Gabriel Salinas

El eco nace de las reflexiones que producen las ondas acústicas al trasportarse por el espacio-tiempo, podría decirse, que son los reflejos proyectados desde los cuerpos que reciben el toque del sonido primigenio, y podría pensarse entonces, que el eco es un diálogo de aquello que no tiene voz. Pero, ¿de qué hablan los que no tienen voz?

Hacia finales del siglo pasado, los estudios subalternos repararon en esta cuestión, desnaturalizando la idea ficticia que en el mundo actual, de democracia liberal y capitalismo desenfrenado, todos tengamos una voz inscribible en los espacios de diálogo dominantes; de este modo, se desvelaba el silencio falso de la subalternidad, silencio que no es silencio, sino voces condenadas a rugir en la solitaria marginalización a que las expulsa el sistema dominante, lejos de lo asible, por qué no decirlo, al abismo que se abre al costado del mundo.

Retomamos esta imagen, porque al ensayar un ejercicio hermenéutico sobre el reciente trabajo de Aillon (4000), encontramos dos referencias centrales dirigidas a la tradición poética del siglo XX, y ambas transitan la representación de la subalternidad -de aquello negado de voz que referimos en líneas anteriores. Por un lado, tenemos un guiño al legado de la Generación Beat, por otro, a la politizada poética latinoamericana de mediados del XX, sin embargo, y ahí se vislumbra el carisma de Aillon, estas referencias no se recogen para trasportarlas a un presente subjetivo, en un frívolo juego de citas autocomplacientes; no, por el contrario, la única voz que remite al pasado, es un eco del futuro, que resuena contra toda lógica aún para responder sin la mayor esperanza, solo como reflexión acústica, y nunca como la resolución de una armónica progresión de acordes; sino, como ruido, o mejor, como bulla de palabras, que reviven el desasosiego del pasado, experimentado de modo nuevo y único, en el presente.

La palabra, entonces, es el eco solitario que resuena en inagotables representaciones, del mundo, de nuestros deseos, y de nuestras penas subalternas. Ginsberg clamaba por la estimulación crepitante de “quienes” como él, terminaron “iluminando todas las palabras inmóviles del tiempo” para expresar la evidente cosificación de la conciencia, que subyace a la construcción de la subalternidad. Al otro lado del océano, Blas de Otero escribe al calor de la resistencia política al orden establecido “si he perdido la voz en la maleza, me queda la palabra”, delineando una imagen que insistentemente recuerda que en la peor desposesión, aún puede resonar esa especie de eco -ese, diálogo de los que no tienen voz. De ahí que, Aillon, pero esta vez, el padre y no el hijo, haya escrito “Pido la palabra” en aquella década ya distante, de la revolución nacional. Y hoy, el hijo responda, que “nuestra” soledad es precisamente “un tropel de palabras sin vida” que parecen perderse no a “4000 metros sobre el nivel del hambre”, sino, a “más de 4000 metros sobre el nivel de la locura”.

Entonces 4000 es la marca, la señal, la rasgadura que abre un abismo; ese que devora en un halo de oscuridad intimidante, la distancia inconciliable entre el espacio y el tiempo. 4000 es la piedra de toque que guía a sus lectores, en un viaje por las diversas tradiciones poéticas del siglo XX, de este modo, es la puerta de ingreso en un contexto donde todas las referencias se experimentan, a través de la mirada del presente. 4000 es una medida cuantificable que se aplica a una cualidad no cuantificable, permitiendo al poeta construir una referencia dramática a la presencia de lo imposible, remitiéndonos, a la oscuridad de un abismo y el desasosiego que se experimenta al presenciar la distancia insondable que se abre frente nuestro.

Precisamente, el autor, trabaja la metáfora de la distancia que se abre entre uno y otro, para concluir, en la constatación de la experiencia única de la soledad; de este modo, podemos presenciar una transición que atraviesa su discurso poético, que va de la persona colectiva a la persona individual, es decir, de la solidaridad del nosotros, a la soledad del yo que se dirige al otro, sin poder sortear las barreras infranqueables, de la distancia que separa nuestros cuerpos y nuestras historias individuales.

Finalmente ahí, en la distancia abismática entre espacio-tiempo, la referencia a la tradición del 52, se torna en una postura que desvela la carencia fundamental de las ilusiones de nuestro pasado. Ayer el padre con desenfado reclamaba al mundo, poniendo los ojos en la realidad de “la patria” en pos de un bien colectivo; hoy, el hijo con el mismo desenfado, habla de la experiencia de un boliviano en el mundo contemporáneo y sus lugares comunes (las urbes, el rock, el porno, el amor líquido, etc…), expresando la desilusión respecto a las expectativas del presente, que era un futuro ayer, y no salió como esperábamos.