Santos Domínguez Ramos
“El concepto contemporáneo de filósofo es el de un racionalista aburrido y académico. La tradición de los primeros filósofos no podría estar más alejada. Los filósofos eran visionarios, de forma muy similar a los grandes profetas hebreos. Al igual que los profetas, eran presa de lo numinoso en ciertas imágenes arquetípicas. Los profetas proclamaban la realidad de sus visiones en su idioma vernáculo: la religión hebrea. De manera parecida, los filósofos griegos expresaban sus visiones en su idioma vernáculo particular: la lengua del racionalismo griego en sus albores. Su empeño era conceptualizar las imágenes de las que eran presa. No es casualidad que Tales, el primer filósofo griego del que hay noticia escrita, alcanzara prominencia en el 585 a. C., año de la conquista de Jerusalén por Babilonia y la expulsión y exilio de los israelitas, así como de la actividad profética de Jeremías y Ezequiel”, escribe el analista junguiano estadounidense Edward F. Edinger (1922-1998) en La psique en la Antigüedad, que llega mañana a las librerías publicada por Atalanta con traducción de Carlos Jiménez Arribas.
Un libro que tiene su origen en dos series de conferencias –Filosofía griega temprana: de Tales a Plotino y Gnosticismo y cristianismo primitivo: de san Pablo a san Agustín– que Edinger impartió en el Instituto C. G. Jung de Los Ángeles en los inviernos de 1993 y 1994. Esas dos conferencias articulan las dos partes de un libro que tiene en Jung, Jesús de Nazaret, Platón y Pablo de Tarso los cuatro referentes que recorren sus páginas.
Desde el amanecer de la conciencia racional con los presocráticos -“recién salidos de la neblina de una mística participación con la naturaleza”- en cuya mentalidad confluían religión y filosofía, poesía y ciencia, “los primeros filósofos griegos fueron pioneros en la expresión de ciertas ideas e imágenes que son centrales en la psique occidental. Le incumbe a la psicología profunda -explica Edinger- conocer de primera mano esas imágenes e identificarlas cuando aparecen en los sueños y demás contenido psíquico.”
El conocimiento de esas imágenes, arquetipos y símbolos a través de sus manifestaciones en la historia colectiva de la humanidad es el ambicioso objeto de estudio de lo que Edinger llama “psicohistoria arquetípica”, que estudia a la luz de la psicología junguiana los procesos del inconsciente colectivo a lo largo de la historia política y cultural.
Con esa metodología se abordan las manifestaciones de la psique a partir de sus ideas arquetípicas en la filosofía griega y los profundos y decisivos cambios ocurridos al comienzo de la era cristiana, con la conformación de una nueva imagen de la divinidad en dos líneas: la eclesiástica de la Iglesia primitiva y el gnosticismo representados en sus inicios por dos figuras clave: Pablo de Tarso y Simón el Mago de Samaria, respectivamente.
Esas dos tradiciones, la de la filosofía griega y la de la tradición profética y gnóstica hebrea tienen puntos de confluencia en figuras como Filón de Alejandría, en cuyos textos desembocan ambas líneas de pensamiento. Filón “fue el primero que documentó de forma explícita la síntesis de la religión hebraica y la filosofía griega. Las corrientes hebrea y griega sufrieron otras síntesis más tarde, cuando la herejía judía del cristianismo se unió a la filosofía griega para crear la teología cristiana.”
“Al revisar el fenómeno de la filosofía griega como un todo -escribe Edinger- uno tiene la impresión de que el interés primero y primordial de los filósofos griegos radicaba en lo que subyace al mundo visible. Intuían que había algo más de lo visto comúnmente. Sus cuestiones fundamentales eran metafísicas, esto es, trascendían la física. Es asombroso que la consciencia racional de nuestra especie aceptara tan alegremente en sus albores que hay algo más allá de lo que se ve.”
Y así, Edinger rastrea los conceptos arquetípicos fundamentales en relación con la realidad de la psique desde los filósofos milesios hasta Plotino, pasando por Pitágoras y Heráclito, por Parménides y Anaxágoras, por Sócrates y Platón, por Aristóteles y Zenón de Citio o Filón de Alejandría, que vinculó las Escrituras hebreas y la filosofía griega a través de la alegoría y el símbolo.
Arquetipos conceptuales que van más allá de lo palpable, como la naturaleza, el número y el logos, el alma o la imagen de la divinidad, la verdad y la opinión, la mayéutica socrática y la idea eterna platónica, las cuatro causas aristotélicas o las tres hipóstasis o naturalezas del ser (el Uno, la mente y el alma) que definió Plotino.
La segunda parte –Gnosticismo y cristianismo primitivo– se centra en Pablo de Tarso, “una figura gigantesca” en palabras de Edinger, cuyas ideas fueron decisivas en la configuración y evolución del cristianismo, y en el samaritano Simón el Mago como herederos de la tradición profética y mesiánica hebrea que se encarna en el arquetipo del Mesías.
Ellos dos son los fundadores e impulsores de las dos líneas de pensamiento ya indicadas y enfrentadas entre sí: la eclesiástica -que se fundamenta en la fe y en la comunidad- y la gnóstica -inclinada al conocimiento y al individualismo-, y en las figuras de sus sucesores doctrinales: en el linaje eclesiástico, Clemente de Alejandría, Orígenes, Tertuliano y Agustín de Hipona; en la rama gnóstica, Marción de Sinope, Basílides, Valentín el Gnóstico y Mani.
Todos esos capítulos de la segunda parte exploran -como señala Edinger- “las consecuencias psicológicas de la irrupción de un arquetipo en la psique colectiva hace dos mil años. Fue el arquetipo del Hijo de Dios, también llamado Cristo y el Ungido. Este símbolo profundo representa la encarnación de la imagen de la Deidad en una manifestación terrenal visible, un descenso de la imagen de Dios en forma humana para rescatar a la humanidad de un estado de pecado y oscuridad.”
Cierra la segunda parte un capítulo de conclusiones que vincula el arquetipo de la encarnación de Cristo con el proceso simbólico de la individuación y de una nueva conciencia del yo y aclara su significado psicológico para el individuo y para las ideas contemporáneas cuando “finalmente resulta que el yo y el sí-mismo se convierten en una unidad funcional interactiva. El arquetipo se vuelve yo, y el yo, arquetipo; Dios se vuelve humano, y el ser humano, Dios.”
“Para quienes ven en Jung una ardua lectura -señala el editor Daryl Sharp en el texto que cierra el volumen- Ediger fue su intérprete primordial a lo largo de más de treinta años. A través de conferencias, libros, grabaciones y vídeos, presentó de manera magistral la esencia destilada de la obra de Jung, esclareciendo su relevancia tanto para la psicología como colectiva como para la individual.”