Claudio Ferrufino-Coqueugniot
Sentarse ¿qué día era? en la plaza principal de una ciudad que fue pequeña, y que se restringe ahora a mis gustos, eludiendo la urbe extendida al sur, hacia otrora campos de cultivo y bosques preciosos. Dominio del yermo, del polvo, del avasallamiento de tierras también y la falta de políticas públicas urbanas y rurales, aparte del eterno desgobierno de esta tierra huérfana. No Man’s Land, ya sea la región desconocida o la que al no ser de nadie supuestamente puede ser tomada por cualquiera. Vaya con los pequeños grandes placeres…
Sentarse, decía…
Recorriendo libros usados en puestos de calle, he ahí un placer; discurrir por volúmenes leídos hace décadas de Dominique Lapierre y Larry Collins. Treblinka, de Jean-François Steiner. Paso un par de Solzhenitsin. Los miro porque siguen siendo un portento. Muchas obras nacionales, algunas de educación cívica y leyes. Históricas y pseudohistóricas. Colecciones Reno y Arca de Papel.
Converso con Richard y pregunta de mi sobrina Zara. Le cuento que la visité en Lyon el año pasado. Y a la bella Renata, su hija, y a Pedro, su esposo. Mi hotel estaba en medio del barrio árabe a unas cuadras de su edificio, antiguas piedras convertidas en departamentos más o menos modernos. Francia no es Estados Unidos. Ni viceversa. Cada cual a lo suyo.
Cada mañana dejo el hotel y al salir torno a la derecha, camino veinte metros y entro a un local argelino de medio pelo pero con una exhibición de comidas fantástica. Dulces, aunque la mayoría saladas. Nada mejor que café con leche y pizza sintiendo la brisa del Ródano. Hay otras opciones cuyos nombres ni pregunté. Lo visual me decidía y no me equivoqué ni una sola vez en los días que estuve. Por supuesto no hubo problemas de discriminación y caminaba entre ellos como otro más. Con parada obligatoria, cerca de la entrada del metro, en la tienda de recuerdos ucranianos. A decir verdad no veo el llavero con el mapa de Ucrania que colgaba de la oreja de mi caballo persa. Extraño. Poca gente entra aquí y menos se interesan por la estepa y el mar Negro. La muchacha que limpia lo habrá cambiado de lugar. Desde la boca del metropolitano se ve el río, uno de sus puentes principales. Los expendedores ni siquiera me ofrecen droga, perder pólvora en gallinazos. A veces cigarrillos Marlboro contrabandeados. Los cafés están llenos de hombres magrebíes, a cualquier hora del día. Me detengo a tomar un café que no impresiona, solo con ánimo de observación. Prosigo hasta llegar a lo de Zara previo sentarme en la cafetería donde pasa buen tiempo redactando su tesis de Ciencias Políticas. A pocos pasos está la Prefectura, el campo de tortura de Klaus Barbie. Luego cruzo el Ródano hacia la ciudad antigua y me pierdo. Tengo libros que he comprado allí y en Ljubljana para mi amor. Se cubrieron de polvo. Aleph.
La sangre gotea; gotea el agua. Hay cascadas carmesíes entre los hielos de la Antártida y lentos tiburones de mil años. Los caracales con orejas de ala de ave vuelan por el cielo para atrapar su comida. Gerbos y fenecos hacen huella sobre la arena. En eso divago mientras sorbo el brebaje ordinario. Me levanto y voy bajando por la vía del tren hasta donde se hace una curva. Ya veré qué almuerzo, yo que de comida de calle me he hecho fanático. Uno por pobreza y otro por sabor. Así fueron los años. Me acomodo en un banco y conversamos en español con un nigeriano que emigró al lugar. Cierta iglesia medieval atestigua este encuentro de extranjeros a un paso del Saona. Cuento las gotas de sangre y me detengo en veinticinco porque no hay lógica en mi acción. Caerá cuando tenga que caer y se vaciará mientras yo duermo.
Me he desviado tanto del tema a tratar. Parezco mi automóvil Subaru resbalando en el hielo de las colinas de Denver. En la bajada de Holly hacia la avenida principal. Pesadilla a medianoche, sin socorro ni testigos. Dando tumbos y rezando con que no se destroce una llanta. El perro lastimero ha comenzado a aullar, señal de mejor acostarse y leer más sobre Irlanda e Inglaterra del siglo XVIII, punto en donde retorno a lo que tituló este texto. En Barry Lyndon, de William Thackeray. Leí su voluminosa novela La feria de las vanidades en épocas en que me nutría de Dostoievski y Hugo, de Walter Scott y Bulwer-Lytton. Hasta me acuerdo la librería en que la adquirí, en la avenida General Achá, antes de entrar a mis clases de francés.
Nada como los británicos para deleitar con la maestría de su prosa. Siempre es intenso, ya sea en Thomas Hardy o, como ahora, en William Makepeace Thackeray. Casi a escondidas llevé mi nueva adquisición y descansé en un soleado banco con un haz de sombra para cubrir las páginas y poderlo leer. Alrededor la ciudad cobriza, un Hong Kong andino de dimensiones cada vez mayores. Con el tiempo no habrá espacio ya para sentarse, lustrarse los zapatos. La multitud va tomando de a rápido cualquier rincón. Domingo en la tarde que solía ser tranquilo se ha convertido en una tromba humana que devora y caga, que besa y toquetea. Pueblo joven y cachondo, sin nada de inmaculado. Me guarezco en la casa del dios de los jesuitas y a la vera del santo guerrero leo en el celular mensajes y me nutro de bizarras noticias de esta rara geografía que me circunda. Vuelvo a Barry Lyndon…
Ni hablar del filme que es uno de los mejores que he visto en mi vida y que tengo en los distintos formatos que la modernidad va creando cada vez. Obra maestra de Stanley Kubrick. Por ahora me quedo en la obra escrita, en el placer de verla entre montón de libros desvencijados. Y leerla, por supuesto, todavía hoy, días después, antes de hacer una tradicional siesta cochabambina olvidando los avatares de la supervivencia.
Uno que otro albañil trabaja a destajo. Prácticas estajanovistas que en la emigración servían de mucho, que se hacían moneda contante. Martilleo del trabajo que me suena dulce. Eco en las paredes de un gran departamento solitario. Fina ironía de letras isleñas. Llaman a una modorra que ahoga el eco tenebroso de las huestes del cervecero Cromwell marchando y segando vidas.