Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Mozart y sus Divertimenti. Por otro lado, un documental sobre los gitanos de Bulgaria, allí y en Londres. Diferentes tribus, así las llaman; prostitución y robo como sostén familiar. Hablo con mi hermana y recomiendo Kusturica; al menos una década que no veo algo suyo. Lo último fue su Maradona. No quiero creer que va desvaneciéndose; tal vez como la misma guerra de secesión yugoslava. Marcó la época. A Denver llegaron refugiados bosnios a repartir periódicos, trabajar en cadenas de comida. Hubo una hermosa gitana que tenía un fuerte y delicioso olor a sobaco. Casada con Nisvet, cuyo hermano era Jamal, y a quienes ayudé en el trabajo. Los dos son ahora ricos. La esposa de Jamal murió, joven y rubia; la muerte no distingue colores. ¿Qué habrá sido de la gitana de Nisvet? Se habrá convertido en una señorona que gasta el gran dinero en Macy’s y que habrá olvidado, para bien, la sensación del terror bélico más la precariedad del inmigrante. Un hermano tiene al menos un tráiler, que le da ganancia de cuarto de millón de dólares por año; el otro, más cercano a mí, dejó su cargo de manejador en el Denver Post y se convirtió en constructor. Por años trabajó en el diario con mexicanos, albañiles todos, y levantó con ellos y sus diversos oficios una empresa millonaria. Me lo ha dicho mi dueño de casa, que es croata, pariente de Ante Pavelić. Sucede que croatas, serbios y bosnios ya eran, y son, cercanos aquí. La espectral Yugoslavia pervive en ellos; cómplices de un pasado común; supongo que de la guerra no hablan.

Bulgaria. Pueblo que vino de la estepa y levantó un imperio que enfrentó a Bizancio. La cámara muestra los estercoleros donde viven los roma, tanto en Sofía como en Plovdiv. La música rom forma parte de la gran tradición que conocemos como “música rusa”. Ochi Chornie, Ojos negros, es canción gitana. En mi mente, aquel filme melancólico de Emil Loteanu, Accidente de caza, de un cuento de Chejov. Cantan los gitanos. Dios, cuánta tristeza.

Cuento los días para ver el Tunari otra vez. Salía temprano a la esquina de Juan de la Rosa y José Quintín Mendoza y lo miraba. Lo subimos una vez muy antigua ya. Elena y Armando alcanzaron la cumbre. Yo me eché en el puntiagudo pasto a tomar el caliente sol de las alturas. Modorra, ensimismamiento. Nevada del Carmen, de la Asunta, de Urkupiña. Mi padre era el almanaque Bristol viviente. Tiempo de cosecha y de viento. Agosto se lleva a los viejos, decía; la brisa huracanada, el polvo.

Por las noches percibo el otoño. El sudor del infierno se seca de frío haciendo costra. Una familia pelea a gritos en la calle. Llego a ciertos departamentos: dos hombres negros y una muchacha blanca, cerveza y cigarrillos. Uno, vestido en luto, me dice: “bro, tienes pinta de peligroso”; “soy peligroso”, respondo, y continúo. A esta altura de la vida, si nunca pasó antes, van a amedrentarme unos cojudos.

Vendrán en unos minutos Aly y Emily, las hijas. Con historias de gatos, de tomates cultivados en el patio, con siempre acertada visión de lo que pasa en el país, con notas sobre Afganistán. Les sugeriré que miren el documental del que hablo. Dirán que sí pero van a olvidarse apenas pisen la calle Clarkson. Está bien. A cada uno la época y los temas. Tengo un choclo para hervir y lo disfrutaré mirando por la ventana. Tal vez ponga algo de los Stones. A ellos los ha, nos ha, visitado la muerte.