Ulises Paniagua

Son las tres de la tarde y estoy escuchando el disco “Nadaísmo a go-gó”, de los Yetis. Bajo la ligera nostalgia de un cielo nublado como es el bogotano (aunque estoy en Ciudad de México), me remonto a las últimas décadas contraculturales de Colombia y el mundo.
Hay dos motivos por los que llegué no sólo al álbum de Los Yetis, sino a descubrir la agitación de un movimiento cultural que cambiaría la perspectiva del arte y la literatura más allá de “los tiempos del cólera”. El primero, y quizá causal, mi reciente viaje a Bogotá, Medellín y Manizales (ciudad que padece ahora los efectos de un terremoto). Allí, me fueron concedidas ciertas búsquedas literarias.
El segundo y más importante: la lectura del libro de ensayos “La rebelión de la nada. Historias del nadaísmo en Colombia”, antología publicada por la Revista Cronopio, en asociación con el Fondo Editorial Institución Universitaria de Envigado, Editorial ITM, y el Fondo Editorial Remington. El libro, compilado por Juan Manuel Zuluaga Robledo, Juan Andrés Alzate Peláez, Gloria Nivia Ramírez-Oliveri y Emilio Alberto Restrepo, fue para mí un obsequio de la poeta Paula Andrea Pérez Reyes, y lo agradezco mucho.
“La rebelión de la nada” consiste en una serie de ensayos que ahondan, desde diferentes miradas, en el nadaísmo, movimiento iniciado en los años cincuenta del siglo pasado y continuado por distintas juventudes colombianas a lo largo de varias décadas. Originado en tiempos del “Bogotazo” (una serie de disturbios ocurridos en Bogotá, en 1948, como consecuencia del magnicidio del líder del Partido Liberal, Jorge Eliécer Gaitán), el nadaísmo, más que una estética, es una actitud de vida ante lo institucional y lo políticamente correcto.
Nadie sabe exactamente qué es, pero todas y todos concuerdan en el carácter transgresor, prácticamente anarquista, de su ejercicio. El nadaísmo nació, en palabras de Juan Diego Parra Valencia, en la era de los cocacolos, rebeldes “sin causa” quienes “emulaban a los pandilleros malandros del cine, como Marlon Brando y James Dean” (p.75), muchachos sin oficio ni beneficio a los que les gustaba el billar y vagabundear por la ciudad en busca de aventuras urbanas. Los cocacolos fueron hijos de la inconformidad política y económica, y manifestaron en su ser un rechazo a lo conservador, lo establecido.
En palabras de Gonzalo Arango, principal representante del nadaísmo, el cocacolo “es indistintamente alegre al soñar que al despertarse. Carece de ideales. No tiene rumbo ni destino, ni proyección. Vive extraviado en el presente. No va hacia ninguna parte. No viene de ninguna otra. No tiene respuesta para ninguna pregunta. Pero no se pregunta nada (…) Se ha edificado contra el puritanismo familiar de su propia moral hedonista. Contra la moral establecida eligió el placer y la desobediencia (…) Le gusta ser comunista, nadaísta y existencialista para desobedecer a sus tutores y a sus padres (…) El cocacolo es eso” (p. 75).

De acuerdo a Juan Diego Parra, “no fueron pocos los cocacolos que llevaron sus aventuras a la conformación de pandillas, con tendencia delictiva, de las cuales quedan aún recuerdos de varias como Los Veneno, Los Atómicos, Los Indomables o Los demonios. Los miembros de estas pandillas no eran delincuentes vocacionales, sus actos no provenían de la necesidad económica o el hambre, sino de una suerte de molestia interior a la cual no podía atribuírsele justificación específica, cargaban un tipo de hostilidad gratuita que sólo podían tramitar a través de gestos agresivos contra la sociedad” (p.75).
Luego vino el golpe de Estado encabezado por el militar Gustavo Rojas Pinilla, y tiempos de mucha agitación política (que prevalecen hasta la fecha, como pudo y puede comprobarse en la era Pablo Escobar, la operación Orión en la Comuna 13, y los desplazamientos que aún ocurren en el interior a causa de la lucha entre guerrilla, militares y paramilitares. Colombia, al igual que México, no ha encontrado la paz que merece. Posee una historia doliente. Colombia (lo mismo que México) parece partir de la nada para dirigirse a la nada. Debido a tanto intervencionismo colombianas y colombianos, igual que mexicanas y mexicanos, son a ratos hijas e hijos de la nada. De allí, con certeza, el aullido casi “ginsbergiano”, el estruendo de cada generación para ser oída, ese amor al rock y al metal en la Medellín de fines del siglo pasado. También el amor a la poesía y lo performativo.
El ensayo de Julián Silva Puentes, dentro del libro, sugiere un acercamiento, la similitud del nadaísmo con respecto a un movimiento mexicano nacido en los años setenta, el infrarrealismo. En el infrarrealismo participó, por cierto y como co-fundador, el escritor chileno Roberto Bolaño, autor de la novela “Los detectives salvajes” (1998).
Julián Silva considera a este movimiento como precursor contracultural en México. Hay razón en ello. Roberto Bolaño (Arturo Belano), en “Los detectives salvajes” y en compañía de Ulises Lima (Mario Santiago Papasquiaro en la vida real), se encarga de retratar a un grupo de jóvenes cercanos a la actitud nadaísta. En la novela Bolaño se refiere a este movimiento como real-visceralismo.
No es una coincidencia: la opresión en la América Latina obligaba a las nuevas generaciones a manifestarse. Bolaño y Papasquiaro lidereaban a este grupo de jóvenes que solía sabotear las presentaciones de Octavio Paz en Casa del lago, o bien, empujar a Carlos Monsiváis por la calle, o hacer llamadas telefónicas al luego Nóbel mexicano para recitarle poemas después de la medianoche. Julián Silva lanza una pregunta abierta: “¿en qué se parecen Gonzalo Arango, Roberto Bolaño, Jack Kerouac y una lasaña congelada?” (p.256).
El ensayo de Silva presenta, sin embargo, una ligera inexactitud. En él se comenta que el infrarrealismo fue el primer movimiento contracultural mexicano. Pero lo cierto es que, en los años veinte del siglo XX existía ya en México el movimiento estridentista, conformado por Manuel Maples Arce, Germán List Arzubide y Arqueles Vela, un grupo literario que se reunía en un lugar llamado el Café de nadie, y que cuestionaba en su aparición al establishment institucional, a tal grado que este grupo, al grito de “viva el agua de Tonayan y el mole de guajolote” tuvo severas confrontaciones con el grupo políticamente correcto que era el de “los Contemporáneos”.
Los estridentistas fueron tan importantes que Jorge Luis Borges llegó a expresar su admiración por ellos. Xalapa (ciudad de su residencia durante años), fue considerada la capital cultural de América. De aquella rebeldía estridentista nacerían más tarde algunos poemas de Efraín Huerta, escritor que fungiría como maestro de los “infras”, autor del poema “Los hombres del alba” (1944).

El infrarrealismo es posterior al nadaísmo, pero el estridentismo es anterior a él. Lo mismo ocurre con el ultraísmo, corriente nacida en España en 1918, y que fue importada a Sudamérica, especialmente a Argentina, por esos años. A este movimiento cultural, como dato curioso, se afilió alguna vez un joven Jorge Luis Borges (quién sabe si Borges llegó a hacer pintas en las paredes de Buenos Aires). Cuando el nadaísmo apareció, existían como antecedentes el ultraísmo y el estridentismo, sumados en gran medida al creacionismo del poeta Vicente Huidobro.
Pero, con certeza, el movimiento que más influyó en la prolongación del nadaísmo en Colombia nació en Estados Unidos entre los años cincuenta y sesenta del siglo pasado: la Generación beat, los beatniks, grupo que dio origen a la cultura hippie y la cultura hípster. Los libros clave de esta generación son “On the road” (“En el camino”), de Jack Kerouac (1951); “Howl” (“Aullido”), de Allan Ginsberg (1955); y “The naked lunch” (“El almuerzo desnudo”), de William Burroughs, novela escrita en 1959. Transgresores, bisexuales, clandestinos, a ratos criminales, esta banda de escritores estaba lista para combatir al capitalismo voraz que se preludiaba, así como a la hipócrita consigna de “Ley y Orden” que irritaba a los jóvenes existencialistas por su evidente control político.
Así eran los tiempos. No es extraño que los estudiantes latinoamericanos acudieran a los libros de grandes promotoras y promotores, dentro de sus letras, del existencialismo y la liberación. Los ejemplares de Albert Camus, Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir circulaban en los sesenta y también en los setenta. Los Beatles hacían de las suyas. En Colombia tocaban Los Yetis. En México aparecía el grupo Los Tepetatles, una parodia donde participaban Alfonso Arau e intelectuales como Carlos Monsiváis.
Por su parte, nacía el “Peace and love” (“Amor y paz”), como consigna antibélica a nivel mundial. Eran los tiempos del mayo de París del 68, de la crisis de los misiles entre la URSS y EU (1962) tras la revolución cubana. Las playeras del Che Guevara era comunes en jóvenes que, delgados y barbudos, fumaban dentro de los cafés donde se escuchaban jazz y “a go-go”. Los Beatles decían ser más famosos que Cristo, y los nadaístas más famosos que los Beatles.
En Colombia reinaba este ambiente. Así cobró fuerza este despertar socio-cultural. Gonzalo Arango fue, quizá, la figura central del movimiento. Arango vivió un vertiginoso ascenso y una dura caída como nadaísta: en su madurez dejó atrás algunos ideales de juventud, por lo que fue vapuleado por diversos seguidores de este movimiento (un trato injusto, pues todo hombre tiene derecho a cambiar de opinión).
Pero eso aconteció más tarde, porque Gonzalo Arango, en su mejor momento de juventud y al modo de los hippies, andaba por los rumbos de la ciudad como rockstar, acompañado de su poesía y su guitarra. Hacía acto de presencia en cafés y bares donde era bien recibido. Cito la descripción que de él hace Eduardo Escobar a través de Silvia María Ramos: “El nadaísmo de Gonzalo Arango se caracteriza como división del alma, oscilación: entre el hundimiento y la crueldad, entre la razón y la locura, entre la pasión guerrera y las visiones de la paz, el nihilismo y la fe, la fe en la poesía y el repudio de las palabras, entre la acción y el éxtasis” (p.343).
En su poema “Providencia”, Arango escribe: “Providencia / no es palabra que cierra; / es palabra que abre lo que encierra, / que libera. / Es pala / que hunde hondo / la semilla en la tierra. / Del subfondo / nacerá el mundo / que salvará del destierro / a los condenados de la Tierra”.
Otro poeta reconocido dentro de esta corriente es Jotamario Arbeláez. Uno de sus poemas, que destaca dentro de “Los hijos de la nada”, por su carácter erótico bajo una aproximación a la manera de Georges Bataille, y teniendo su contrapeso en lo tanático (la muerte inmisericorde donde gobierna la guerra), es citado por Paula Andrea Pérez Reyes en su ensayo “El deseo en la palabra cuando nada es para siempre”, (p. 337).
Escribe Jotamario: “Un día / después de la guerra / si hay guerra / si después de la guerra hay un día / te tomaré entre mis brazos / un día después de la guerra / si hay guerra / si después de la guerra hay un día / si después de la guerra tengo brazos / y te haré con amor el amor / un día después de la guerra / si hay guerra / si después de la guerra hay un día / si después de la guerra hay amor / y si hay con qué hacer el amor”. El poema de Arbeláez es un acierto nadaísta (que no siempre los había).
Aunque quizá el mejor poeta del nadaísmo es X-504, cuyo nombre verdadero era Javier Jaramillo Escobar. Escritor, tallerista, editor, todos los críticos consideran a Jaramillo un poeta verdadero porque, además de la audacia en sus temáticas y su lado subversivo, posee el ritmo, el simbolismo y el lenguaje metafórico que lo consagran como el más grande escritor del movimiento. Su libro “Los poemas de la ofensa”, publicado en Cali en 1963, es un clásico de la literatura colombiana actual. Escribe X-504: “La bestia más obscena, la más cobarde, / la más feroz: la bestia humana”.
Sobre Jaramillo, Gonzalo Arango apunta: “De X-504 se dice que es el mejor poeta de nuestra generación nadaísta (con perdón de los otros mejores). Es silencioso como un secreto; misterioso como una cita de amor; solitario y profundo como un río profundo. Su seudónimo de placa de carro se debe a su desprecio por la popularidad, y también para que su patrón no lo echara del puesto al enterarse de que era poeta, y además nadaísta (…) Pero yo creo que la causa de ese seudónimo es por otra razón: es para ocultar su verdadero nombre de cacharrero antioqueño: don Jaime Jaramillo Escobar. Con razón. Yo pregunto: ¿ustedes leerían a Shakespeare si se llamara Misael Vélez? Yo, ni de vaina”.
Arango se desvive en elogios nadaístas dedicados a una figura nadaísta. Gonzalo Arango agrega en uno de sus textos: “Pienso que lo único que se parece a X-504 es un ombligo. Pues, ¿qué hay de más solitario en el mundo que un ombligo? Me imagino que Dios. Pero Dios no es de este mundo. Quiero decir, este poeta es la suma de la soledad. Si él soñara en una Tierra Prometida, su sueño sería, estoy seguro, una isla desierta. No hace de la soledad un mérito, ninguna ostentación, ni siquiera una desgracia. En él es lo más espontáneo de su naturaleza. Su soledad es natural como un terremoto, simple como el huracán y la guerra (…) Por eso mismo considero una hazaña vulnerar la intimidad de este hombre que vigila su soledad como una ciudadela (…) Y también porque es el único de los escritores nadaístas que no busca la fama ni la fulguración de su nombre”.
Como ejemplo del gran autor que era, comparto el fragmento del poema “El canto de Caín”, de Jaramillo: “A través de la ventana escucho un canto profundo y desgarrador: seguramente mi hermano Caín está cerca. / Yo quisiera cantar como él, pero el extraño Señor del Paraíso sólo puso oraciones en mi lengua, / y el humo de los sacrificios de Abel el escogido sube derecho al cielo, / aunque la ofrenda sea de cabritos muertos por la luna o de frutos mordidos por la nieve. / Mi hermano Caín me escribió una carta en donde habla de la dulce lengua de la serpiente en el fondo de su garganta, / pero el guardián de las llaves de la escalera secreta permanece a discreción día y noche junto a la reja, / y estoy rodeado de querubines y serpientes…”.
Existen opiniones diversas sobre el nadaísmo. Como ocurre con cualquier vanguardia, posee defensores y detractores. Las críticas son válidas, pues el nadaísmo nunca quedó claro, ni siquiera para los nadaístas. Aunque esta fuese, quizá, su principal característica y fortaleza. En algún ensayo de “La rebelión de la nada” se habla de los nadaístas como escritores que lo tuvieron todo para ir lejos y no lograron mucho. Tal vez. Porque el que nada persigue nada tiene ¿Cómo ser nadaísta con ambiciones de poder? Habría un contrasentido en ello.
El Nadaísmo fue auténtico porque, aún mal fundamentado, era honesto en su naturaleza. Además ¿Quién tiene una vida perfectamente trazada de principio a fin? El nadaísmo fue luz, pero tuvo oscuridades. El odio a Gonzalo Arango, por cierto, fue llevado al extremo. Cuando murió el escritor antioqueño, Elmo Valencia publicó en el diario “El espectador”, a modo de venganza: “Gonzalo Arango ha muerto. Su muerte no conmovió a nadie, ni siquiera a los semáforos que él tanto amaba. Fue una muerte melancólica, pobre, sin convulsiones, llena de arrepentimientos. No lo mató un rayo, ni un Mercedes-Benz, simplemente lo mató una tarjeta de Navidad” (Parra, p. 85).
Son las tres de la tarde y estoy escuchando el disco “Nadaísmo a go-gó”, de los Yetis. Experimento cierta melancolía existencial. La música muta. Sumo al soundtrack los rumores de Jim Morrison, el jazz de Coltrane, las colaboraciones de Paul McCartney con Allen Ginsberg, de William Burroughs con Kurt Cobain. Viene a mi mente la cultura canábica tan difundida en la Comuna 13. Me dan ganas de salir “a dar el rol” al estilo de la película mexicana “Los caifanes”, de 1967. Quiero andar las calles de la Cali de hace décadas, como los personajes de la novela “Viva la música”, de Andrés Caicedo (la Cali de ahora fue atormentada por el sismo reciente).
El mundo fluye, pero es raro. La ambigüedad lo envuelve. En el fondo, todas y todos somos nada. Tengo esa sensación de vacío beatnik, estridente, ultraísta, infra, arrasadora, que ha experimentado cada alma joven o atormentada. Son las tres de la tarde y recomiendo leer la “Rebelión de la Nada”. Puede ser un buen ejercicio para descubrir que no entendemos lo que creíamos comprender. Porque nadaístas o existencialistas hemos sido todas y todos en un episodio de nuestras vidas. Porque, como lo hacen saber Juan Manuel Zuluaga Robledo y Juan Andrés Alzate Peláez, compiladores de esta excelente y necesaria antología colombiana (p. 40): “¿Cómo se entiende el nadaísmo -uno de los fenómenos más tergiversados y menos estudiados en la historiografía de la crítica nacional- en este presente loco y arrevesado que nos ha tocado vivir?