Gisela Derpic Salazar
Ni mencionó ese nombre el ama de casa minera en la charla con la aún universitaria. Quería saber de asuntos políticos y económicos para ir al congreso obrero como delegada de su sector. Que si el plan de emergencia, la traición del gobierno, el salario mínimo vital con escala móvil, la cogestión obrera … en fin y sin fin.
Sobre tan extraño contenido hablaron largamente las dos mujeres en aquel centro minero/histórico marcado por el machismo, la minería, el sindicalismo y las ideologías de izquierda, hierros candentes descargados sobre las conciencias (¿inconsciencias?) de tantas generaciones.
– Gracias, compañera, me has ayudado mucho – dijo Margarita al despedirse.
– No me agradezca doña Margarita, ha sido un gusto para mí – respondió la joven – la esperaré a su vuelta del congreso para que me cuente cómo estuvo.
– ¡He de volver!
Así fue días después. Tomando un café en medio del humo de los cigarrillos que fumaba la estudiante, retomaron la charla. Esta vez menudeaba un nombre: “Don Juan”. Sonaba al Tenorio de Zorrilla, famoso seductor que se mofaba de los patrones y prejuicios.
– Desde el momento mismo de la inauguración comenzaron a hablar de “Don Juan” – dijo Margarita – acusándole de todo y de nada, echándole la culpa, como si solito hiciera las cosas… ¡Grave!
– Pero ¿él estaba allí?, ¿respondió a esas acusaciones?
– ¡No! En su ausencia le decían todas las cosas, por su espalda. Hablaba el uno, le decía de todo; seguía el otro, igual… sin faltar ni uno, toditos parecían enseñados.
Y ensañados, por lo visto, pensó la joven.
– Como disco rayado, en la mañana, en la tarde… en las plenarias, en las comisiones, igualito – reiteró – delegados de todos los lugares y de todos los partidos.
– ¿Cómo se enteró de eso doña Margarita?
– Al principio no me ubicaba, pero después, de escuchar tanto, me he dado cuenta cómo hablan los de un partido y los de otro; así que ya les he ido reconociendo pues… Lo único que decían igualito, era contra él, contra “Don Juan”. Ahí sentadita en un rincón, he escuchado y escuchado, hasta que me he convencido de que “Don Juan” iba a ser botado de la organización porque es un diablo, y porque los del partido comunista, los del POR, del MIR Masas creo que se llama… los del PCML, ¿los chinos, no?, aquicito me he anotado para no olvidarme –sacando una libreta de su cartera – clarito le querían sacar. Y me moría de ganas de verle, de conocerle, pero nada. “Ya debe saber que le van a botar, se ha debido escapar antes de que le boten”, pensaba.
Mientras hablaba sus ojos vivaces se perdían en un punto inexistente de la pared, dando la impresión de haber vuelto a la sede del congreso.
– Un día, dos, tres, cuatro, ¡cinco! Ya se tenía que elegir a los nuevos dirigentes nacionales, así que yo he creído que ese día iban a mandarle al infierno a ese “Don Juan”. Quietita y callada, bien sentada en ese rinconcito que me agarré, casi me estaba durmiendo, aunque seguían discurseando a gritos. De repente he escuchado un ruido raro, ¡brunnnnn! – onomatopeya perfecta en su voz femenina.
– ¿Qué fue? – inquirió su interlocutora.
– Como si el piso se estuviera levantando, desde atrás, ¡todos los delegados se estaban parando, sus cuerpos al pararse sonaban, y aplaudían!
– ¿Por qué? – adivinando la respuesta.
– Me he dado la vuelta, he mirado: un hombre grande, muy alto, de cabello y bigote blanco estaba entrando… ¡Había sido Don Juan! Todos se han parado, hasta los que tanto le han dicho barbaridades, aplaudiendo fuerte estaban, ¡increíble!
Ovación cerrada, culto de asamblea obrera. Como en interior mina al Tío. Con respeto a su grandeza y miedo a su poder.
– Me he dado cuenta de así le estaban reeligiendo a Don Juan, del que tan mal han hablado hasta dos minutos antes.
– Eso dicen los periódicos. Fue reelegido – sin sorpresa porque era resultado anticipado, seguro.
Relato en voz de mujer, desde abajo y sin cálculo, dando cuenta de la dimensión de “Don Juan”. El del fútbol, de los mineros, de los obreros. Picaflor que sobrevuela en las páginas escritas por su más amoroso cercano, donde se quedó, por los siglos de los siglos. Seductor, jugador de futbol y dirigente sindical. Irreemplazable. Imperecedero.