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La llegada del abuelo

Las lluvias estaban atrasadas. Todos querían lluvias, rogaban por ellas. Pero, desde que empezaron las aguas de marzo, la gente anda asustada. Los ríos están rebalsando, las represas amenazan con explotar, está todo mojado y el mundo está cayendo. Por lo menos los cerros a la orilla de los caminos están desandando y bajan en forma de mazamorra sobre el asfalto.

El abuelo vino a mi casa, llegó de visita con su maletín de cuero, por suerte, su cuarto está listo, esperando su llegada. Cuando abrí la puerta le abracé y pregunté, qué lluvia le trajo. Él sonriente me contestó:

– Ésta lluvia triste que está haciendo destrozos. Me trae mucha nostalgia el continuo cielo nublado y la calle día y noche mojada. Necesito compañía en días tan tediosos.

– Qué bien que viniste! Tu dormitorio te espera y tu presencia evitará que me suicide en estos días grises. – le dije en tono de burla.

– ¿Para qué suicidarse si la muerte llega igual? ¿Viste qué cosas los rusos están haciendo? Matando de canto a punta, con el mismo orgullo de los israelitas. Y el mundo está en silencio, no tiene ojos para tanta destrucción. No tiene boca para decir que paren, pero tienen armas e intereses para alimentar a la barbarie. Siempre fue así, hicieron masacres por territorio, por ideología y lo más irónico, en nombre de Dios.

Mientras el abuelo fue acomodar sus cosas en su dormitorio, preparé chocolate caliente y abrí un paquete de galletas, acomodé en la mesita que se queda al frente de la chimenea que estaba encendida, ya que el cambio climático nos tiene acurrucados de frio en pleno verano. Recordé que cuando era niña mirábamos la lluvia por el vidrio de la ventana comiendo galletas y conversábamos sobre cualquier tema que mi curiosidad de infante inquiriese. Recuerdo que una vez le pregunté, cómo las abejas vuelan si son tan gordas, a lo que el abuelo contestó: 

– El principio de aerodinámica dice que el ancho de las alas de las abejas es demasiado pequeño para sostener su enorme cuerpo en el vuelo, pero la abeja no sabe eso, no sabe nada de física y ni de lógica y aun así vuela. – el abuelo aprovechó el momento para darme una importante enseñanza y continuó diciendo – Esto es lo que todos podemos hacer, volar y ganar en cada instante ante cualquier dificultad y bajo cualquier circunstancia, sin importar lo que nos dicen sobre las dificultades.

También recordé que el abuelo decía que si un amigo tiene celos es un mal invitado. Luego, fui al pasillo a llamar al abuelo para que venga mirar el fuego:

– ¡Abuelo querido! ¡abuelito! –  no hubo respuesta.

Ante el silencio abrí la puerta de la recamara y el cuarto del abuelo estaba intacto, suspendido en el aire. Solo entonces, recordé que ya pasaron ocho años de su partida.

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