Christian Jiménez Kanahuaty
Al parecer hay dos maneras de leer. Aquella que se restringe a la palabra escrita y entiende el texto de manera textual y piensa que comprender es memorizar y memorizar no es sino, otra manera de tener destreza en un área del conocimiento científico o social.
Sin embargo, hay otra forma de leer. Se puede leer desde la imaginación, estableciendo una relación creativa con el texto y haciendo que él no termine en lo escrito. Al contrario, lo escrito, se convierte en el punto de partida tanto de nuevas lecturas como de nuevas escrituras. De esa manera, el oficio de la lectura es un oficio que postula ciertas responsabilidades e indica ciertas actitudes.
Sobre las responsabilidades de la lectura no está como viene siendo de moda decir actualmente, que, si un texto no gusta, se puede dejar. Lo reluciente dentro del campo de su capacidad de entretenimiento, tampoco debe presentarse como una oposición al libro que se tiene entre manos. Ni tampoco la responsabilidad de la lectura está en comprender todo lo que se lee. Al contrario, es muestra del valor intelectual de un texto el que éste no se acabe en la primera lectura. Que el lector realice el esfuerzo de leer, aunque no entienda muy bien lo que lee, porque en ocasiones, al finalizar el libro, todas las piezas de él, encajan y se conforma un sentido antes ni siquiera percibido o imaginado.
En realidad, la responsabilidad de la lectura está en que el lector debe conectar la lectura que realiza con otras ya realizadas. Debe establecerse una manera distinta de acercase al texto. Por un lado, pensar que el libro presenta un estado de la cuestión sobre un tema en particular, pero al mismo tiempo, organiza ya una configuración sobre lo que de ese tema se hablará en el futuro. Entonces, la lectura rastrea esos hitos de la historia de ese saber al interior de un libro en particular, donde todo se encuentra de manera equilibrada entre la síntesis y la proyección.
Luego, la lectura continúa estableciendo una relación entre ese libro y libros semejantes que abordan el mismo tema, pero desde una perspectiva diferente. Después, la lectura va más allá, organiza ese saber acumulado y lo relaciona con otras áreas, disciplinas y saberes. Conecta información y ejemplos y en esa conexión, establece un recuerdo. Porque el trabajo intelectual realizado para establecer las conexiones es lo que activa la memoria y hace más fácil aprender de aquello que se lee.
Finalmente, una lectura es motivada por el propio ejercicio de la lectura. Tanto porque los libros se escriben para dialogar con otros libros y tradiciones, como porque los libros leídos no mueren tras terminarse la lectura y guardarse el libro en el anaquel de los sueños compartidos y olvidados. Simplemente el libro vive, crece y respira al interior del lector, modificando la experiencia que sobre la vida podrá tener de ahí en adelante.
La lectura es una constante en nuestra existencia. Leemos todo el tiempo. La cuestión es establecer cómo leemos y el tipo de lectura que realizamos porque hay lecturas que se realizan de forma oblicua, buscando una palabra o una frase que afirme algo que ya pensábamos desde un inicio. Sin embargo, una lectura cercana, casi miope del texto, encuentra palabras, sentidos, metáforas y significados que no se presentan de forma natural en la lectura oblicua porque las finalidades son distintas. Una asegura lo que ya se sabía, la otra propone algo que ni siquiera se sospechaba que existiera.
En ese sentido, la imaginación juega un rol profundamente definitorio, porque la imaginación es la que propone la disposición del orden de lectura: qué libro leer después del otro y cómo se conectan o separan a través de sus planteamientos. Imaginamos al escritor formulando esas frases, pero también, imaginamos el proceso de escritura, lento y meditado de cada capítulo y así entendemos el proceso de recolección de la información.
Con ello la imaginación activa una sensualidad frente al texto que de otro modo no se encontraría porque veríamos sólo una escritura que expone ideas. Cuando en realidad, la escritura propone algo más que ideas. Es un arte estético porque cada palabra, cada frase, cada capítulo está pensado para sostener la respiración y crear ideas a través de argumentos que se perfilan dosificando la información.
Pero, además de ello, la imaginación propone algo más: una posibilidad hacia la escritura. Eso quiere decir que cada libro leído acerca más al lector hacia la propia escritura. Primero es una escritura mental. Se piensa como si se estuviera escribiendo por dentro. Como si la mente fuera una resma de hojas sobre las cuales nuestra voz interior va escribiendo. Luego esa misma escritura mental forma pensamientos con los cuales interactuamos en el mundo. Accionamos conforme a las ideas que nos creamos del mundo y sobre las razones que sobre el mundo diseñamos.
Eso da pie a otra faceta de la escritura, donde la escritura ya no es ni mental ni transmitida por medio de actos, sino a través de otras palabras. Entonces, el lector empieza a escribir en un cuaderno, en una máquina de escribir, en un teclado de computadora. Da vida, a su propio libro. Al libro que faltaba en su librero, al libro que desea leer.
Porque eso es verdad: el escritor siempre será el primer lector de su propio libro. Y por ello el libro tiene tanto de deuda con sus lecturas como con la impresión que le generaron esas lecturas. La escritura como la vida, es la respuesta frente al desequilibrio estético del mundo.