Christian Jiménez Kanahuaty
Los últimos conflictos en Bolivia nos empujan a pensar con seriedad las repercusiones de la violencia. No aquellas facetas de la destrucción de edificios o plazas públicas, ni la falta de alimento en las ciudades, tampoco el hecho de la erosión de la legitimidad de los gobernantes; hay algo más profundo en la acción de la recepción de la violencia por parte del ciudadano que la vive y la atestigua.
La violencia construye escenarios alternativos, destrozando la vida cotidiana y rompiendo los límites entre el espacio privado y el espacio público. Intenta llevar el debate y la deliberación a las calles. Ejerce presión desde lo excepcional. Y es difícil trabajar desde lo excepcional porque su condición es la continua transformación y la improvisación. La violencia habita en el reino de lo impredecible.
Pero, hay algo más: una condición cultural que evalúa la violencia como consustancial al género humano. Este debate es tan largo que ha dado pie a la elaboración de normas, reglas, leyes y constituciones para que la violencia pueda ser canalizada. ¿Pero qué pasa cuando el pueblo, la ciudadanía, reclama que para salir de la violencia hay que responder con violencia? ¿Qué pasa cuando una ciudadanía activa y presente en el debate público prefiere más violencia en lugar del diálogo? Lo hace desde la ironía, desde la parodia, desde la tergiversación de la historia.
Y no es que la violencia sea el sustrato de sociedades conservadoras, ni que la violencia haga salir el fascista que en apariencia cada persona lleva en su interior. No. El diálogo se torna en una posición débil frente a la fortaleza de la violencia. Ocurre en el plano micro, en las peleas entre compañeros de colegio, entre fanáticos de equipos de fútbol, entre correligionarios de sectas religiosas, y sobre todo, entre clases y estamentos sociales.
La violencia implica someter por la fuerza a los demás. El diálogo implica reconocer que todos estamos en la misma jerarquía y que aquello que dirime el conflicto y resuelve la violencia es la exposición de argumentos. Sin embargo, la violencia tiene buena prensa, porque hay una imaginario social, político e ideológico que juzga a quien es violento como atractivo, seductor y eficaz. Lo hace desde el cine, desde las series de televisión y desde los ejemplos retóricos en la prensa: dominó, batalló, sobrepuso su fuerza, doblegó, arrasó. Son sólo algunas de las palabras que significan mucho más que simples palabras, porque nos demuestran las metáforas y relaciones simbólicas que se establecen frente a hechos y acontecimientos sociales. Todas ellas implican el uso de la fuerza. La saturasión de la violencia.
Además, la violencia es una acción definitiva. No hay vuelta atrás después del uso de la violencia. En cambio, además de que el diálogo es más lento y matizado, no es definitivo. Es una construcción que se realiza en el tiempo y en base a muchos recursos, que van desde las ideas, la gestión del tiempo gubernamental y recursos económicos que propician escenarios alternos y saneados de distorsión ideológica. Es por ello que el diálogo siempre es tratado como una medida limpia, mientras que el conflicto es más bien sobrecargado de elementos.
La población ríe frente al débil. Está mal visto ser una persona blanca. Y mucho peor si la debilidad o la blandura representan el carácter de un Estado. Pero es sintomático que una sociedad en proceso de despatriarcalización y de lucha contra el machismo, reclame desde muchos ángulos la salida al conflicto de forma violenta y desde arriba.
La salida política por medio del conflicto es un recordatorio de la transformación social ocurrida dentro de una transición política es compleja y requiere otro modo de entender la realidad. Entonces, no son cambios definitivos. Ni que ocurren en el breve tiempo de una gestión gubernamental. Ocurren en el plazo largo de un cambio cultural.
El Estado es la representación de una estructura de dominación, ¿Pero qué ocurre cuando desde dentro se intenta dar otro carácter y otra fisonomía al Estado en cuanto agente que resuelve el conflicto con la violencia?¿No sería acaso signo de modernización social y de progreso cultural apostar por el diálogo? Cambiar de objetivos sociales para resolver aquello que debería estar resuelto desde hace mucho, dado que es el piso sobre el que se levanta cualquier institucionalidad o subjetividad. Esto tiene sentido en la medida en que la violencia es el núcleo de toda formación social y política. Los países no se independizaron sólo por medio del dialogo. Las guerras tuvieron que atravesar largos años antes de que los países involucrados pensaran la paz como un horizonte donde todos ganaran algo.
Y es que la violencia es la victoria inmediata. El ganador se lleva todo. La derrota implica un fracaso moral y económico. Pero lo que queda en medio es una sociedad confundida, devastada y aniquilada moralmente, y que además tiene distintos ritmos en su funcionamiento de reconciliación y reconstrucción. Porque la reacción frente a la violencia es la violencia, y la violencia de estado, que es demandada incluso por las personas que se reclaman en lo cotidiano, pacificas y empáticas, ha erocionado el lazo social y distorsionado los principios de la democracia.
La violencia es un método de conocimiento que permite conocer a profundidad y en perspectiva temporal los cambios sociales y su carácter progresivo y regresivo. Es también una forma de diagnosticar la fortaleza de la democracia y la profundidad de los valores democráticos: lo que queda tras la violencia siempre es el desgaste por más que tras el conflicto las ciudades involucradas parezcan una mar en reposo. Pero lo que late en su interior es más complejo. El conflicto es la sonda que nos permite mirar las contradicciones inherentes a la formación de toda institucionalidad y lo que habita en el reino de la vida cotidiana de todos los ciudadanos que cuando se ven interrumpidos en su programación cotidiana, se violentan, alterando el orden establecido.
Una sociedad que demanda que la violencia se combata con violencia, es una sociedad que prioriza lo inmediato a lo sustancial que es la construcción de un proyecto en conjunto, porque se sabe que los intereses sociales van cambiado según el gobierno que se haga con la representación política. Pedir violencia como un modo de resolución de conflictos en realidad está dictando que la paz y el diálogo no funcionan porque no hay bases comunes sobre los cuales desarrollarlos. La violencia es la multiplicidad de deseos e imaginarios en acción.
Así, la conflictividad no termina y la violencia se robustece. La violencia es el reverso de la sociedad. El relato que le sirve para emerger y hacerse presente. Y por ello, cuesta tiempo y recursos cambiar de cuadrante al momento de resolver los conflictos. Por eso es que el diálogo parece una medida débil y tibia la acción de reuniones y acuerdos. Aquí lo que está en juego es la complejidad y contradicción entre todas las visiones de país que están comprometidas y representan todavía porciones complejas del país. Lo que demuestra el conflicto en esta oportunidad es que el país todavía no es un país en términos sociales y políticos. Sigue siendo un espacio geográfico compartido y en disputa. Donde el Estado hace equilibrios para sostener su hegemonía a través de políticas públicas.