Un grupo de sublevados que expresamente prefiere que se muera el paciente antes de cruzar una carretera bloqueada. Un camión de oxígeno sanitario que llegará a destino seguramente cuando ya muchos de los pacientes pasaron a mejor vida. Un policía que es brutalmente agredido en cumplimiento de su deber. Un ejército de madres desesperadas ante los precios y la escasez de alimentos.
No cabe duda que el conjunto de la sociedad boliviana tiene sus propios trazos y nexos de solidaridad y de unión hechos pedazos, como hechos pedazos están las instituciones que diezmó la dictadura masista.
¿Cómo es entonces posible reconfigurar el lazo social en una comunidad donde la institucionalidad y la moralidad colectiva han sido deliberadamente pulverizadas? Seguramente devolveré a los bolivianos la certeza de que todos pertenecemos a la misma esfera, que nuestras diferencias no se inscriben en el protocolo de odio que nos legó el masismo.
Que las diferencias que nos separan solo reinan in los imaginarios ideológicos de una izquierda fracasada acá y en todo el planeta, y que esas demostraciones de fuerza que se lucen victoriosas en las calles y avenidas de nuestras ciudades solo expresan el poder del narcotráfico y que están muy lejos del ciudadano de a pie.
Esta fractura del nexo social, esta crisis de los valores que configuran la identidad nacional y que finalmente nos definen como bolivianos, hoy se expresa en un odio incomprensible teñido de raza, clase, ideología y terruño.
Ese ideario de la izquierda clásica, ortodoxa, que le encanta repetir como credo dominicano a Evo Morales y sus acólitos “progre”, o aquella prédica que agazapada en el pasado sigue atribuyéndonos una colonialidad de la que nunca fuimos generacionalmente parte.
O esa violencia desenfrenada que muestran los manifestantes y los bloqueadores, son la herencia no solo del evismo resucitado, sino, también del socialismo del siglo XXI que, ante el fracaso de las teorías basadas en la desdibujada lucha de clases, y ante el éxito inapelable de la modernidad capitalista y la debacle vergonzosa de las izquierdas fracasadas, echan mano de cualquier contradicción para transformarla en un bastión de odio y enfrentamiento.
Vivimos pues el momento en que la izquierda derrotada por la historia inventa incendios y pretende “incendiar praderas” al mejor estilo de Mao o, si no, vencer por hambre, como lo hizo Stalin con Ucrania en 1932. Holodomor es el nombre de ese crimen que se llevó 3,5 millones de ciudadanos todos murieron por inanición al interior de un pequeño país cercado por el poder estalinista.
Estas son las verdaderas dimensiones de este intento de doblegar la ciudadanía y suprimir la democracia. No son otras, y, en consecuencia, nos aproximamos a un punto en que las contradicciones pueden alcanzar proporciones epocales, la fórmula mágica en la búsqueda de una solución duradera es, sin duda, la intervención oportuna del Estado.