¡Que se declare la alerta correspondiente!

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Los cambios paradigmáticos no ocurren al azar. Forman parte del derrumbe de estructuras obsoletas que van cayendo por su propio peso, a veces imperceptiblemente; otras, de manera escandalosa. Y en el mejor de los casos, de manera revolucionaria y emblemática. Lo que rueda por el piso son ideas insostenibles y anacrónicas que no pueden seguir marcando pautas de comportamiento.

Millones de mujeres alrededor del mundo ya lo saben, su rebeldía desbordada se ha vuelto incontenible. Primero con timidez y un pudor casi cabizbajo, a través de voces pioneras a las que se agredió e intentó callar. Luego con una fuerza inusitada que está permitiendo que estructuras mal delimitadas y configuradas caigan haciendo mucho ruido. Y es que la mirada y la lectura colectiva no puede obviar la presencia e importancia de millones de mujeres ignoradas, olvidadas, denostadas y lo que es inaudito y perverso, actualmente asesinadas. No vale insistir, banalizar ni naturalizar por favor.

En el contexto del tsunami femenino si hubo algo que le dio fuerza es la sororidad, hoy alegremente célebre luego de haber sido despreciada por un conjunto de prejuicios que desdeñaron la posibilidad de su existencia. «Pero si entre ellas se detestan», «si compiten por hombres y trabajos», «si se sacan los ojos», son algunos de los «memes» mentales que esparcen por el aire el virus de la falta de solidaridad entre mujeres. Hasta que se armó y cientos de mujeres se contaron sus historias y extendieron sus manos para sostenerse las unas a las otras. Y empezó la madre de las batallas donde no se espera que hayan vencedores ni vencidos. Porque no se trata de una guerra. Es un proceso de reconfiguración donde debe destacar el respeto a ideas nuevas y la hidalguía de reconocer que el cambio ya no tiene vuelta.

Ignoradas y desvalorizadas durante años, las mujeres han sido víctimas de voces y acciones machistas compuestas por hombres y mujeres en concierto internacional. En ese amplio espectro, África se considera el continente más peligroso ya no por prejuicios y estereotipos de vieja data, sino por el peligro que entraña ser mujer. Con una simplicidad que aterroriza. Sin embargo, no es necesario poner el dedo tan lejos. En nuestro país los asesinatos de mujeres suman y siguen. Y eso que contamos con mujeres icónicas mal llamadas feminazis a las que les debemos no sola la palabra. También la vida. !Pero no basta!

En Bolivia los regueros de sangre se esparcen con indiferencia, sino con consentimiento. 72 mujeres brutalmente asesinadas, 72 femicidios reportados hasta el 11 de julio en lo que va de un 2019 horrorizado. La crueldad en alza y exhibida como trofeo de una guerra inexistente. Apuñaladas, baleadas, decapitadas, descuartizadas y carbonizadas con secuelas tan desgarradoras como sus propios calvarios. Wawas que han quedado sin padre ni madre porque es en el propio hogar donde el peligro acecha. Y es que no se trata de señalar únicamente a la «calle». Porque para que las estructuras mal configuradas y delimitadas rueden por el piso se soportan tensiones no solamente en espacios públicos, también en espacios privados donde los «hogares» son sinónimo de peligro latente para millones de mujeres desprotegidas. ¿Qué los hombres son todos perversos? ¡No señor, no señora! Tampoco se trata de demonizarlos. ¡Hombres íntegros y solidarios esperan ser parte de un proceso que tiene que incluirlos!

72 mujeres jamás olvidadas, por si acaso. Porque ni usted ni yo podemos mirar para otro lado. Por su bien, por el nuestro, por el de nuestra convivencia en sociedad. Porque para echar tierra firme a nuevas maneras de compartir la vida, tenemos que deconstruirnos, reeducarnos, fomentar la empatía, dialogar, prever y planificar entre todas y todos. Y no naturalizar ni banalizar la violencia en contra de la mujer. ¡Hay que alertar al conjunto de la población!