Lo dijo Mark Twain con lucidez: la historia no se repite, pero rima. Evoco esa cita clarividente porque la atmósfera que Alcides Arguedas narra en el tercer volumen de su Historia de Bolivia resuena con trágica simetría en el escenario instaurado por el denominado Proceso de Cambio (2006-2025): un caudillo todopoderoso ungido por el mito, cortejado por una corte vulgar y sedienta de dinero y dominio. La plebe en acción narra la tragicomedia de una nación confinada en las asperezas andinas, abandonada al arbitrio de chusmas alevosas y desprovista de toda bitácora. Bien podría decirse que habitaba un bajel a la deriva, tripulado además por marineros bellacos. Ante tal espejo, un lector atento de aquella obra y conocedor de Bolivia, no puede sino descubrir las funestas analogías entre las brumas decimonónicas y los tiempos que hoy corren.
Pese a que las crónicas de la época sugieren que el «Tata» Belzu no adoleció de la pobreza intelectual de un Evo Morales o un Luis Arce, se percibe que el orden inaugurado por el vencedor de Yamparáez compartió con la «Revolución Democrática y Cultural» los mismos estigmas: la improvisación, la demagogia, el autoritarismo y un prebendalismo voraz. Hoy, aunque la sociedad boliviana —particularmente la del occidente— navega formalmente en las aguas de la modernidad democrática y la era digital junto a las naciones del primer mundo, preserva con celo arcaico esos atavismos antidemocráticos propios del mundo premoderno: un territorio intuitivo gobernado por el caudillismo y la beligerancia fratricida.
La burocracia del Ejecutivo durante el ciclo azul no solo cosechó infamia por su corrupción desmesurada, sino por su proverbial inepcia. Al igual que bajo el mandato de Manuel Isidoro Belzu, el Estado reclutó a una nutrida masa de parasitismo administrativo que hacía gala de una alarmante chatura moral, ligada a una indigencia cultural supina. Durante el auge del masismo, la degradación fue tal que algunos de sus cuadros eran incapaces de leer de corrido.
El mal no fue exclusivo del Ejecutivo; infectó con igual saña al Parlamento. Incluso hoy, el hemiciclo permanece poblado por voluntades desérticas en oratoria y dialéctica, cuyo bagaje intelectual asombra por su miseria. Refiere el autor de Raza de bronce que en los años belcistas el Congreso se infestó de pobres diablos salidos de la nada, sin ninguna reputación intelectual, industrial ni política. Asimismo, como se constata en el transfuguismo de los actuales diputadillos en funciones, se puede asegurar que las viejas artes altoperuanas continúan vigentes. Narra Arguedas: «…Belzu sólo estaba acompañado de la chusma y de contados hombres de bien, porque los más de sus adeptos eran esos situacionistas de todo linaje que siempre acompañan a los que surgen y se imponen, seducidos por las perspectivas de la ganancia segura y de la inmediata figuración…».
Además de todo esto, leyendo La plebe en acción se percibe que hay un vacío histórico que el siglo XXI no ha logrado colmar: la ausencia de una aristocracia pujante, una élite dirigente con visión de patria. Ya en enero de 1851, desde el frío exilio de Tacna, el preclaro Tomás Frías trazaba un diagnóstico desolador pero certero sobre el caos boliviano y la inexistencia de una clase ilustrada que tomara las riendas del destino nacional: «En cuanto a familias que se distingan por la inteligencia o la ilustración de sus individuos, ¡ojalá las hubiera! La ilustración no pasa entre nosotros del grado que en otras partes se estimaría por insuficiente medianía».
Resulta fascinante y un poco doloroso hallar estos paralelismos en la historia, esa gran maestra de los pueblos que, sin embargo, es ignorada por los políticos del Tercer Mundo y, desde luego, por las masas incultas o, como se habría llamado en los tiempos de Arguedas, por la plebe.
Ignacio Vera de Rada es politólogo y comunicador social