De relatos de la soledad y el tiempo
José Pablo Juárez
Dicen que el amor es para siempre; yo digo que no. Es un torbellino de fuego inestable que el viento lleva a otra parte. El amor no es eterno; eterno es el deseo de creer que lo es.
Yo la conocí un día lluvioso, como lluvioso fue el día en que se fue. Cuando la vi por primera vez, llenó aquello que en mi vida faltaba: esos complementos que son pedazos de viento sanadores como un aliento, la sonrisa, un abrazo. El amor es eso: una fuerza que cura dentro de ti, pequeños pedazos del universo que absorbes y hacen que todo tu interior trabaje, como combustible. Es adictivo su polvo de estrellas, pero hay que aceptar que no será eterno. Nosotros tampoco lo seremos.
Somos navegantes de un mismo río bajo una tormenta. Tantas cosas llueven que es un milagro ver que el amor florece. En esa barca de crecientes turbulentas te tomé de la mano y pude sentir tu calor. Tu mirada y la mía veían hacia el frente del río, suspendidos, sin que nada nos pasara. Pero un rayo cayó, te espantaste y soltaste mi mano. La creciente aumentó y tu barca avanzó más de prisa; no pude alcanzarla. Así es la vida: solo instantes felices, matices que nos da la tormenta cuando descarga su lluvia sobre nosotros, nos manda un rayo, o simplemente se va para que salga el sol.
El río a veces nos lleva a navegar solos, a aprender a remar solos. Y es entonces cuando, de repente, uno ve un muelle y decide bajarse. Deja su barca amarrada a la orilla y camina solo por el camino empedrado, donde ya no pasarán barcas que tomen tu mano. Y ahí te ves, en soledad, recorriendo senderos llenos de piedras resbalosas, sin un rumbo fijo, aunque sabes bien que todo camino siempre lleva a alguna parte.
En mi caminar he visto plantas crecer, dar flores y luego marchitarse. Algunas crecen solo por temporadas y guardan sus bulbos de manera celosa bajo la tierra. Pasa la sequía sobre
ellas, e incluso ríos inmensos desbordan su furia encima, pero el corazón de la planta se resguarda ahí, esperando el momento preciso que la naturaleza decida.
Las mismas piedras del camino guardan historias y secretos. Muchas de las que ahora forman este suelo, en otro tiempo integraban las casas de este pueblo fantasma, del que hoy solo quedan ruinas de lo que fue. Esas piedras rodeaban un hogar, contenían el fuego y le daban calor a una vida. El tiempo derrumba cualquier estructura, aun si esta fue construida en piedra.
En mi andar escucho las voces que guardan esas rocas: pequeños lamentos que crujen a cada paso. Tantas cosas resguardaron antes de convertirse en sendero, como si esos antiguos hogares las hubieran contenido y, al derrumbarse con los años, esas almas se quedaran flotando en el aire. Ahora vuelan por mi cabeza en forma de libélulas que agitan tan rápido sus alas que no me permiten descifrar su vuelo. Su verde brillante y su azul intenso encandilan mis ojos con los destellos de un pasado que no volverá. Los hogares rotos no vuelven a ser hogares: se vuelven el sendero por donde uno camina en soledad.
Seguí caminando entre piedras resbalosas hasta llegar al centro de lo que alguna vez fue la plaza del pueblo. Allí solo quedaban las ruinas de la fuente. El arroyo natural que la alimentaba seguía su curso, como si hubiera querido deshacerse de lo artificial que con rocas se le había construido; al final, logró derribarlas. La estructura de la fuente se encontraba tirada a un lado, mientras el arroyo recuperaba su cauce original. Se deshizo de los adornos.
El arroyo canta y hace que los pájaros en el interior del pueblo canten también, como si celebraran una libertad nueva; el haberse liberado de la piedra que los aprisionaba, obligándolos a fluir a cuentagotas solo para la apariencia de los demás. Seguí caminando entre ese canto de libertad.
Seguí caminando con rumbo a la iglesia que, en algún tiempo, se postró majestuosa en la cabecera de la plaza. Era un templo que había perdido su cúpula y sus dos torres; solo unos cimientos vacíos contaban lo que una vez hubo. Las grietas que la estructura siempre tuvo
terminaron por hacerla colapsar. Entonces la vi erguida de nuevo, como en sus mejores años. Dentro de ella se celebraba una boda; dos novios que se veían muy felices mientras resonaban las campanas y se dirigían al altar. Afuera, como era costumbre en esos pueblos, había sillas y mesas dispuestas para que, en una gran comida, todo el pueblo celebrara con ellos. La música y el baile los esperaban a su salida, con una comunidad entera festejando su unión.
Salían los novios felices, pero al llegar a la puerta, una neblina que parecía normal en aquellos pueblos sumergidos en la montaña fue nublando, poco a poco, todo el lugar. De repente, los novios se soltaron de la mano. La niebla se volvió tan densa que ya no podían verse; se apoderó del novio y, con todo el frío de la montaña, lo convirtió en un ser pesado y gélido. La novia vagaba buscándolo, pero no podía verlo. En un acto que rompía toda lógica, la gente del pueblo seguía comiendo y disfrutando del banquete y la música. El novio, como un espectro, caminó en sentido contrario a la iglesia. El frío caló hondo, y las viejas grietas del templo no resistieron más; la estructura colapsó, sepultando a las palomas que habitaban en su interior. Al desplomarse, una de las torres iba a caer directamente sobre la novia, pero un joven invitado alcanzó a lanzarse para salvarla, antes de que quedara atrapada bajo los escombros de la iglesia. Solo vi al novio perderse en la soledad de la bruma y al joven ayudando a la novia, curando sus heridas antes de que la neblina se disolviera y todo volviera a convertirse en escombros. La neblina se alejó como se alejan los recuerdos de mi mente.
De ahí me alejé. Cuando la vida se vuelve ruinas, lo mejor es marcharse a otra parte; así que decidí seguir el camino. Pronto oscurecería y no se veía nada cerca: solo mi sendero y yo. Me refugié debajo de un árbol y encendí una fogata. Hacía mucho frío en el exterior, pero yo procuraba mantener calientes mis partes, cuidando que nada se fuera a congelar y terminar perdiéndose. Me daba miedo que algunos de mis sentimientos se pudieran quedar fríos para siempre; así que los turnaba ante el fuego para mantenerlos vivos, para que sintieran un poco de calor. Esta soledad es muy gélida, pero uno aprende a crear pequeños espacios cálidos que
contrastan con el entorno. Desde tu rincón luminoso, ves el manto estelar: un universo lleno de fuego, pero infinitamente lejano.
En la noche hay demasiado silencio, como si el aire añorara escuchar algo; tal vez una de esas palabras simples y cotidianas que, con solo oírlas, te tranquilizan. Sentado en medio de esa inmensa noche, con mis sentimientos pidiéndome un poco de calor, el silencio comenzó a hacerme daño. Me provocó una profunda desesperación, como una ansiedad de que algo ocurra, aunque al mismo tiempo eres consciente de que no volverá a pasar nunca. Por eso decidí avanzar. Tomé una antorcha de la fogata y así me vi: caminando de frente con mi desesperación, aferrado a un solo sentimiento encendido para guiarme.
En la soledad del camino grito al vacío para no sentirme solo, y el eco me responde. Uno habla y, de pronto, emerge una voz de respuesta que rompe el aislamiento. Eso me hace recordar el día en que no pronuncié palabra; entonces el eco dejó de nombrarme y ya no hubo respuesta, solo ausencia y oscuridad. Por eso, siempre hay que tener el valor de pronunciar la primera palabra, para no terminar vagando perdidos en esta soledad por la que hoy camino.
En mi solidad, mientras caminaba, me encontré un ave herida. Era consecuencia de las últimas tormentas; en las noches recientes había caído granizo y se encontraba gravemente lastimada. Sentí miedo de perderla, de voltear un instante y que ya se hubiera ido. Me quedé ahí, custodiando esa agonía, sabiendo que si se perdía, se habría marchado por completo. No se cuida al ave, sino a la herida… extraña condición humana. Su última esencia se extinguía; el ave ya no podía volar y me miraba como pidiéndome un sacrificio, como rogando que le otorgara la libertad. Yo prefería alargar el dolor y vivir con la esperanza, pero la decisión final no estaba en mí: o la mataba o se moría sola; la única diferencia era el tiempo de sufrimiento. Cerré los ojos y le dejó caer una de esas piedras, justamente la que contenía mi mal. Me limité, no volví la mirada y seguí mi camino.
Mientras me alejaba, la noche se retiraba de mí y se borraban aquellas estrellas que, con su calor, parecían ajenas a mí. La antorcha se había consumido y el sol se veía salir a lo lejos; emergía en tu dirección, como si se elevara en el cielo solo para ti. Era un sol hermoso en un cielo despejado. En ese extraño efecto que a veces ocurre, la luna se encontraba a un costado, como si observara al sol con ojos de amor; él la iluminaba y ella se sentía cálida y protegida. Ya podían dejarse ver los dos al mismo tiempo, rompiendo el orden de primero el sol y luego la luna, o primero la luna y luego el sol, como si festejaran algo y entre ambos desearan iluminar la tierra tanto en el día como en la noche. Yo, en silencio, caminé hacia el lado contrario de donde el sol sale. Aquel idilio para mí ya era ajeno.
Seguí caminando a donde me llevara el sendero. Tengo la sensación de que todo cumple un destino y que el libre albedrío no existe. Uno puede detenerse a contemplar el paisaje, a prender una fogata para calentarse, a mirar las ruinas o incluso a perder el tiempo de pie; pero nunca puede salirse del camino. Las hormigas pueden elegir en qué árbol cortar sus hojas, pero jamás dejarán su ciclo. Así, la única opción siempre es seguir, incluso cuando se siente que el camino termina.
Caminaba con la cabeza baja cuando, de pronto, me encontré de frente con aquella niebla que se había disipado en la iglesia. Se veía oscura y me observaba como si me conociera.
¿Cómo no conocerme, si era mi propio reflejo? Yo, sin embargo, no sentía miedo; más bien percibía que era ella la que temía. Sentía su inseguridad, una incertidumbre idéntica a la que se experimenta ante un gran amor: ese miedo de no saber si apretarlo fuerte para que no se vaya, o soltarlo para no ahogarlo.
—¿Qué quieres? —le pregunté—. Ya es tarde para platicar.
Era densa, oscura, pero mía… como mi sombra interior. Entendí que no la podía disolver, que me seguiría por todo mi camino. Y la niebla entró dentro de mí. Caminé con mis
sentimientos fríos, como los tuve siempre desde el día en que nací, hasta que una vez me sentí completo. Tal vez no encuentre a nadie en este camino y tenga que llegar a su fin solo.
A lo lejos vi un manantial y me acerqué a beber agua. Ahí nace: tan natural, tan libre, pero en soledad. Esa condición humana de no aceptar la naturaleza y querer ponerle adornos a todo —someter en lugar de aceptar, aprisionar y no dejar fluir, condicionar lo que ya es perfecto
— nos vuelve intensamente infelices.
Seguí el pequeño arroyo que se dirigía al río. Allí me quedé un rato, observando cómo fluía con sus corrientes y aguas cristalinas. Más adelante, vi que había una caída de agua prolongada; así que me quité toda la ropa y me lancé al río. Dejé que el agua llevara mi cuerpo, flotando sobre ella. Dejar ser, dejar fluir… no oponer resistencia a lo inevitable ni a lo incorregible. Sin trapos ni disfraces, ser uno mismo con el río. Sin ansiedad ni preocupación, me dejé llevar hasta el abismo del agua. Ahí me dejé caer y volé entre la vida, libremente. Después, permití que el río me sumergiera en sus profundidades; estando abajo, observé el paisaje: una calma sin turbulencias. Ahí no hay ruido ni olas; todo eso pasa solo en la superficie.
El río me siguió arrastrando; mi cuerpo desnudo viajaba como en un trance, dejándose llevar. Sé que el río un día me conducirá a donde todo termina, pero no sería esta vez. El río nos permite tomar pequeñas decisiones, y yo tomé la mía: vi un muelle y me orillé. Nadé hasta alcanzarlo y salí del agua. El día era hermoso. Al mirar alrededor, me di cuenta de que era el muelle que estaba cerca de mi casa; el río siempre nos lleva a donde tenemos que llegar. Así, sin nada encima, sintiendo que ya no cargaba ningún peso, caminé bajo el sol y me dirigí a mi hogar.