Apuntes de pandemia desde la Ciudad de México

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La ciudad de México es la cuarta urbe más poblada del mundo, una mega ciudad en la que día a día se mueven veinte millones de ciudadanos, ¡cuántas historias!, alguna vez, alguien me contó que en México es muy fácil tener amantes (sí, la narración fue bastante machista pero me resultó interesante), me dijo, tienes una mujer en una colonia y otra en otra, ellas nunca se conocerán, nunca en su vida se cruzarán y si te sabes mover bien, tampoco se enterarán.

La verdad es que somos tantos los que habitamos esta ciudad que hay miles de personas con las que nunca en tu vida te cruzarás. México es un monstruo con todo lo que ello implica, tiene su encanto, sus historias tenebrosas, narraciones fantásticas, personajes únicos, en fin, siempre hay algo que decir de la ciudad.

Durante este tiempo de la pandemia, la ciudad (como todas las del mundo) se ha transformado, lo que antes eran calles llenas de cantinas, bares, cafés, ahora solamente es asfalto y un paisaje desierto.

Vivo en esta ciudad hace once años, a veces la quiero y a veces la detesto, pero ahí vamos, una relación de amor/odio que nos mantiene vivos y unidos. Gracias a esta ciudad y sus personajes he podido escribir poemas, la forma de hablar de la gente, las historias que me encuentro me han permitido crear y contar historias y poesía que surgen de esta tierra.

Mi día a día antes del coronavirus puede resultar aburrido y nada interesante, mi trabajo se resume en escribir artículos, poemas, en ocasiones dar clases y talleres, trabajos de edición literaria (es decir, leer y escribir), por tanto mi vida es algo solitaria, sin embargo, tenía libertad de caminar mis calles, escuchar conversaciones de la gente cuando me sentaba en algún café a leer, escuchar las aburridísimas conversaciones de los padres de la escuela de mi hijo. Ahora mismo no puedo ir por un café, ni entrar a una librería, tampoco podemos ir por helados o jugar en el parque de al frente de mi casa.

A veces leo el optimismo de la gente que todavía dice: ¡cuando esto pase, viajaré a la playa!, ¡cuando todo terminé iré a todas las fiestas! y ¿cuándo terminará?, cada día caemos en la triste realidad de que esto no terminará, esto no pasará nunca. Tendremos algún momento que enfrentar la realidad y volver a salir pero muchos personajes de nuestro día a día ya no estarán. El otro día nos enteramos de la muerte de Chucho, nuestro antiguo portero. Chucho es un número más de las muertes por coronavirus, al parecer murió en su casa en Chalco,  después de un ataque de tos le dio un infarto. Imaginé una y otra vez su muerte. Vi a su hija y a su esposa. Pensé en lo que le quedaba por hacer y por ver. Su hija se graduaría de ingeniera de la UNAM. Recordé las noches que él iba al metro a esperarla. Recordé al novio de su hija en la puerta del edificio. Recordé que nos cruzábamos cuando todos salíamos por tacos en las noches.

Chucho era el hombre que todos los días desde que mi hijo tenía dos años nos abría la puerta del garaje, soportaba que mis perros ensucien el piso que él tenía limpio desde las seis de la mañana, abrazaba a mi hijo cuando llegaba, nos abría la puerta de par en par para salir corriendo en los sismos. Cuando dejamos esa casa y nos mudamos cerca todavía pasábamos a saludarlo. Chucho había significado en nuestra vida mucho más de lo que creíamos. Con la familia lejos, cualquier cercanía auténtica puede ser hogar.

Siempre que llegábamos de Bolivia le traíamos chocolates Breick; Chucho significó las tardes de primavera en las que salíamos al parque a jugar, Chucho fue parte esencial de la infancia de mi hijo.  No fue su abuelo, ni parte de nuestra familia pero sí alguien que con solo su presencia fue poblando nuestra historia de vida. Así muchos forman parte de nosotros todos los días. El señor de la esquina que vende flores y nunca olvida el nombre de mi hijo; un señor de la basura con el que me saludo todas las mañanas; el de los tacos de canasta frente a la librería Rosario Castellanos que sabe que mi hijo siente fascinación por los tacos de frijol con salsa verde (de la que pica), aunque todavía cree que mi hijo es niña porque tiene el pelo largo.

Si esto sigue avanzando y de pronto un día que salgamos a la realidad ellos no estén me pregunto: ¿cómo habremos de vivir sin nuestros personajes cotidianos?