Vivimos enredados, es cierto. Hace unas semanas una amiga me comentó que estaba siguiendo una terapia de desconexión. El asunto era sencillo: sólo ver el celular una vez al día y no por más de 15 minutos. “No imaginas lo bien que se siente”, me confesó.
Empecé a contar mi tiempo en red, las veces que revisaba mi celular diariamente, la angustia si en algún momento lo dejaba lejos de mis manos, y ni hablar del pavor de salir de casa sin mi teléfono en el bolsillo. Quedé espantado, caí en cuenta de que estoy atrapado en la telaraña.
Estamos tan acostumbrados a lo inmediato, a la respuesta rápida, a la información precisa –por ejemplo se acabaron los relatos orales para describir cosas, mejor buscar la imagen exacta en IA–, que desconectarse un minuto de esa información que nos llega por internet nos causa pánico.
Lo curioso es que lo que tendría que ser una ventana al mundo en realidad es una isla, o peor, una prisión. Cuando hubo elecciones en México hace varios años, recuerdo haber puesto un comentario en una red social en la que afirmaba no entender cómo alguien podía votar por un determinado candidato. Una amiga que vivía en otra ciudad me dijo: “se ve que tu mundo es el de Coyoacán”. Y tenía razón.
El pequeño mundo que uno crea, físico o virtual, va reproduciendo lo que queremos escuchar hasta convertirse en un espejo. Ya muchos han analizado cómo la dictadura del algoritmo hace que, una vez identificado nuestro patrón (etario, ideológico, de género, nacional, lingüístico, etcétera), todo lo que nos aparece en red proviene de mundos afines, de gustos similares. Lo peor es que ese diminuto lugar, ese Coyoacán al que pertenecemos, lo convertimos en el universo, con la ilusión de que todos piensan igual que nosotros.
Y sin embargo, me pasó algo curioso, casi contradictorio. La red que regula nuestras relaciones cibernéticas tiene algunos vacíos. La única manera que he tenido para observar mundos diferentes al mío (universitario, progresista, urbano, laico, etcétera) fue ser invitado a grupos de WhatsApp de lo más sorprendentes y alejados a mi entorno. Alguien me incorporó a algunos colectivos de conocidos de hace treinta años, cuando yo no tocaba los veinte y ellos tampoco. Algunos son exactamente los mismos, otros crecieron. Cada quién con una trayectoria. Pero lo cierto es que de pronto empecé a escuchar conversaciones e ideas completamente distintas a lo que estoy acostumbrado.
Por ejemplo, en un grupo alguien emitió argumentos abiertamente racistas, chistes sexistas o apología fascista. No faltó quien defendía las dictaduras de los 70 como una solución ineludible y sugería se debieran repetir.
Quedé choqueado, no podía creer que esas ideas circularan con tanta fuerza; ya lo sé: ingenuidad mía, yo y mi prisión, yo atrapado en mi red. Me mantuve en algunos grupos sobre todo por curiosidad sociológica, mirando reacciones, observando posiciones, intentando entender de dónde venían esas posturas que, desde mi isla social y cibernética, hacía tiempo que no tenía acceso.
Pero la paciencia tiene un límite, y mi necesidad de comprensión científica toca techo. Hace poco dejé un grupo de WhatsApp de la lejana adolescencia, y, les confieso, me sentí aliviado.
No es que quiera volver a mi isla y creer que aquello no existe, pero prefiero tener otros mecanismos para acercarme a conocer esas realidades. Ahí están las novelas, el cine, el teatro y la propia sociología. Es sabio conocer otros mundos, romper las barreras del internet o incluso nuestros propios prejuicios sociales o morales, pero la verdad que a estas alturas opto por la literatura. Es en esas letras en las que encuentro el asombro, el espanto, la belleza o el gozo. Y ese universo es por suerte inagotable.
Hugo José Suárez es sociólogo investigador de la UNAM.