Momento para Maradona

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Primero fue “la mano de Dios” y después, el mejor gol en la historia de los mundiales. Todo en un mismo partido y ante Inglaterra, trascendiendo lo deportivo por la guerra que había enfrentado a ambas naciones solo cuatro años antes. La mayor alegría para unos, la peor tragedia para otros. La felicidad y el dolor, en el fútbol, sin parangón.

¿Qué tan grande debió ser un jugador para que, al morir él, te muestren en tu cancha, en tu cara el endemoniado gol que le hizo a tu propia selección? Un futbolero de verdad entenderá la magnitud de un homenaje así, impensado dentro de la moral específica de este deporte, en el que lo común es abominar al rival.

Les pasó a los hinchas del Manchester City y del Burnley que, aunque sea por televisión, el 28 de noviembre rumiaron el segundo gol (pobre palabra para definir esa genialidad) que Maradona, descaderando defensores, le metió a su selección en México 86. Yo no recuerdo una nostalgia igual por un gol sufrido en carne propia.

Después de esos segundos de recuerdo que los ingleses llamaron “Momento para Maradona” y que les trajo sensaciones contradictorias (por la muerte del jugador cuya figura se acrecentó a partir de la derrota de su selección y, al mismo tiempo, por la emoción de la poesía hecha gol), ahora pienso —más allá de las razones médicas o disciplinarias— en política, en la FIFA: ¿De qué les sirvió que te cortaran las piernas en el 94, sacarte de un Mundial? Barrilete Cósmico, tantas veces gambeteaste a la muerte… ¡y lo sigues haciendo en cada video!

Maradona, para quienes no terminan de entenderlo, es quien nos dio, a muchos de nosotros, algunas de las emociones más fuertes que puede vivir un chico o un adulto en su vida. El abrazo desaforado con un padre o una madre, con un hermano, con un amigo después de un triunfo extraordinario, eso, no se borra nunca de la memoria. ¿Exagerado? Puede ser, ciertamente hay momentos mucho menos frívolos; si todo en la vida de Maradona ha sido siempre sobredimensionado, ¿por qué tendría que ser distinto en su muerte? Es lo que pasa con las idolatrías, y esto no siempre es malo.

El fútbol, como toda experiencia religiosa, tiene dioses; esos que llaman ídolos. Fuera de la obvia exageración y de la inmanente moralina de sociedad ‘iglesiera’, como decía Medinaceli, propongo detenernos a reflexionar en lo siguiente: ¿a qué otro personaje se le atribuye, hoy, el nombre de Dios? Luego, ¿cómo hace una persona (como usted, como yo) para vivir con la carga de un mundo que todos los días le dice ‘Dios’?

No se quiera hacer de Maradona un ejemplo de nada. Hubo una vez un hombre que pateaba una pelota: habría que juzgarlo (si alguien se atreviera) desde ese ángulo. Lo que haya hecho él en su vida privada, en el fondo, no es muy diferente a la miserabilidad que todos (unos más, unos menos) vamos desparramando por ahí. Los héroes sin manchas no existen. Lo mismo que el “príncipe azul” para las chicas. Basta de mitos idiotas.

Alguien —muy sesudamente— intentaba hacernos recapacitar señalando con su dedo acusador que: “el mundo llora a un tipo que patea una pelota, pero no a un científico”. Sí, pero es que las emociones se disparan con aquello que te conecta con la vida, y esto ocurre, muchas veces (casi siempre), sin mediaciones del intelecto.

Somos nomás el Diego. Unas veces, los de la obra maestra digna de un artista de las filigranas verdes del campo de juego, o la excelsitud de un científico brillante. Otras veces somos los del gol hecho con la mano, la viveza criolla, el ventajismo, la trampa; el viernes de soltero, somos, tantas veces, los de “ir de trampa”.

Me quedo con la agudeza de Valdano: “Hay algo perverso en una vida que te cumple todos los sueños y Diego sufrió como nadie la generosidad de su destino”. También con una frase —sencilla, magistral— con la que se abre un reportaje como sólo los españoles saben hacerlo: “Maradona, sobre el césped, nos ponía de acuerdo a todos”.

Pero nada como la sensibilidad de otro ‘Dios’, el Negro Fontanarrosa: “Qué me importa lo que Diego hizo con su vida, me importa lo que hizo con la mía”.

Oscar Díaz Arnau es periodista.