Hugo Padilla Monrroy

Coronaba el año 1714, cuando Don León Robledo de Fuentellana, Conde de la Villa, casó con la Dña. Antonieta Luna, descendiente de la Casa de Mendoza y vecina también de la villa, sus padres dueños de vastos viñedos, de ese matrimonio nació María de los Ángeles y Clemente, familia de origen castellano, ligada de manera algo lejana a la corona, de holgada situación patrimonial.

Atraídos por las buenas nuevas de la conquista de un nuevo mundo, donde se pregonaba que, todo era riqueza y holgura de vida, se embarcaron en el puerto de Cádiz, con la ambición de obtener nuevas oportunidades, la posibilidad de obtener un título mayor de nobleza, considerando que se creó por esos años el Virreinato de Buenos Aires, sabedores que esas nuevas tierras pródigas, eran fuentes de minerales preciosos que, cundían los cerros de esas ubérrimas latitudes, con bosques poseedores de riquezas naturales en gigantes árboles, bellas aves, innumerables especies de animales salvajes y peligrosos reptiles, amenazas perennes a los habitantes y vivientes de esas latitudes, un prometido paraíso terrenal.

Luego de tres meses de navegación con los peligros de los grandes mares que debieron cruzar, arribaron al puerto de la Santísima  Trinidad del Buen Ayre en el año 1737, prosiguiendo su ruta en busca de sus destinos, por sus ambiciones adicionales por haber recibido la promesa de ser Gobernador de las nuevas tierras conquistadas al norte de la Reducción de Santa Cruz, esa aventura con deseos de conquistas, acompañado de su familia, ingresó en las tierras de los llamados Musus, (Mojos – Moxos), siguiendo la ruta sugerida por navegación del gran río que luego se llamó Mamoré, llegando a establecer dominio en la primera misión denominada de la Santísima Trinidad, donde adoptaron residencia, construyeron su vivienda con ayuda de los originarios o neófitos. La vida de la Misión era tranquila, 1280 originarios, son vecinos de siete familias de origen castellano que, hacen veintisiete miembros, con menesteres de administración local encargados por el Gobernador desde San Pedro de Canichanas y dos religiosos que manejan y dirigen los destinos de la comunidad, en organización de labores comunitarias, domésticas, artesanales y religiosas.

El joven Clemente, ayudaba a su progenitor en las labores de la administración civil y familiar de los bienes adjudicados, en la tenencia de campos de siembra, así como la apropiación de alguna ganadería. Joven no muy agraciado en sus facciones físicas por los efectos de la viruela contraída en el viaje marítimo del traslado desde Castilla al Nuevo Mundo; le llegaron la explosión de las hormonas juveniles, se enamoró de una bella, esbelta y agraciada neófita, de edad tierna que rondaba los veinte años bautizada con el nombre de Rosario, hija del capellán del templo, quien fue nombrado por el pleno del Cabildo Indígenal de la Misión. Con los protocolos de la educación gentil de la familia extranjera, ella fue pedida en matrimonio con Clemente, celebrando esa unión que, incluyó a la doncella en la familia del novio, con los valores de la educación, costumbres e incluso con la aplicación de la vestimenta gentil.

Clemente era un joven ambicioso, influido por la educación recibida en su patria, en un colegio y monasterio jesuita vecino a los dominios de los patrimonios familiares, su nueva situación en el nuevo mundo no satisfacía su perspectiva de vida, prefería la comodidad de su tierra y patrimonio natal, por lo que sugirió y pidió a sus progenitores retornar a Castilla, con los pesares de ellos, el nuevo matrimonio de Clemente y Rosario, tomaron el curso del retorno, con una travesía de 30 días de navegación fluvial, 10 días hasta Santa Cruz, luego de una parada de descanso, prosiguieron hasta el Puerto de la Trinidad del Buen Ayre, luego de una espera del Nao Victoria, queluegode75 días de navegación, llegaron a puerto ibérico, para luego en cómoda carreta trasladarse a su dominios patrimoniales en Castilla, donde fundaron un nuevo hogar, procreando tres descendientes castizos, dos varones y una mujer, bautizándolos con los nombres de Domingo, Ruy y Lorena. El reinado les confirmó el Condado de Fuentellana, por ello Clemente y Rosario tomaron el título de los Condes de Fuentellana.

La vida de los Condes, siguió la rutina natural del tiempo, la región y costumbres a las que la Condesa Rosario se adaptó con alguna dificultad, lográndolas vencer, su dedicación al hogar, con la atención a su esposo e hijos era siempre pronta y oportuna, adicionalmente sabía manejar y administrar sus compromisos adquiridos por su nueva situación como parte de una realeza a la que se adhirió por efecto del destino y del amor que se prodigaron esa pareja, quizá dispareja, por raza, por costumbres y realidades.

La comunicación mediante las misivas lacradas que, viajaban casi semestralmente entre Castilla y Mojos, las que les trajeron buenas y malas, como la muerte por enfermedades de los padres de la Condesa y también el casamiento de la hermana del Conde Clemente con un oficial español el Capitán Juan de Angulo, trasladándose a vivir a la zona de Ayopaya. Sus padres al verse solos, trasladaron sus ganancias y pertenencias a la ciudad de Cochabamba, donde dejaron sus restos mortales, cobijados en el campo Santo del Convento de San Agustín.

Dios, el destino y la soledad de parentescos que pudiesen apoyar a los Conde de Fuentellana, la lejanía de las tierras de la Condesa Rosario, hicieron de ella, una dama muy fina, gobernaba apoyando a su esposo, que la edad y el tiempo fueron marcando en sus pieles y sus sienes, el correr del tiempo, marcando además el crecimiento de los hijos, quienes de acuerdo a la ley universal de la paternidad y filialidad, marcaron sus caminos:

Domingo, tomó los hábitos de la Orden de los Agustinos, marchando a cumplir su misión evangelizadora al Virreinato del Perú, destinado a la misión de San Juan de Sahagún, consagrando su vida a la evangelización de Los Chunchos, siendo mártir de las flechas de los nativos, en su afán de evangelización.

Ruy, dedicó su vida a los avances militares en las tierras de sus abuelos maternales, siendo protagonista en muchas ocasiones a detener el avance de los portugueses en tierras de sus ancestros y parientes, los primeramente llamados Muyuruanas, luego Mojeños, (de Mojos o Moxeños), sirvió en las filas militares de los realistas, casado con una dama mestiza y cuyo único hijo, llamado Ruy II, dedicó su vida junto a sus parientes neófitos a las virtudes de la música, y labrado de imágenes católicas, en las fieles maderas de las selvas mojeñas.

Lorena, casó muy joven con un joven burgalés, de nombre Lucas, que visitaba las tierras de Castilla, por sus actividades comerciales en las ventas de vinos y aceites. El matrimonio consagrado de Lorena y Lucas, terminó trasladándose a tierras en las vecindades del antiguo Reinado de Burgos, ellos dieron a la vida cinco hijos varones, por cuyas sangres circulaban los glóbulos rojos Mojeños, que son herencia que aportan las llanuras de Mojos a las estirpes europeas, aunque en poquísima cantidad, son signo también de conquista.

La Condesa de Fuentellana, Doña Rosario Cahua de Mendoza, murió viuda en su ciudad de adopción con el dominio de sus propiedades, a una edad muy avanzada, sola del cariño y recuerdo de familiares de sangre, protegida quizá por sus parientes políticos nobles de Castilla y León, siendo inhumana en el Convento de las Mojas de la Caridad y Paz.

Recordemos con este relato ficticio que,Los hijos somos prestados” cada uno busca y escribe su propio destino, no siempre en lares de su nacimiento, sino más bien, donde vivir, morir y ser abono de los suelos de su adopción.

Ciudad de la Santísima Trinidad.

Pintura «De español y mestiza, castiza» de Miguel Cabrera, México, 1763