Christian Jiménez Kanahuaty
El conflicto es el motor de la historia y los sujetos que la articulan y dinamizan son las clases sociales. Las jerarquías, la explotación y el racismo son sus secuelas cotidianas, formas absolutas a través de las cuales se observan las líneas de continuidad entre un pasado que se funde al presente para no morir mientras el futuro pugna por hacerse real.
En sociedades con una condición cultural múltiple, donde los tiempos políticos e históricos se suceden en simultáneo y en muchos planos también las formas económicas se organizan de variadas maneras el problema del conflicto es constitutivo. Esto ocurre porque cada formación social tiene sus propias dimensiones políticas y económicas a las que responder por una línea de continuidad histórica y cultural que no se rompe con el establecimiento que ningún gobierno.
Pero estas formas múltiples de organizar la economía y administrar el territorio se adaptan a la democracia para lograr canales de comunicación válidos con el poder político y así tener opciones de construir políticas públicas. La participación social, barrial, comunal y vecinal en la elaboración de un destino compartido es uno de los factores de por qué todavía se cree en la democracia.
Y es también una de las variables que explica el por qué en estos momentos de crisis institucional en Bolivia muchas voces que reclaman pacificación, diálogo y soluciones, ahondan en los principios de la democracia: respeto, tolerancia, reconocimiento del otro y, sobre todo, esperanza y buena voluntad para crear canales de comunicación entre adversarios.
El problema de los principios de la democracia es que soportan el peso de la multitud convirtiéndola en una unidad. Resumen la diferencia a través de consignas que logran consolidar estados de bienestar anclados en prácticas normalizadoras de la diferencia. A la democracia no le gusta del todo la diferencia, aunque la pregona. La democracia no es un gobierno como tal, sino el resumen de una forma de administrar poblaciones, territorios y recursos naturales; todos ellos se hacen numéricos para convertir numéricamente lo general en universal.
Y cuando se reclama unidad, respeto, tolerancia y diálogo, lo que se establece es un pacto con el orden establecido y se propone continuarlo por todos los medios posibles, incluso a cosa del propio deseo de la gente por más opciones o por otro tipo de mejores días. La democracia a traviesa los cuerpos cuando fija en la mente de los ciudadanos que la democracia debe articular y unificar todas las voces porque es el sistema de gobierno que ´puede ser perfeccionado con la voluntad de todos. Pero cuando se dan conflictos, lo primero que salta es que hay que someter al conflictivo, encarcelar al subversivo y silenciar al que piensa diferente. A nombre de la democracia también se han suprimido intereses concretos que de haberlos escuchado el conflicto no se hubiera generado.
A pesar de ello, la cuestión radica en la forma en que la construcción política de las sociedades subsume en su interior la diferencia territorial, administrativa y económica y la enfrasca en una norma que pretende ser original y responsable, y que en apariencia es el resultado de una concertación, cuando en realidad, la concertación sirvió para volver a encajonar las demandas múltiples de la diversidad en un solo esquema de realidad.
Es por ello que la democracia empieza cada vez más frecuentemente y con mayor grado de intensidad a explotar por dentro. Porque no hay que equivocarse, el mal estar de un gobierno es un síntoma. No es la enfermedad en sí misma. Si así fuera la solución sería muy fácil: con cambiar de gobierno bastaría. Y no tan fácil. Lo sabemos.
Así que el tema pasa por el modo en que se construye el futuro sobre las bases de un pasado que está muy presente.
El verdadero problema es que la democracia y el liberalismo de corte occidental no funcionan en sociedades con una composición social, cultural y territorial tan diversa. Porque todas las formas de organización política no se resumen en un partido político. Tampoco todas las economías participan activamente del mercado bajo la lógica capitalista. Ni siquiera todas las culturas desean ser visibilizadas, aunque sí reconocidas.
Este escenario no ha sido desarrollado con creatividad y responsabilidad política porque es verdad que resulta más fácil aglutinar todo dentro de un molde ya fabricado de antemano. Sin embargo, hoy por hoy, el molde está roto y los que se quejan, no tienen mejor idea que tratar de parcharlo con cinta adhesiva. Porque no son otra cosa sus llamados a la paz, al diálogo, a la tolerancia, el reconocimiento del otro y la concertación.
Esas muletillas son funcionales a un sistema que se sostiene sobre esa base para generar más exclusión porque reduce la fuerza de la multitud en una casilla electoral o en una política pública o en un ajuste salarial. Así que cuando los sectores golpeados por la crisis y más críticos a los partidos y los gobernantes hacen el llamado a estas muletillas, lo que están haciendo es reforzar el verdadero rostro de la democracia y del poder político. Son funcionales a que se reorganice el poder sobre nuevas bases sin cambiar siquiera nada en su interior.
Así, lo que se presenta es un escenario mucho más complejo porque está atravesado de condiciones sobre las cuales la democracia es la última trampa que impide la construcción de una nueva forma de organización social y política. La verdadera acción de una Asamblea Constituyente debió ser alumbrar esa forma y no intentar el perfeccionamiento de viejas instituciones dentro de un espacio de aparente modernidad y modernización institucional y económica.
Es la forma del Estado y su tradición democrática lo que no está funcionando en el país y esto a los analistas y lideres de opinión les da miedo, y es normal, porque si el juicio es este y la evidencia lo demuestra queda por pensar cómo hacer el cambio de forma de organización política, pero ellos saben que cuando se intentó hacerlo los resultados han sido mucho peores, por ello, son conservadores y reaccionarios al cambio.
Pero lo que olvidan es que el propio Estado también fue en algún momento de su historia una forma poco conocida y deseada para las nacientes organizaciones políticas, y el Estado no se hace vigente porque haya funcionado, sino que es la representación de un poder económico disfrazado de poder político que a través de la propaganda y el exterminio y exclusión de la diferencia se sobrepuso sobre las demás formas y opciones de organización social y política.
El Estado no tiene por qué ser el horizonte de llegada, puede simplemente ser un espacio de salida hacia algo más grande y complejo.
Cuando esto ocurra recién se podrá establecer desde la creatividad institucional, jurídica, política y militante otro tipo de horizonte. Y este horizonte debe reconocer, como primer punto, su tarea de organizar la vida colectiva y que la multiplicidad de sentidos, historias, culturas, economías y organizaciones territoriales es una potencialidad y no un lastre. La tendencia hacia la igualdad como homogeneización no es una salida coherente en un territorio cuya mayor virtud es la diferencia.
Este reconocimiento dará pie a otra forma mucho más compleja de organización, y esa forma tendrá modos diferentes de asumir la redistribución y la satisfacción de necesidades básicas a través de complejos procesos de toma de decisiones. Pero, ante todo, no suprimirá la diferencia a nombre de las generalizaciones y la estadística.
El presente se resiste a ser futuro cuando sus instituciones no se hacen carne de lo concreto del cambio social y pugnan por mantenerse como siempre fueron. El presente es cambio y su constante es la transformación. Pero el Estado no desea reconocer esta dinámica porque no le conviene perder privilegios. Sin embargo, se olvidan que haciendo un cálculo estratégico, con la crisis, los conflictos y las revueltas y cuestionamientos a su autoridad, en el largo plazo, pierden mucho más que aquello que han ganado. El poder tiene la vista chata y es miope frente a sus propias posibilidades. Porque tiene miedo a ser de verdad un poder. Porque el poder cuando es poder no mide limites ni consecuencias y actúa con coherencia para romper toda institucionalidad y formarla a su imagen y semejanza.
Pero el poder en Bolivia es un poder tibio, anquilosado en privilegios minúsculos, que en perspectiva le dan amplias garantías en un Estado como el boliviano. El poder político existente en Bolivia es un poder que no actúa porque no tiene un plan de contingencia, y tampoco actúa porque no sabe dónde quedaría si de verdad ejerciera toda su dominación. El poder, entonces, es calculador, es burocrático y poco efectivo. Se cuida las espaldas, y mientras más lo hace, más poder pierde. En esta paradoja es que se encuentra el futuro en Bolivia.
Atrapado entre las manos de gobernantes que ni siquiera saben qué es gobernar. Angustiado por que no hay dirección ni eficiencia en la toma de decisiones, perdido porque cuando reclama algo llamando a la paz, tolerancia y respeto, refuerza aquello que intenta criticar; y está, ante todo, perdiendo espíritu de cuerpo, porque todo Estado que no encuentra su anclaje a tierra, pierde su orientación histórica, que es otro modo de decir: su modelo de desarrollo y el modo en que administrará sus recursos.
Este es un Estado que pugna por quedarse sin historia. Y lo hace tan bien, que, hasta sus gobernantes, cada quién a su mamera, se presentan como los últimos. Como aquellos que resolverán todo y ahí habrá quedado todo. Ningún gobernante mira al futuro y es porque para ellos, el futuro no existe ni siquiera como posibilidad. Porque no se visualizan en él y esta es una de las explicaciones del por qué existen tan pocas memorias, biografías y autobiografías de los líderes políticos y presidentes de Bolivia.
El respeto, la tolerancia, el diálogo, en su faceta instrumental de la democracia, llevan a esa nulidad del futuro. El presente se extenderá tanto como una banda elástica y resistirá tanto como el hambre y la orfandad de la población.
Y mientras más miserable sea la población, más cimientos y refuerzos momentáneos se le pondrán a la democracia y así será siempre. Porque cuando se resuelva esta crisis, vendrá otra y luego otra y después elecciones y será como un respiro y un compás de espera, y de nuevo el ciclo volverá a comenzar.