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Monseñor Galván y el deber de la Verdad

La Iglesia católica no está llamada a hacer política: su misión es pelear el buen combate por el Reino, que es más grande que esta mezquina existencia terrenal llena de tristezas e ideologías pasajeras. No obstante, la Iglesia sí defiende valores e incluso da la vida por la Verdad en la Tierra. Podría decirse que el Evangelio —que en las épocas de las antiguas Grecia y Roma anunciaba generalmente una victoria militar— es una lucha hasta el suspiro final del hombre: un combate por Cristo, que es a la vez la Verdad; ese hombre por quien vale la pena dar la vida.

El llamado a dar la vida por la Verdad significa entregarla no solo por lo que es Cristo en la Biblia, sino también por todo aquello en lo que él está presente: es decir, todo lo que se descubra a través de la guía del Espíritu Santo y el trabajo racional e investigativo del ser humano. Como decía el papa Benedicto XVI, no existen varias verdades, sino una sola, inmutable e indivisible. Por tanto, las certezas de la ciencia, la realidad histórica, la axiología o el arte de la organización de las sociedades (que llamamos política) también forman parte de aquella Verdad trascendental y única que nos excede y nos invita a descubrirla. Por consecuencia, un miembro del redil cristiano está no solo invitado, sino obligado a defender esas certezas que se descubren mediante el permanente esfuerzo científico y racional guiado por Dios.

Hace unos días, con motivo de los conflictos sociales que se viven en Bolivia, el arzobispo de La Paz, monseñor Percy Galván, se pronunció indicando que el país necesita un estado de excepción con foco en el Chapare, epicentro de la producción de droga. Como era de esperarse, la declaración cayó mal en sectores izquierdistas de variado tipo. Lo interesante fue cómo contrastó con el silencio que hasta entonces había guardado la Iglesia, la cual no se ha pronunciado con contundencia sobre los fallecidos por los criminales bloqueos de caminos. Así, a diferencia del presidente de la Conferencia Episcopal Boliviana, que promovió diálogos con los sectores sediciosos, el clérigo Galván dijo una verdad incómoda e impopular, yendo en contra del buenismo sostenido por organizaciones de DDHH, políticos de izquierda o centro, medios progresistas y aun religiosos católicos con tendencias izquierdistas o simplemente tibios: hay que actuar “con todo el rigor de la ley”.

Como la Iglesia es santa pero también pecadora (es decir, imperfecta), no es raro que en ella haya religiosos timoratos que no se atreven a arriesgar su reputación por afirmar verdades que resulten “acartonadas”, “de derecha” o “conservadoras”. En realidad, no los juzgo, porque sé que el linchamiento digital de quienes creen ingenuamente en ideologías pasajeras vinculadas al progresismo, el feminismo, el consumismo o el globalismo, puede ser despiadado. Pero, así como no deseo juzgar, sí quiero elogiar la actitud de monseñor Percy Galván, que, sin hacer política partidaria ni decantarse por ideologías humanas, dijo sin pelos en la lengua lo que hoy necesita Bolivia, criticando a los bloqueadores insurrectos a pesar de que algunos ingenuos tildaron su postura de derechista o militarista.

La Iglesia católica, institución milenaria y de mucho peso en el mundo, no puede caer en el relativismo ni en el buenismo, porque la Verdad no cabe en ninguno de ellos. La iglesia de Cristo requiere de pastores y líderes como Percy Galván: no temerarios, pero sí valientes; no irrespetuosos, pero sí honestos con su conciencia.

En su homilía del domingo 7 de junio, el monseñor relató: “Cuando los periodistas me preguntan qué hizo la Iglesia hasta ahora por los conflictos, yo les respondo: ‘Estamos orando’”. Respuesta cabal, ya que los hijos de Dios no actúan por fuerzas propias —como lo hacen generalmente los políticos— sino con la asistencia del Espíritu Santo, que posibilita el milagro de la conversión. Y ese Espíritu los lleva, a diferencia de lo que ateos y agnósticos creen, al pensamiento crítico y al discernimiento. O sea, a la razón. Y es esa facultad racional la que les permite saber qué es lo menos malo en la política y cuál es el camino que deberían seguir.

Quisiera terminar diciendo que tengo el orgullo de haber sido confirmado en la fe católica por este religioso singular y de espíritu firme. Recuerdo que, cuando por el gafete que yo llevaba el arzobispo supo que yo me llamaba Ignacio, en el momento del sacramento, me miró y me dijo: “Que seas un soldado de la fe, como san Ignacio”. En algún momento, Ignacio colgó su espada ante la Virgen de Montserrat y comenzó a dar ese buen combate del que habla Pablo. Y por esa lucha vale la pena vivir.

Ignacio Vera de Rada es politólogo y comunicador social

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