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Testimonios inmortales en Auschwitz

Cuando las tropas soviéticas abrieron las puertas del brutal campo de exterminio de judíos en Auschwitz (Polonia), el 27 de enero de 1945, se percataron que los alemanes convirtieron en hogueras algunas zonas de ese centro de matanza, para intentar borrar las pruebas de que aquí paso algo horrendo. Pero no todo fue convertido en cenizas. Quedaron algunas barracas donde dormían los prisioneros y también la cámara de la muerte donde los mataban con el Zyclon B, cianuro de hidrógeno cristalino en forma de gas, fabricado por I.G. Farben, un agente venenoso que embutían por los canales de ventilación desde el techo para que caiga como una neblina picante hecha para matar… las letrinas donde tenían permiso para ir una sola vez al día… un vagón pequeño donde transportaban a los prisioneros desde diferentes países de Europa… y los rieles que siguen durmiendo un silencio perturbador que no se apacigua ni con la nieve que cae cada invierno, como melodía desesperada de una banda sonora que sigue sonando, que sigue contando.

Los Nazis de Adolfo Hittler no pudieron matar la memoria que los delata como a bestias asesinas. No pudieron quemar las evidencias de su gran crimen  porque también quedaron a prueba de fuego los testimonios de los que quedaron vivos, de los sobrevivientes que padecieron los días de tormento y que cuando entraron los soldados de la liberación,  caminaban como zombis, seres en piel y hueso, con los pies cubiertos con harapos, con las palabras congeladas por el frío y el miedo.

Pero hablaron y lo contaron todo. Y cada palabra retumba en las paredes que quedan de pie en este Auschwitz que no olvida los detalles del horror consumado entre 1940 y 1945. Hablaron y también escribieron. El judío griego Marcel Nadjari, uno de los miles que fueron forzados a sacar los cuerpos de la cámara de gas, llevarlos al crematorio y esparcir las cenizas en los ríos, escribió una carta en la que rebela inimaginables detalles de la barbarie. El texto lo colocó en un termo y lo enterró en un bosque colindante con el campo de concentración en 1944 y fue descubierto accidentalmente en 1980.

Debajo o encima de la tierra, dentro o fuera de las barracas, hay testimonios que cuentan que aquí ocurrió algo horrendo. En un pasillo de la muerte hay fotografías de hombres y de mujeres y de niños con la cabeza rapada y con el uniforme a rayas. Fueron fotografiados para el registro de sus expedientes. Miran a la cámara y sus miradas se pierden en el infinito, en algún lugar del universo donde buscaban refugio de sus tormentos.

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