El acortamiento del mandato presidencial, como lo pide sin reparos la caduca burocracia sindical, inspirada en el maximalismo de sus deseos y añoranza de los privilegios del régimen corporativista, no cuaja en la población pese a los muchos motivos que le da la conducción política del país. El hecho de que el secretario ejecutivo de la COB no haya insistido en el tema durante su última reaparición podría indicar que la aristocracia laboral empieza a entender los límites de su espacio de acción.
De hecho, la dificultad que su pliego de un punto tiene tan escasas posibilidades de realizarse como la recomendación de que “se debe acudir al FMI y pedirle a la población que sufra”, enunciada por un columnista, gerente y empresario, además exministro de hidrocarburos. La cuestión es que esas ideas son muy influyentes dentro del gobierno nacional, que se siente presionado y obligado a avanzar con la reforma estructural neoclásica.
El mayor problema que afronta el gobierno, por encima de la andanada de protestas y conflictos, es que verdaderamente no termina de conocerse a sí mismo. Originado en un ensamble apresurado e improvisado, su enredo de identidad es capaz de perturbar a pensadores más expertos de los que dispone. No se trata del ya conocido y aburridor desencuentro con el Vice, sino de la composición, compleja y contradictoria de las fuerzas que concurrieron para lograr su triunfo.
El Presidente está radicalmente convencido, por su lado, de que debe mantener un tronco empresarial destinado a darle personalidad y destino a su administración, aun cuando sus ministros empresarios le aportan poco y nada en el manejo de lo diario, para no hablar de los momentos de crisis.
Cuando las rutas se cortan y dominan los gritos y las pedradas, las recetas de la gran empresa, del agronegocio y la banca se estrellan sin remedio y no van más allá de una lista de deseos, escritos en leyes que naufragan antes de nacer.
Por ahora el peso de las negociaciones concretas y el sostenimiento de alianzas improbables corre a cuenta de la militancia heredada por el Presidente de sus vínculos familiares. Así se aplacan por días o semanas los reclamos que retornan, luego, inevitablemente.
La receta de sostener la economía del país con la exportación de oleaginosas, derribando 11 millones de hectáreas de bosques y ampliando geométricamente el comercio de tierras; tener suerte en la búsqueda de hidrocarburos para recuperar un puesto de exportador privilegiado dentro de cinco a 10 años e introduciendo como “novedad verde” la comercialización de bonos de carbono no hace un proyecto nacional, aunque se lo adorne con promesas y horizontes federalistas. Se trata de planteamientos utópicos y confrontados con nuestra realidad, aunque tengan la simpatía del gobierno de Trump o el de Netanyahu.
En estas condiciones, la condena del gobierno es seguir caminando a tientas, tironeado por fuerzas centrífugas e ilusiones mesiánicas. La de la sociedad es seguir afrontando días que se arrastran entre una escasez que asciende, la pobreza que retorna, una gobernabilidad que se hunde y un Estado básica y continuamente ajeno. Es decir, condena a continuar conviviendo con una incertidumbre continua y la esperanza ausente, con una capacidad adquisitiva en retroceso, servicios precarios y la expansión de la inseguridad en todos los ámbitos.
El ancho triunfo que obtuvo el frente oficial en la segunda vuelta (casi ayer, digamos) es propio de la amplitud del arco de votantes que buscó asegurarse de la terminación del régimen del MAS. Sin mayor guía estratégica, el encuentro de intereses dispersos y contradictorios está enseñando su volatilidad, ante la falta de respuestas. Lo que hace y deja de hacer el Ejecutivo mantiene y agudiza esa dispersión y favorece que los choques se multipliquen.
La impaciencia y fastidio resultan inevitables ante la evidencia de que la apuesta por la visión de los grupos más concentrados y transnacionalizados de capital y su agenda presuntamente modernizante no funciona.Las vacilaciones y dudas de la conducción son alimento para que esos problemas prosperen, por encima de cualquier plan opositor o encono de los enemigos.
La vigencia continua de conflictos con sus manifestaciones conocidas, después de la trayectoria que encabezó el MAS durante años y mucho más en los años de su división y hundimiento, genera sentimientos de que estamos empantanados y un desaliento mayor.
Cuando ni siquiera hay ideas de reformas pequeñas, que alivien la hostilidad con que nos tropezamos a diario, es difícil esperar una reconducción que acerque la administración a las necesidades y angustias más difundidas, que solo aplique ajustes con reales medidas de alivio, que muestre intolerancia a la impunidad de los de antes e intolerancia al abuso de hoy. Hablar, oír y atender, antes del ultimátum y el bloqueo, podría tal vez crear un clima que no sea tan áspero y desalentador, que abra espacio a dejar atrás el agobio.
Roger Cortez es docente e investigador.