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El jaguar, la invasión y la deuda con la naturaleza

Las imágenes del joven jaguar asesinado en Guayaramerín conmocionaron al país. No solo por la violencia con la que fue abatido, sino porque reflejan la equivocada creencia que la fauna silvestre invade el espacio humano, cuando en realidad somos nosotros quienes hemos invadido el suyo.

Los videos muestran a un animal desorientado, asustado y vulnerable. No atacó a las personas ni mostró el comportamiento agresivo que muchos atribuyen a esta especie. Al contrario, parecía buscar refugio. Algunos especialistas señalaron que, por su comportamiento, podría haber tenido contacto previo con seres humanos o tratarse de un ejemplar joven que no desarrolló plenamente sus instintos de defensa.

El jaguar (Panthera onca) es el felino más grande de América y el principal depredador de nuestros bosques. Su presencia garantiza el equilibrio de los ecosistemas amazónicos, chaqueños y chiquitanos. Cuando desaparece un jaguar, también se debilita el bosque que regula el agua, captura carbono y alberga cientos de especies.

No es casual que esta especie se encuentre cada vez más cerca de comunidades humanas. Somos nosotros quienes hemos reducido dramáticamente su hábitat.

Los incendios forestales de 2024 dejaron una de las peores tragedias ambientales de la historia de Bolivia. Según el Instituto de Investigación Forestal de Bolivia (IBIF), 10,8 millones de hectáreas fueron consumidas por el fuego, de las cuales 6,8 millones correspondían a bosques. Solo Santa Cruz y Beni concentraron el 95 % de la superficie afectada.

La destrucción no solo terminó con los árboles. Especialistas estiman que más de 10 millones de animales murieron durante esos incendios, entre ellos mamíferos, aves, reptiles y anfibios. Miles de ejemplares sobrevivieron, pero perdieron su alimento, refugio y corredores biológicos, obligándolos a desplazarse hacia zonas pobladas en busca de agua y alimento.

En este contexto, la presencia de un jaguar en una vivienda no debería sorprendernos. Lo verdaderamente sorprendente sería que nunca aparecieran.

A esta tragedia se suma la expansión constante de la frontera agrícola, la ganadería extensiva, la minería, la apertura de caminos y los asentamientos humanos. Durante décadas hemos desmontado y fragmentado los bosques donde habitan especies emblemáticas de nuestra biodiversidad.

Por eso resulta equivocado afirmar que el jaguar «entró a una casa». La realidad es exactamente lo contrario, la casa fue construida en un territorio que durante siglos perteneció al bosque.

Bolivia cuenta con leyes que protegen la fauna silvestre. La Constitución Política del Estado reconoce el deber de conservar la biodiversidad. La Ley del Medio Ambiente (Ley N.º 1333), la Ley de Derechos de la Madre Tierra (Ley N.º 071) y la Ley Marco de la Madre Tierra (Ley N.º 300) establecen la obligación del Estado de proteger los ecosistemas y las especies amenazadas.

Asimismo, el Tribunal Agroambiental recordó recientemente que el jaguar cuenta con medidas cautelares ambientales de protección y exigió una investigación para esclarecer su muerte y establecer responsabilidades. Este pronunciamiento deja claro que no estamos frente a un hecho menor ni aislado, sino ante una vulneración de una especie cuya conservación constituye un interés público.

Pero este caso también plantea responsabilidades que van más allá de quienes dispararon. ¿Dónde estaban las autoridades ambientales? ¿Existían protocolos municipales para rescatar un animal silvestre? ¿Recibió la población orientación sobre cómo actuar frente a un jaguar asustado?

En municipios amazónicos donde la convivencia con la fauna silvestre es permanente, resulta indispensable contar con brigadas especializadas, veterinarios, guardaparques y mecanismos de respuesta inmediata. La improvisación nunca puede ser la respuesta.

También la comunidad está llamada a reflexionar. La manera en que tratamos a los animales revela el tipo de sociedad que somos. La empatía no debería limitarse a perros y gatos. También debería alcanzar a los seres silvestres con quienes compartimos este territorio y de los cuales depende el equilibrio de nuestros ecosistemas.

La muerte del jaguar de Guayaramerín simboliza algo mucho más profundo que la pérdida de un animal. Es el reflejo de un modelo de desarrollo que continúa permitiendo la destrucción de bosques mediante chaqueos, incendios, desmontes y expansión desordenada de la frontera agrícola.

Cada hectárea de bosque que desaparece obliga a más animales a acercarse a nuestras comunidades. Un incendio destruye hogares que tardaron siglos en formarse y un jaguar muerto empobrece el patrimonio natural de Bolivia.

Proteger al jaguar no significa proteger únicamente a una especie emblemática. Significa conservar millones de hectáreas de bosque, preservar fuentes de agua, proteger la biodiversidad y garantizar el equilibrio ecológico del que también depende nuestra propia supervivencia.

Quizá la pregunta no sea por qué apareció un jaguar en una vivienda de Guayaramerín, porque cuando un jaguar llega a una ciudad, no es él quien perdió el rumbo. Somos nosotros quienes hace tiempo perdimos el respeto por la naturaleza.

El jaguar no murió porque era una amenaza. Murió porque nosotros nos convertimos en la mayor amenaza para su existencia.

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