Los cañonazos del presidente

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Un amigo “postea” en Facebook al eterno futbolero, Evo Morales, estrellando la pelota en dos milicos en la inauguración de un estadio. El encabezado nombra los “cañonazos” del presidente y no puedo dejar de pensar en Álvaro Obregón, que siendo cabrón tuvo logros notables en el área social –lo que lo diferencia-, y que afirmaba que no existía general que resistiera un “cañonazo de 50.000 pesos”. Sabemos bien que los generales son como meretrices y que los hay de todo precio y ni necesitan libreta de salubridad en oposición a aquellas santas.

El video del hecho dura 56 segundos y no debiera para nada llamarnos la atención. Pero los autócratas tipo Morales, Trump, Maduro, viven del chisme, del espectáculo, por detestable y prosaico que sea. El elemento vital de su mandato no está en sus logros sino en cuánto se habla de ellos en persona. Esta acción del pelotazo a los dos soldados o es completa estupidez o fue calculada. No había espacio hacia donde patear sino hacia el cielo, pero el engendro tiró con fuerza desbocada sin siquiera mirar. Al final quién puede decirle algo. Si hubiera, iría de reo de inmediato por subversión. En eso andamos, y Venezuela y los Estados Unidos, en manos, pies en este caso concreto, de cretinos esquizoides y vanidosos de opereta. Detrás de la en apariencia no dramática situación está la fuerza armada, esa que aguanta cañonazos hasta de centavos y que amenaza con matar y mata. Con semejante decorado pues a carnavalear a gusto, sobre todo en países como el nuestro que carecen de esa violencia, a ratos llamémosla hombría, de hombres que solucionaban los asuntos de estado, cuando correspondía, a tiros y rectificaban la historia… para bien y para mal, según lo hacían en México.

Triste destino el de América Latina. Se combatió hasta el pírrico triunfo que trajo las democracias (porque así le interesaba a EUA). Nos liberamos de los milicos en teoría y siguen vivitos como recién nacidos. En ellos se dirime el futuro de las naciones. Venezuela llega al centenar de muertos y la hojarasca ni se mueve. Ahí les tiran cañonazos mayores, cierto. Morales resiste gracias al apoyo de las armas. Sin ellas vuelve a ser un latapuku más de las innumerables bandas nacionales. La paz pasa por tanques y aviones de guerra: nunca los dejamos atrás; y los generales lo saben y aprovechan. Si tienen que desfilar con ponchos y machetes, ora pues; si con adargas o alpargatas, también. Son los asalariados del vicio y lo disfrutan. Que reciban de cuando en cuando un patadón inadvertido o se agachen a amarrar zapatos de amo, no cuesta, han sido entrenados para ello, para ser caniches de colitas cortadas y cuerpo trasquilado. Pero no solo actúan de sirvientes sino también de amos. Reconocen su poder, Morales depende de ellos. La humillación que se ejercita sobre la institución es poco precio a pagar en realidad.

Las oposiciones los tientan con minucias, con honor y constitucionalidad. Obvian la personalidad institucional de los lacayos que están expuestos al mejor postor, como en exhibición agrícola de terneras y mulas. En estas condiciones pareciera que los autócratas se aseguran eternidad. Felizmente existen otros factores, muy superiores a la avarienta molicie militar, que pueden volcar las opciones. Semejan estar lejos, todavía, pero observemos cómo el payaso de Ecuador salió en la cumbre de su dominio y ahora anda refugiado entre gringos que se suponía consideraba enemigos, entre imperiales que le sobarán el lomo de marrano como a cualquier otro empleado. Se creyó dios y resultó que era chico de los mandados.

A recibir sin gloria pelotas y pelotudos, que para eso son tutelares y obedientes, si algo significa.