diciembre demostró la capacidad de movilización y convocatoria de las clases medias urbanas. Un movimiento cuyos instrumentos de lucha y resistencia son diferentes a los utilizados por el campesinado o el sindicalismo obrero. Uno de los mayores reclamos que circula por las redes sociales es que estas carecerían de la organización y el accionar que supere los “berrinches” plasmados en twitts o mensajes fervorosos en Facebook. Ese tipo de reclamo olvida la importancia de los espacios virtuales y sus efectos políticos, el propio presidente Morales instó a sus bases dejar de lado los intereses clientelares y considerar la posibilidad de perder las elecciones de octubre del 2019 por culpa de la “Guerra Digital”.

Un oficinista, una estudiante universitaria o un profesional independiente no pueden pasar semanas bloqueando caminos, secuestrar alcaldes o hacer temblar las calles a dinamitazos; sus actividades económicas y los medios para desempeñarlas son distintos, por tanto los instrumentos de lucha también son diferentes. Es por eso que las redes sociales son cada vez más importantes. Bolivia se ha convertido, a lo largo de estos últimos 30 años, en un país mayoritariamente urbano, donde las clases medias han crecido y las formas de resistencia adquirieron nuevas formas de expresión.

El uso del internet es insustituible en las interacciones sociales, el descontento popular también se canaliza de esta forma, lo que no es incompatible con protestas activas como las que se vieron en el paro cívico, eso sí, con una marcada ausencia de sectores populares (la centralidad de la protesta en Santa Cruz, la Zona Sur y el Centro de La Paz contrasta con la normalidad reinante en El Alto), señal preocupante del nivel polarización de la actual coyuntura política.

El MAS sabe que no puede alcanzar el 50% de la votación en las próximas elecciones sin las clases medias urbanas. La alianza de organizaciones sociales que lo sustenta es insuficiente para mantener su gobierno. Es paradójico que, en sus casi 13 años, el MAS haya fomentado el crecimiento de las clases medias pero que estas tengan, en el mejor de las casos, antipatía al Proceso de Cambio y, en el peor, un repudio que linda con el odio.

La funesta decisión del OEP de habilitar al binomio Evo-Álvaro, que vulnera la Constitución Política del Estado y la soberanía popular expresada en el referéndum del 21 de febrero, es la afrenta final a la ciudadanía no militante que, para desgracia del MAS, es la mayoría del electorado. Seducir a sectores de la población educados bajo el influjo de ideas como estado de derecho, respeto a la ley y cumplimiento de los resultados electorales, es decir, cuya cosmovisión se sostiene bajo el paraguas de la legalidad, parece una tarea imposible.